Recuerdos de las veces que me quisieron bien
He vuelto del pozo profundo de mil haceres sin hacer. Para ser exacto, de una vida ajetreada que poco da más allá de momentos fugaces vividos despacio, con la conciencia siempre mirando al pasado. Este escrito de hoy viene acompañado de una recomendación sencilla:
La película: Memorias de un hombre en pijama.
Suena cutre, lo sé. Y, a decir verdad, no la habría visto nunca si no fuera porque una canción que repetía cada tanto —Love of Lesbian – El astronauta que vio a Elvis— tenía escenas de la película. Y como soy un melancólico que vive y existe para recordar el pasado, con ese amor que nunca ha dejado de lado y que se mantiene vivo entre momentos fugaces de nostalgia feliz y otros tantos de tristeza profunda… pues un día me salió en TikTok un fragmento del video de esa canción. Viendo los comentarios, como un tontorrón sin oficio, me fijé en que mencionaban la película. O que la canción salió para la película… qué sé yo, tampoco iba a investigar tan a fondo ese detalle.
Lo que sí quiero profundizar es en la vida en pareja y también en la profundidad de las relaciones frente al compromiso. Porque esta película, aunque tiene un toque flojo en algunas partes, no decepciona a la hora de dejar un mensaje agridulce, pero valioso.
Últimamente me he cruzado con muchas relaciones diversas. En España, sobre todo, hay un boom con las relaciones poliamorosas (2026 estamos, eh). He estado en muchos líos por mi forma de ser sociable, pero eso no quita que también sea espectador y cotilla de primera fila cuando hay buen material para escribir.
El ejemplo principal sería una amiga que es inevitable y caóticamente furia. Es un amor de persona, pero no es perfecta. Tiene un carácter algo desconectado de la realidad que a veces me preocupa, como si estuviera un poco a la deriva. Siempre que la veo le doy grandes muestras de cariño, porque carga con una profundidad emocional enorme.
Sé que tiene una relación… ¿buena?, con un chico bastante majo. Pero hay una química de aspiraciones caótica: ella parece querer mucho más, seguir escalando, no conformarse con lo que hay. Pero él, aunque es buen tipo, siempre me ha parecido que le faltan aspiraciones a futuro.
Supe por ella, un día que iba un poco colocada, y también por las malas lenguas, que han tenido aventuras con terceros. La última que recuerdo era una chica estilo “Kuromi”: estética oscura, no emo, más tirando a ese rollo entre desaliñada y postureo alternativo. Tuvieron una especie de trío, y de ahí salieron datos innecesarios que esta chica contó por ahí, como que al chico no se le paraba y otras intimidades. Uso la palabra “inhumanidades” porque me parece duro escuchar esas cosas de alguien que, al final, es un colega. A cualquiera le dolería que hablaran así de su intimidad.
El caso es que esa relación de tres funcionó un tiempo porque suplía justo ese vacío que mencioné antes: la falta de aspiración o intensidad del chico. Quizás ese hueco se llenaba con aventuras y subidones que aportaba esa tercera persona.
Ahora, si lo pongo en contexto con otro ejemplo para que se entienda a dónde voy…
Una noche salí a un bar de Galicia llamado BLACK, donde hay de todo dependiendo del día. Creo que era jueves o viernes, no estoy seguro. Esa noche había música de metal y rock: Incubus, Sodom y demás. Antes de entrar, estaba con un colega con quien a veces salgo de forma casual. Vi a una chica súper mona: botas negras, pintalabios negro, ropa bastante estética.
—Oye, A.D., esa chica está guapísima —le dije mientras sostenía un Malibu con piña en un vaso de plástico, a las afueras de otro garito. A.D., que estaba fumando como de costumbre, me miró como quien sabe que voy a hacer una de las mías. —Pues háblale. —Qué va, está fuera de mi liga. Con ese grupo de chicas, seguro hago el tonto. Pero no quita que esté guapísima. —Ya, ya… luego de unos chupitos de tequila seguro acabas liándola. —Calla, coño.
Nos reímos y entramos al BLACK. Empezamos a disfrutar la música y movernos con ese aire de concierto de rock. Y sí, seguramente fueron los chupitos de licor café, crema de orujo y el maldito tequila, pero acabé bailando con esa chica, a la que llamaré A.A.
—¡ME ENCANTA ESTA CANCIÓN! —me gritó. —¡YA TE DIGO! —No tenía ni idea de qué sonaba, pero años escuchando la música que ponía mi amigo Fenrir cuando éramos roommates me salvaron. Algo siempre me sonaba.
Después de un par de canciones, estaba rodeado de tres mujeres, un chico con uñas negras y pelo larguísimo, otro con cara de dormido eterno… en total, siete desaventurados. Mi amigo lo metí al grupo por impulso social.
Lo gracioso es que no me despegué de A.A. Bailábamos juntos, nos dábamos la mano, la cogía de la cintura… había momentos cariñosos. Siempre cerca estaba el chico con cara de empanado, al que llamaré Wobbuffet. No parecía mal tipo, pero tenía pinta de estar en otro plano astral.
Acabamos en otro local, el LUXUS, música más comercial. Estuve con A.A. hasta que encendieron las luces a las 6:30 de la mañana. Intercambiamos números y ella dijo que le encantaba mi forma de ser. Entonces Wobbuffet también quiso intercambiar contacto.
Me pareció raro… hasta que A.A. dijo:
—No es mi hermano, es mi pareja. Somos una relación poliamorosa.
Eso me dejó descolocado. Yo venía de una idea de relaciones uno a uno, de pareja cerrada. Aquello fue un choque. Me rayé un poco, aunque compartimos contacto.
Días después volví a encontrarlos. Wobbuffet me invitó a unos tragos. Me contó que le gustaban más los chicos que las chicas, pero que amaba a A.A. Todo era raro, pero hablando con él presencié algo clave: a A.A. le dio un ataque de pánico por la sobreexposición de gente. Y Wobbuffet, ese chico que parecía no tener chispa, se quedó a su lado en silencio, sin grandes gestos, pero sin moverse. La acompañó fuera y permaneció con ella mientras lloraba.
Ahí lo entendí.
Su dinámica era cubrir las partes rotas del otro. Eso, para mí, también era amor. No lo tenían todo entre ellos, pero sí sabían sostenerse en la herida. En lo demás, entraban terceros. No quise ser uno de esos terceros, pero esa experiencia cambió mi perspectiva sobre las relaciones.
Y entonces recordé mi propio pasado en pareja.
Tuve varias relaciones. Con una chica, por ejemplo, apenas tenía cosas en común más allá de cierta nostalgia compartida. Pero estuvo ahí en un momento en el que yo estaba muy perdido. Jugaba ajedrez conmigo, se duchaba conmigo aunque el agua estuviera helada, me acompañaba en mis rarezas.
Yo pensaba en matrimonio y formalidades. Ella era más natural. Recuerdo nuestra primera noche juntos: yo no quería que tuviéramos sexo, me parecía que debía ser algo más “especial”. Ella, con dulzura y seguridad, me dijo: —Yo sí quiero estar contigo, bob. Y seguimos adelante.
Fue paciente, incluso con mis manías para dormir abrazándola por la espalda. Pero también tenía cosas que me dolían: su falta de empatía a veces, su forma de desaparecer, su poca conciencia de lo romántico en los gestos que para mí eran enormes.
Hoy entiendo que ella había madurado en muchas cosas antes que yo. No todo es fantasía ni planes perfectos. Ella toleraba mis rarezas; yo no siempre intenté entender las suyas. Mientras ella me ayudaba a sanar, yo quizás también la hería.
A día de hoy me angustian estos recuerdos, porque me gustaría darle las gracias y pedirle perdón. Pero ya es incómodo.
Por eso Memorias de un hombre en pijama me llegó tanto. Porque me hizo pensar que muchas veces digo “soy así por naturaleza”, cuando en realidad soy el resultado de experiencias y de personas que me ayudaron a sanar partes rotas.
No soy un hombre pleno. Soy alguien con heridas visibles de demasiadas cosas del pasado. Pero quizás estaría peor si no fuera por ella. Y aunque sanar solo un poco parezca poco para algunos, yo agradezco de corazón que haya pasado por mi vida.
Gracias a quienes hayan leído hasta aquí.












