Si se casara, anotó a lápiz un Charles Darwin de veintiocho años en el dorso de unos sobres, nunca llegaría a ver América; no aprendería francés; no subiría a un globo aerostático; nunca haría un viaje solo a Gales; se veria obligado a dar un paseo diario con su mujer; no le quedaría más remedio que ir a visitar y recibir a familiares; se vería obligado a ceder en todas las menudencias; no podría leer por las noches; se convertiría en un hombre gordo, ocioso, angustiado y responsable; nunca tendría dinero para comprar libros, Londres le estaría vedado; quedaría atrapado en Londres, se vería expuesto a los gastos; se sentiría en la obligación de trabajar, sobre todo si tuviera muchos niños; no tendría más remedio que recibir visitas y formar parte de la Sociedad; no tendría tiempo para salir al campo ni hacer expediciones, no formaría una gran colección zoológica, no tendría suficientes libros; incurriría en una terrible pérdida de tiempo. Darwin se casó antes de que transcurriera un año. Él y su mujer, Emma Wedgwood Darwin, engendraron diez hijos, tres de los cuales murieron siendo niños. Después de muchos años escribió a propósito de Emma: «Ha sido mi mayor bendición, y puedo afirmar que en toda mi vida no le he oído pronunciar ni una sola palabra que habría preferido no escuchar. Me asombra ser tan afortunado de que ella, infinitamente superior a mí en todos y cada uno de los atributos morales, accediera a ser mi esposa. Me ha aconsejado sabiamente y me ha consolado con alegría durante toda mi vida». A sus hijos les escribió: «Mi familia me ha procurado una alegría insuperable, y debo deciros, hijos míos, que ninguno de vosotros me ha causado ni un minuto de angustia, salvo por razones de salud [...l. Cuando erais muy pequeños me procuraba un gran deleite jugar con vosotros, y me inspira cierta pena que esa época haya desaparecido para siempre».
A propósito de Abbot, Chris Bachelder













