— virginia woolf , carlyle's house and other sketches (via letsbelonelytogetherr)
No title available
Lint Roller? I Barely Know Her

izzy's playlists!

No title available
Cosmic Funnies
trying on a metaphor

ellievsbear
will byers stan first human second
i don't do bad sauce passes
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
"I'm Dorothy Gale from Kansas"

#extradirty
h

PR's Tumblrdome
d e v o n
sheepfilms
todays bird

No title available
Game of Thrones Daily
NASA

seen from United Kingdom

seen from United States

seen from United Kingdom

seen from Netherlands
seen from India
seen from India
seen from United States
seen from Germany

seen from United States
seen from United States

seen from United Kingdom

seen from India

seen from Türkiye
seen from Germany
seen from India

seen from Malaysia
seen from United States

seen from Poland
seen from United Kingdom

seen from United Kingdom
@pcturesofus
— virginia woolf , carlyle's house and other sketches (via letsbelonelytogetherr)
Martha Gellhorn, from a letter to David Gurewitsch featured in The Selected Letters of Martha Gellhorn
Ante mis ojos (2022)
“Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Sólo entonces te darás cuenta de lo especial que eres para mí". Frida Kahlo
“I wish you could see yourself through my eyes,” he said softly. “My vision is better.” Eleanor Brown, The Weird Sisters
—Casi que no veo el almacén y sigo de largo…
El clic de la puerta correctamente cerrada y el murmullo de las bolsas de nylon acompañaron sus palabras, pero, aun así, no terminé de registrar que ella había vuelto a casa. Seguía muy ocupado manteniendo un concurso de miradas con mi reflejo y haciendo movimientos repetitivos con la mano como para romper su ilusión. Se ve que era un actor muy bien entrenado, ya que nunca se salió del personaje.
De no estar tan absorto, hubiese oído las llaves caer en la mesa de madera, la voz que continuaba su falso diálogo y los pasos que sonaban cada vez más cercanos.
—Me sentí desconectada, como si eso que no alcanzaba a ver no formaba parte de mi mundo, o yo era la que no pertenecía. ¿Amor? ¿Estás en el baño?
Siguieron unos golpecitos de los nudillos contra el roble, que retumbaron en mi pecho y consiguieron arrancarme de mi ensimismamiento.
—Sí, —contesté y, apurado, apoyé una mano en la puerta, antes de que su curiosidad la condujera al picaporte—, ya salgo.
—Bueno.
Los pasos se hicieron más y más distantes, y me volvió el aire a los pulmones. A lo lejos, se escuchaba cómo empezaba a desembolsar verduras. También se escuchó, mucho más tenue (si bien noté que alzaba la voz para hacerse oír):
—Me había olvidado lo desconcertante que es salir sin lentes. Todavía ni sé en dónde pudieron quedar.
No contesté. Me había sumergido en un nuevo trance, tan hipnotizado como alarmado por la imagen en el espejo. Mi apariencia no se alejaba mucho de la usual: el pelo desordenado cayendo en mechones gruesos sobre la cara, la tez paliducha, los ojos abolsados y oscuros, los labios secos. Dos cosas sí resaltaban, no obstante, de la imagen: los lentes de marco verde y vidrios amarronados sobre el puente de mi nariz, y el pedazo de carne que me faltaba en una de las mejillas.
La historia de cómo encontré los lentes se remonta a esa misma mañana, que me había pasado intentando ignorar el escándalo que solo una persona apurada que perdió algo es capaz de producir. Las puteadas en voz baja, los pasos atropellados, y el frenético abrir, revolver y cerrar los cajones y las puertas. El ruido cesó en cuanto se dio por derrotada y entró al cuarto para despedirse, como siempre.
—Me voy, no encontré los lentes.
Casi se interrumpió sola clavándome un beso en la frente, como si esos segundos de habla fuesen a atrasarla mucho más de lo que ya lo había hecho su peritaje de la casa. Murmuré lo más parecido a palabras para contentarla y esperé a escuchar la puerta para finalmente volver corriendo a Morfeo, quien me esperaba con los brazos abiertos.
Desperté al rato, de golpe, gracias a uno de esos sueños que llamo “desfibriladores” por la manera en que me devuelven a la consciencia como si fuese una cuestión de vida o muerte, usualmente de la mano de palpitaciones, respiración agitada y uno que otro grito. Raras veces lograba recuperar su contenido, pero tardaba horas en deshacerme de esa sensación pavorosa de estar pendiendo de un hilo.
No fui tanto yo el que los encontró sino mi pie, que supo frenar justo antes de que se hicieran pedazos bajo mi peso. A unos pasos del cuarto, en pleno pasillo, yacían los lentes de ella: armazón verde oscuro, vidrios levemente tintados de color marrón, y una cuerda que unía las dos patas y los hacía aún más difíciles de extraviar. Los levanté y los dejé sobre la mesa, haciéndome la nota mental de molestarla por ser tan despistada cuando volviera a casa. Ya me imaginaba su defensa: “te juro que busqué por todos lados”. No pude desdibujarme la sonrisita socarrona en lo que me serví el primer vaso de jugo.
No recuerdo bien cuándo entré al baño, pero sí recuerdo haber chequeado antes que los lentes siguieran sobre la mesa, como para comprobar que no se volviesen a escapar. Después vino el pinchazo de curiosidad, mezclado con aburrimiento, que me impulsó a llevarlos con la idea de probármelos. Inmediatamente después: el hueco. Cuando lo vi por primera vez pensé que era un artificio de mi mente, que confundió alguna sombra o mancha de luz, creando una forma imposible. Luego de refregarme los ojos y reajustarme los lentes, llegué a la segunda conclusión más probable: un bicho. Largué un alarido que no hizo más para espantarlo que la cachetada que le siguió. Me llevó un buen tiempo procesar la información que me remitían mis retinas, y más aún lo que implicaba. Lleno de miedo, llevé mis dedos a la altura de esa zona de mi cara que solía estar forrada de piel, respiré hondo e intenté tocarlo. La sensación fue algo que me resulta imposible describir. Aún peor, sin embargo, fue cuando, por la conmoción, los lentes cayeron al lavamanos. Por impulso regresé la mirada al espejo, y la ausencia de hueco alguno en mi rostro me dejó más helado que cuando lo descubrí. Una vez más llevé mis dedos a ese lugar, y el corazón me dio un vuelco cuando fui capaz de acariciar la piel que hace segundos estaba ausente.
Tampoco me acuerdo mucho del lapso entre mi descubrimiento y el momento en que mi reflejo y yo dejamos de ser las únicas presencias en la casa. No estaba seguro de si los minutos se habían transformado en horas, aunque mi garganta seca y boca pastosa respaldaban esa suposición, o si mi encierro crearía confusión o alentaría preguntas que no podía responder.
En el presente, ella había terminado de ordenar las compras y había encendido el televisor. Las voces se multiplicaron y el ambiente oficialmente perdió la paz de la quietud. No era lugar apto para generar pensamientos coherentes y, dada la conmoción que antes me supo dejar desacomodado, dejé que mis impulsos tomaran el volante y me sacasen del apuro. Tanteé cada cajón del vanitory hasta que encontré uno inhóspito y guardé los lentes allí, sepultados bajo una toalla de mano para reforzar las precauciones. Me lavé la cara con agua fría y le eché una última mirada a mi reflejo, que tuvo el tupé de presentarse intacto, antes de inhalar hondo y salir al pasillo. Ella me esperaba volteada, mirándome desde el sillón. Dudé un segundo, pero opté por la evasión y caminé directo hacia la heladera en busca de agua.
Ella volvió la mirada al televisor, pero aún sentía sus ojos encima. No era la primera vez que tenía esa sensación de cargar con un peso constante y del que no lograba desentenderme; como si pudiera leer sus pensamientos, y todos ellos orbitaran alrededor mío y apuntaran sus lanzas en mi dirección, aguardando la excusa que les diera vía libre para atacar. Ahora, sin embargo, había encontrado algo mucho más concreto para poner en palabras esa presión: ahora sabía que, ante sus ojos, era un pobre desgraciado con la cara ahuecada. No se me ocurría defecto más ofensivo a la inteligencia por lo gráfica de su naturaleza. Me estremecí de pensar la cantidad de veces que me había mirado, todas y cada una de ellas disfrazadas con una calidez ficticia, por dentro crueles y despiadadas. Y la resentí, con más fuerza que nunca y, especialmente, con más razones para hacerlo.
Si esperaba que me uniera a ella en el sillón, sin dudas la decepcioné. Me senté en una de las sillas del comedor y observé, a la distancia, tanto las figuras en el televisor como su silueta, que cambiaba de posición cuando se le dormía una extremidad.
A lo largo del día, hubo instantes en que, casi por milagro, lo olvidé. Me permití tener conversaciones con ella como si nada hubiera pasado, y hasta se me escapó una que otra risa por lo bajo. Eran pequeños paréntesis en los que podía respirar con menor dificultad, en los que parecía perder la conexión con esa parte mía que había ganado un nuevo nivel de consciencia respecto a mí, a ella, a nosotros.
A medida de que el sol se fue escondiendo, esos paréntesis fueron cada vez más escasos, hasta que dejaron de suceder por completo. Mi nueva realidad se volvió inescapable. Comimos en silencio, y no me permití disfrutar el sabor de las verduras frescas de esa mañana. Usé lavar los platos como pretexto para que no me esperara despierta y no haberme lavado los dientes de excusa para no recibir su beso de las buenas noches. Comprobé que yacía exhausta y respiraba con pesadez antes de dejar mis zapatos cerca de la cama y encerrarme nuevamente en el baño, donde mi reflejo me esperaba con la paciencia de quien no tiene adónde ir. En un primer momento lo esquivé, encorvándome para llegar a ese cajón que pesaba tanto como una toalla de mano y un par de lentes finos eran capaces de pesar.
Todo se veía un poco amarronado a través de esos vidrios: el crema del vanitory, el lavanda de los azulejos, el gris de mis medias. Me erguí, tembloroso y con los ojos entrecerrados, temiendo lo que podrían ver. Si aún albergaba esperanzas de que lo ocurrido a la mañana hubiese sido una alucinación perfectamente elaborada, se extinguieron cuando observé el mismo hueco donde supe tener una mejilla.
Al menos era uno solo. Con los lentes puestos se veía y sentía tan real como la abertura de mi boca o mis fosas nasales. Mis dedos podían llenar el espacio vacío, recorrer su circunferencia y hasta rozar la carne pútrida dentro, y las yemas se me teñían de un bordó casi negro que no podía lavar ni con toda el agua con jabón disponible. Solo sin lentes puestos era que dejaba de ver esos manchones oscuros que se trasladaban a mi ropa, a las toallas, a las paredes. E incluso eso no impedía que marcaran su presencia en segundo plano. Y es que, luego de darle una probada a una verdad desagradable, las mentiras plácidas ya no tenían el mismo gusto. Las manchas seguían allí, por más que no las viera, por más que deseara nunca haberlas encontrado. Me rehusaba a vivir un engaño.
Tanto fregarme las manos me dejó frustrado y con las mangas empapadas. Me frené antes de largar una puteada para no correr el riesgo de despertarla y, con cuidado, me arremangué: primero una, luego… Mi alma pegó un tirón cuando casi me abandona el cuerpo. Los ojos, desorbitados, recorrían mi antebrazo derecho, que en la parte más alta lucía un hueco aún más grande que el primero.
Lo vi en el espejo y lo vi de frente, con mis propios ojos. Lo examiné, lo recorrí, lo soplé, lo intenté cubrir con papel higiénico y presioné con fuerzas, con la esperanza de iniciar algún proceso de cicatrización milagroso. Nada parecía servir; el papel se humedecía y se desintegraba en contacto con el viscoso interior, y el brazo solo me picaba y me zumbaba como si más que una abertura albergara una colmena de avispas.
En algún momento, el cansancio me venció, porque el próximo lugar en el que desperté fue en la cama, vestido y echado encima de las frazadas. Miré de reojo hacia el lugar de ella y, luego, giré toda la cabeza para confirmar que estaba vacío. A lo lejos, escuché la canilla abriéndose y el ruido de cajones cerrándose. Mi corazón se detuvo.
El reloj de pared anunciaba que no hacían más de diez minutos de las seis, hora en la que ella solía arrancar su rutina de mañana. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y las yemas de mis dedos parecían despedir descargas eléctricas. ¿Había guardado los lentes antes de acostarme? ¿Qué pasaría si ella los encontrara? ¿Tenía una explicación plausible para haberlos ocultado? Los segundos se pavoneaban en su camino a la salida, y empecé a sentir al tiempo como una masa gelatinosa y, a mí, como una mosca que había tenido el infortunio de quedar atrapada en ella. Pensé en saltar de la cama, correr al baño y enfrentar lo que sea que me esperaba del otro lado de la puerta, pero el impulso de quedarme congelado en el lugar prevaleció y un pánico silencioso reinó en mi mente.
Después de una eternidad, que el reloj marcaba como cinco minutos después, se escuchó el clic de una puerta y los pasos in crescendo hacia el dormitorio.
—¿Te levanté? Disculpá…
Su tono era tan calmo que me inquietó aún más. Negué con la cabeza para desestimar la preocupación, y procuré apoyarme en la apariencia somnolienta para no atraer la atención a mi mirada ansiosa.
—¿A qué hora te acostaste anoche?
Lo preguntó de espaldas a mí, mientras elegía uno entre sus muchos pares de aros, pero eso no impidió que rescatara el interés en su voz. No me era difícil leer sus comportamientos; a esa altura, me resultaba tan natural como leer el diario.
—No sé, tarde.
No contestó, pero, incluso en su silencio, existían señales; un texto de tinta invisible que solo el ojo entrenado era capaz de vislumbrar. No pasó mucho tiempo hasta que emprendió la retirada; le agradecí mentalmente por no intentar darme un beso de despedida. Una vez que quedé solo en la casa, corrí esos pocos metros hacia el baño solo para comprobar que los benditos lentes seguían en su escondrijo de siempre. El alivio me desinfló los pulmones, y pude darle inicio a mi nueva rutina. Rutina que se llevó día tras día, hasta que me robó toda una semana.
Despertar, aguardar a que se fuera, encerrarme en el baño. Ponerme los lentes, buscar más huecos, intentar todo para cubrir, llenar o cicatrizarlos. Salir, ignorarla, inventar excusas, dormir. Con suerte hacía tiempo para comer, por lo menos cuando ella estaba presente, para no ahondar su preocupación. Las duchas las resolvía con paños de agua fría y jabón, mucho desodorante, y la creciente pila de ropa sucia que abandonaba luego del primer uso y, de vez en cuando, era diezmada por ella.
Me quise ocultar bajo algún supuesto instinto de supervivencia o hipocondría, pero sería ingenuo de mi parte no reconocer cierto disfrute morboso en el amanecer y anochecer en esa habitación de seis metros cuadrados, la vista clavada en el espejo, casi ansiando hallar un nuevo socavón donde solía haber solo piel. Cuando por fin cerraba los ojos, soñaba con los azulejos color lavanda, la luz naranja y, en el espejo, un corazón expuesto que aún latía, epicentro de un túnel cavado desde la capa más superficial de mi piel hasta la más profunda de mi organismo.
No pasó mucho tiempo hasta que me empecé a sentir enfermo. Había ya tantas causas para ello que no tenía sentido intentar identificar la principal. Los surcos bajo mis ojos se profundizaron gradualmente; la piel empalideció al gris; los huesos se volvieron más prominentes por todos lados. En mi intento por disimularlo, desterré la ropa más grande que encontré en el armario y evité a toda costa desnudarme, del torso o las piernas, en presencia de ella. Apenas sí tenía fuerzas para hacer otra cosa que dormir y arrastrar los pies hasta el baño, y, ocasionalmente, sostener una conversación compuesta por monosílabos. Ya no tenía la energía o el interés para prestarle atención a los signos que ella enviaba, desde los más a los menos sutiles. Mi mente no daba abasto, ocupada pura y exclusivamente por una obsesión.
Ella pareció notarlo también, ya que, un día, las seis llegaron y se fueron, y seguimos siendo dos en la cama, en el dormitorio, en la casa. Me vi forzado a fingir que dormía, tanto tiempo como pude sostenerlo, y, luego, a fingir interés en lo que habría de desayunar, cuando mi estómago no tuvo mejor idea que rugir con una furia imposible de ignorar.
—¿Qué te anda pasando? —finalmente escupió, desde el otro lado de la mesa, luego de un largo rato inspeccionándome de pies a cabeza, con ojos que parecían estar a punto de salir disparados de su cráneo para clavarse en mi garganta. Gran parte de mi concentración estaba depositada en no estrujar el cartón de jugo entre mis manos. Sentir su mirada encima, tan desvergonzada en su juicio, me resultaba insoportable.
—¿A qué te referís?
—Dejá de evadir que me voy a volver loca.
Ya no había suavidad en sus palabras, o en su trato, o en su expresión. Dureza y filo era lo único que sobraba, apenas ocultando la profunda angustia detrás.
—Tuve una semana difícil. Por favor, hablemos después.
—¿Para vos fue difícil?
Fue lo más cercano a un bramido que jamás había pronunciado, y su voz lo dilucidó al quebrarse al final de la oración. Frené lo que estaba haciendo, me di vuelta y la vi temblando.
—Quizás te convenga irte a otro lado, —con una mano me restregué la cara, haciendo lo posible por suavizar mi tono—, quedarte en lo de una de tus amigas, por lo menos hasta que resuelva esto.
No contestó inmediatamente.
—¿Y cuándo sería eso? ¿Por qué no me lo contás y lo solucionamos juntos?
No pude ni empezar a hilar una respuesta. La presión había ido en aumento, y mis latidos también. Bajé la mirada hacia el vaso de jugo a medio llenar y algo se removió en mi interior. Lo siguiente que registré es estar corriendo hacia el baño, esta vez para encorvarme encima del lavabo y despedir bilis por labios partidos, ahora también ensangrentados.
Ella me siguió, gritando mi nombre, haciéndome preguntas para conocer mi estado. Más allá de mi voluntad, era incapaz de calmar sus inquietudes, pues estaba demasiado ocupado expulsando el último líquido que me quedaba dentro.
Cuando pude recobrar el aliento y alzar la cabeza, vi las lágrimas silenciosas caer por su rostro de porcelana, lo que me hizo sentir más enfermo que lo que sea que había arremetido contra mi estómago antes. Le pedí que me dejara tranquilo con meros gestos, y fue a través del espejo que registré un leve asentimiento mientras bajaba el trapo que traía listo y se alejaba del baño. Poco después, escuché la puerta principal abrirse y cerrarse.
Habré dormido cerca de veinte horas, pues la mañana siguiente llegó y no tenía recuerdos del día faltante. Amanecí en mi cama, con la ropa del día anterior. En el suelo a mi lado había un balde, y sentía que la cabeza se me partía en mil pedazos, obra de un martillazo tras otro. Ella no estaba en la habitación, pero me bastó con escuchar ruido a la lejanía para cerrar fuerte los ojos.
Sentí sus dedos suaves en mi hombro y reprimí el impulso de tensar los músculos, con el fin de emular la languidez de quien sigue recorriendo las praderas de una tierra de sueños. Despierto era más simple, podía expresar mi aversión a su tacto sin limitaciones, pero, en ese momento, no quería nada menos que escuchar sus gimoteos de animal lastimado que buscaban apelar al cariño que me quedaba por ella. Para mi sorpresa, se fue, luego de su tortuoso ritual de preparación, durante el cual contuve la respiración más de una vez y mi pulso se aceleró considerablemente, tanto que un segundo más en su presencia hubiese implicado una explosión.
Oí el clic de los mecanismos de la puerta cumpliendo su función y salté de la cama con una energía que no me invadía hace semanas, como si se hubiese estado acumulando en segundo plano para esta ocasión. Cerré la puerta del baño detrás de mí, abrí el tercer cajón del vanitory y, del fondo, pesqué los anteojos con armazón verde y lentes amarronadas que habían sido causa de incontables noches de vigilia. Una vez más, los llevé a la altura de mis ojos, mientras mi tembloroso reflejo aguardaba a la expectativa de lo que habrían de revelar. Sin embargo, no había una mirada para rebotar de la mía del otro lado del espejo: solo cuencas negras vacías como un cielo nocturno desprovisto de sus estrellas, y un rostro ahuecado y con más trozos faltantes que pedazos de piel luchando por cubrirlo.
La visión se me tornó negra y escuché vidrio haciéndose trizas contra el piso, producto no de una caída accidental sino de un impacto forzoso, y luego los pisoteos de mi misma pierna mientras remataba un cadáver de policarbonato verde. No sentí ni escuché nada más, solo unos segundos infinitos de las orejas latiéndome con tal potencia que parecía que el cerebro me iba a estallar dentro del cráneo. Después, silencio absoluto.
Volví en mí. Todo a mi alrededor parecía borroneado, y la luz naranja del baño nunca me resultó tan enceguecedora. Se me arrugó el rostro e intenté levantar el brazo para cubrirme, pero no respondió a mis comandos. Desconocía cuánto tiempo había pasado, pero fue suficiente para que el primer sonido que registrase perteneciera a ella: un alarido tan estridente que sorprendía que proviniera de una criatura tan menuda, si incluso humana. Lo siguieron pasos atropellados y el cuerpo que cayó al piso junto a mí de rodillas, con manos temblorosas que buscaban atender un problema no identificado. Me había de ver sofocado, pues lo primero que hizo fue desabotonarme el cuello de la camisa y limpiarme el sudor de la frente.
— ¿Te duele algo?
No hubiese podido responder aunque quisiera. El pesado subir y bajar de mis párpados era el mayor movimiento que estaba capacitado para realizar. Pasado el sobresalto inicial, ella comenzó a escanear el largo de mi cuerpo. Un escalofrío me recorrió la columna cuando noté que se detenía a la altura de mis costillas y apoyaba suavemente, casi con miedo, sus yemas sobre la tela previamente blanca, y me tensé cuando las alzó, recubiertas de un rojo espeso.
En un arrebato, me puso las manos encima e hizo saltar los botones de mi camisa. Ahí fue cuando el alarido anterior empalideció en comparación con los sonidos que lo siguieron. Parecía que quería pronunciar mi nombre, pero solo llanto desconsolado borbotaba de su boca de medialuna invertida. No entendía su horror, y claro: yo no veía mi forma bulbosa, mi piel morada y estirada donde debajo de la primera capa se habían almacenado la piel de ratas y las plumas de pájaros. Yo solo veía huecos que habían de ser llenados cueste lo que cueste, para volver a estar completo, para que me dejara de mirar de esa forma.
—¿Qué pasó? —consiguió articular, la voz un hilo fino tensado por la angustia que pendía de él.
Una de sus manos viajó hacia mi rostro, pero no se atrevió a tocarlo. De todos modos, yo no hubiese tenido fuerzas para rechazarla. De reojo, vi los restos de lo que había sido mi maldición; esquirlas que brillaban para distinguirse de las baldosas del baño. Cada vez me sentía más cansado.
Fui a mirarla una vez más, a confrontarme con el par de ojos que habían sido mi panóptico y mi verdugo, ahora relucientes por las lágrimas que los inundaban. La miré con todas mis fuerzas, como quien está cansado de huirle a su destino y su peor miedo, y luché contra los párpados que se me hacían cada vez más pesados y me invitaban a dejarlos descansar. Antes de que la visión se tornara oscura otra vez, logré notar otros destellos, que colgaban de su cuello y se balanceaban frente a mí: pertenecían a unos lentes de leer, unidos en cada pata por una cuerda negra y fina, con armazón marrón y vidrios verdosos.
Lo que la palabra esconde (2020)
—¿Qué es eso que, al regalar, uno conserva y, al sacar, no puede quedarse?
El muchacho de hombros estrechos apenas se esforzó por elevar su mirada en la dirección del rugido y de la criatura de la que había nacido. Sentada en frente de él, a alguna relativa distancia, una Esfinge de piel dorada lo miraba con ojos neblinosos.
Con un tono arrastrado, que a todas luces podría interpretarse como calmo, el muchacho contestó un breve:
—Veamos.
No era la primera, ni la primera de muchas, con la que había sido confrontado. Para ese entonces, enumerarlas era una labor sin importancia, si incluso posible. Las preguntas habían comenzado a enredarse y devorarse entre ellas mucho antes, y, para cuando quiso darse cuenta, nada podía hacer para revertir los hechos y recuperar lo perdido.
El muchacho no recordaba un antes a esas cuatro paredes que, si bien aún sugerían cierta profundidad en su limitada escala de grises, parecían ceñirse un poco más con cada parpadeo y con cada respiración superficial. Tampoco sabía si ese antes había existido (¿habría podido existir?). A esa altura, desconocía si habitaba la carcasa de un héroe épico cuya buena racha terminó cuando sucumbió ante una prueba sin escapatoria, o si había surgido de la ceniza apilada en las esquinas de la habitación; un fantasma eternamente anclado a los cimientos que le dieron origen. Eventualmente, perdió también la capacidad de pensar a futuro, y de habitantes en su conciencia solo quedaron el próximo segundo, el próximo minuto y la próxima media hora, como mucho.
Lo que sí recordaba eran preguntas, como la primera que la Esfinge había repetido:
—¿Cuál es la mayor violencia?
En ese entonces poco le importaba dar una media respuesta por cortesía, prestar algunas palabras a modo de interludio. Se inclinaba más por la hosquedad y el desafío, por la pseudorebelión que, lejos de su libertad, tenía como objetivo el más mínimo reconocimiento por parte de ese Otro opresor e inaccesible, inhumano e inhumanizante, que, además, se daba el afán de ponerlo a prueba.
—Lo que hace Usted conmigo —espetó sin titubear.
La Esfinge no se inmutó. El entonces joven de hombros relativamente acordes escudriñó las facciones casi confundibles con humanas como si durante esos años (¿años?) hubiese recolectado algo de conocimiento y adquirido así mayor destreza para leerlas. Con suerte, el momento en que le otorgaba su respuesta coincidía con un pesado parpadeo, una exhalación de las hondas fosas o un ladeo de la enorme cabeza en los que pudiese verter significado. Pero nada encontró.
Y, entonces,
—¿Cuál es la mayor violencia?
La voz retumbó en las paredes y el suelo vibró con cada sílaba. La estupefacción hizo que el joven perdiera el equilibrio y, poco después, se halló más cerca del suelo, sus palmas apenas rescatándolo de un destino más desafortunado en el que su nuca protagonizaba el impacto.
—No comprendo, —carraspeó, buscando camuflar su asombro.
—¿Cuál es la mayor violencia? —concedió la Esfinge, y el muchacho podría jurar que percibió un deje de impaciencia en su voz, siempre tan monótona como la habitación que la amplificaba.
Contrario a sus mejores instintos, que desaconsejaban seguir presionando en esa dirección, aventuró:
—Creí que aceptaría la respuesta que le otorgue, sin importar cuál fuera, o si Usted la considerase correcta.
La habitación se sumió en un silencio amenazante; un silencio que se sintió eterno y bien pudo haberlo sido. Qué era una vida así sino un eterno momento presente, si no había nada a lo que dirigirse ni nada a lo que regresar.
El joven de hombros acordes se abandonó a ese silencio. Primero, por terquedad (o, como prefería llamarlo, por principios). Luego, por inercia. Después, por una creencia, animalesca en su irracionalidad, de que, en esa nada punzante, podría encontrar algo otro que más de la misma nada.
Al acallar sus pensamientos, lo que al principio vio como un vacío desolador fue desplazándose para dar lugar a algo más. Un pulso lejano, apenas distinguible, que aparecía y se desvanecía de la conciencia aleatoriamente. El pulso fue creciendo hasta volverse ensordecedor. Sudor frío, presión en el vientre, en la garganta, en la sien. Tres punzadas en horizontal a través del pecho, tres punzadas en vertical a lo largo de la columna. Imágenes, sensaciones y sonidos que le comunicaban una misma idea.
Violencia era intentar transmitirla.
Abrió los ojos con esfuerzo, si bien no registraba haberlos cerrado, y dejó caer su mandíbula para enunciar cuidadosamente lo que había rescatado del caos previo. La adrenalina, sin embargo, lo llevó a escucharse a sí mismo mientras escupía:
—El Nombre.
La Esfinge lo observó con más atención. El joven no sabía si era una mirada curiosa mezclada con fascinación por el modo en que los mecanismos de su mente habían de obrar, o meditabunda, como cuestionando qué sucesión de catástrofes debía darse para obtener un resultado tan penoso como el que enmarcaba la escuálida anatomía frente a ella.
—La mayor violencia es el Nombre —reafirmó.
La Esfinge asintió, y el Nombre pasó a no ser. Era costumbre que la bestia se ocupara de inmaterializar los objetos de cada respuesta como si se tratara de cucarachas en plena fumigación. El joven quiso preguntar si acaso se veía a sí misma como una benefactora cuando lo hacía, pero las palabras ya no le resultaban lo suficientemente precisas.
La próxima en romper el silencio fue la criatura.
—Tengo una pregunta para que respondas.
Así, como era costumbre también, la Esfinge volvía el contador a cero e inauguraba otro ciclo. Allí residía su trampa: sin últimas ni primeras, solo había preguntas encadenándose hacia el infinito. Sin posible solución que la saciara, no había nada que pudiera hacer, salvo resistirse cual insecto en la tela de un depredador descomunalmente más poderoso, o abandonarse a los brazos de su destino con la cabeza gacha. El joven estaba más allá de protestar lo injusto de ese sistema o de demandar una recompensa, razón o sentido para todo ello. Sabía qué lo esperaba si acudía a esas tácticas ingenuas: los mismos ojos arenosos del tamaño de manzanas y un duelo de miradas que se extendía hasta que el silencio penetraba tan profundo en su piel que se le hacía insoportable. Quizás no se trataba de una trampa con fin de estancarlo y obstaculizar una vieja empresa cuya premisa hace mucho ignoraba. Quizás no habían existido preguntas anteriores, y su pobre psique se empeñaba por fabricar algún tipo de linealidad para salvarlo de la pura e irremediable locura. Quizás, de hecho, el único momento real era el presente, y la única pregunta verdadera, la que rondaba por su mente en ese instante.
El muchacho de hombros estrechos posó sus manos en el hueco que había sabido ocupar su estómago antes de que el Hambre se encontrase en el desafortunado lugar de objeto de una de las tantas incógnitas. No recordaba cuándo había sido la última vez que había necesitado comer o dormir, o cómo era necesitar algo otro que hallar una bendita respuesta a su respectiva interrogante.
Retomó la pregunta que había sido arrojada a sus pies, selló sus párpados y se sumergió en esa pileta de silencio que, pasado un tiempo conteniendo la respiración, le permitía acceder a la parte suya donde podía ir a pescar. Con la pregunta bajo el brazo nadó hasta ese lugar, y esperó, con la paciencia de quien había aprendido, para bien o para mal, a soltar cualquier pretensión que se alejara de la propuesta (en ese momento) (por la criatura).
Una vez que regresó a la superficie, enunció un simple:
—Una sonrisa.
La Esfinge permaneció inmóvil.
—Al regalar una sonrisa, uno la conserva, y, al sacarla, no puede quedársela.
La Esfinge se tomó su tiempo, pero eventualmente asintió, y las sonrisas pasaron a no ser. El muchacho se limitó a confiar en que no podría elevar sus comisuras de intentarlo. Y no volvió a pensar en ello.
El silencio volvió a reinar y así fue por lo que se sintió otra eternidad.
El ciclo bien pudo haberse reiniciado después. Poco a poco, cosas que supuso había conocido pudieron bañarse en ese lago de inexistencia. En algún momento, la Esfinge pasó a no ser y, en algún momento, el muchacho.
En algún momento, las paredes grises no encerraron más que espacio, y lo único que las atravesó fue el Tiempo.