Hoy decido que esta es la última lágrima que derramo por lo que fuimos.
Por ese amor que no se vive dos veces, que existió y ahora pesa más en su ausencia.
Te dejo ir porque llevarte conmigo sin tenerte me estaba pudriendo viva.
Porque arrastrar lo que ya no es con la esperanza de un “algún día” solo me hundía otra vez, y esta vez quizá no habría regreso.
Me duele aceptar que no salió como quería.
Soy necia, me aferro, y a veces ese amor terco es mi condena.
Pero también sé que si no suelto, pierdo algo más grande: a mí.
Mi espíritu estuvo lejos, vagando en madrugadas húmedas, buscándote entre el rocío y la penumbra, esperando encontrarte en un suspiro, en una sombra, en cualquier rastro de ti.
Te amé.
Y hoy, con todo el dolor, decido no sacrificarme por lo que ya no existe.
Te dejo ir.
Te amo.
Adiós.











