Como un eco lejano escuchó el crujir de una camioneta que se acercaba a ella, una o dos veces en su vida había escuchado aquel terrible sonido. Una melancolía dolorosa la sofocó, a su memoria vino la expresión aterrada de Woo-Jin, la camioneta del padre su único amigo, en aquel asqueroso pueblo, y el rostro sin expresión de Han Tae-Seok que hacía que Jinie siempre temblara ante su cercanía. La camioneta la seguía a varios metros, SuA trató de caminar más rápido, pero el auto se escuchaba detrás, sabía que era inevitable tener que toparse con la cara de alguien que deseaba ver en ella la excusa perfecta para lavarse las manos del crimen que lo manchaba, aquel hombre era en el pueblo, el lado más oscuro.
Se paró en seco, dio la vuelta y a un solo metro estaba aquel hombre que tenía en su rostro la ignorancia y la vulgaridad de alguien cuya vida era violencia y prejuicio.
La camioneta paró, Kim SuA convocó las palabras de Woo-Jin «no dejes nunca que él te intimide princesa, no demuestres miedo, él se alimenta de él.»
─ ¡Fuera del pueblo, asesina!─ gritó lleno de ira.
«No dejes que veas que tienes miedo SuA… mi madre siempre se lo demostró e hizo de ella un fantasma.»
─ ¿Y por qué he de irme?─ le respondió llena de indiferencia, aunque sus manos temblaron, por un breve segundo y ella rogó porque aquel hombre no lo hubiese notado.
─ ¡Largo, bruja! ─ el mayor gritaba sin salir de su camioneta, él allí con el motor y con el poder al volante intentaba que la castaña se fuera, no verla para así poder borrar de su memoria la muerte de su hijo, muerte que él jamás reconocería como su culpa.
Ella era peligrosa, tenía la verdad. Tenía la confesión de su único hijo. Tenía su miedo, su dolor y su vergüenza.
La colegiala, envalentonada, caminó hacia el auto y enfrentó al hombre cara a cara, ese rostro curtido, un hombre joven que, con él rigor de un alma que virulenta y amarga, había asemejado su rostro a la rugosidad del tronco de un árbol muerto.
─ Yo lo recuerdo, Tae-Sok ─ su voz era segura, ignorando, por completo, cualquier muestra de respeto que debía presentarle al padre de su amigo fallecido ─ Lo recuerdo todos los días, ¿y sabe cómo lo recuerdo?─ su labio se apretó en una línea que pareció no romperse pero que, con mucha calma le permitió seguir con aquellas palabras─ En mi cabeza tengo el recuerdo de un niño que sonreía cuando estaba lejos de su mierda.
─ ¡Cállate, maldita!─ ladró con el rostro enrojecido.
─ ¿Y sabes qué más recuerdo?─ siguió, ignorando por completo la manera en como parecía estar dispuesto a salir del auto para golpearla ─recuerdo que odiaba el béisbol y que no lo escuchó jamás─ confesó, aunque sabía a ciencia cierta que eso era algo que permanecía en la cabeza hueca de un hombre que debía luchar constantemente con la culpa y que la usaba como chivo expiatorio ─Recuerdo, también, que odiaba su voz cuando gritaba; que, para él, oír sus pasos era el sonido del miedo y de la violencia, que se perdía entre edificios abandonados y se hacía un ovillo para poder escapar de usted y de su maldita furia.─ El sonido del motor era fuerte, casi como si su pie pisara un poco ante cada palabra y el hombre hacia un gruñido de oso herido.
─ ¡Era mi hijo!─ le gritó ignorando sus palabras.
─ Lo era. ¿Por qué jamás lo escuchó?, ¡Mierda! ─ Los ojos de SuA se llenaron de lágrimas, sin poder contenerlo más ─ Un día me contó cómo vio a su madre morir, y como él rogaba por que lo hiciera pronto porque lo único que ella quería era descansar… ¡De usted!─ le recriminó con toda la ponzoña que podía tener la verdad en sus palabras ─ ¡Cobarde! y como, cuando No-Ra murió, él se sintió aliviado y feliz tan sólo porque se había liberado de usted ¿y me llama a mi asesina? ─ le respondió con una sonrisa que tenía más tintes de tristeza que burla.
─ Woo-Jin iba a salir de aquí, iba a ser alguien grande, iba a ser un gran beisbolista.─ la castaña bufó ante sus palabras.
─ ¿Me escuchó?, ¡Él lo odiaba!, ¡Lo odiaba!─ le resaltó con algo de desesperación en sus palabras, por la manera en la que el aquel hombre solo bloqueaba la realidad de sus acciones.
─ El diablo le habló a través de tu lengua viperina. Lo hipnotizaste, lo maldeciste. Tu y tú maldita boca. Sátanas lo sedujo a través de tus palabras, ¡bruja!, fue tu maldita influencia lo que hizo que él muriera. ─sabía lo que todos allí pensaban de ella, no era una novedad que cada paso que daba en aquel inmundo lugar estaba lleno de acusaciones y reprendimientos en nombre de Dios, lleno de chismes y habladuría sobre SuA, la huérfana del convento que se levantaba por las madrugadas, volaba en su escoba por encima de las casas y se robaba las gallinas y a las mujeres que se encontraban destruidas y, que realmente, sólo huían de sus hogares abusivos para terminar en burdeles o en las calles de grandes ciudades.Todos hablaban de la belleza de la chica de ojos claros que había entregado su alma al diablo. Todo por su inocente madre que solo prendía inciensos y bailaba a mitad de la noche celebrando el cambio de cada estación.
─ ¡No! no fui yo, él sólo quería aceptación y que alguien lo escuchara, Tae-Sok, nadie lo escuchaba, ¡sólo yo! Sólo yo lo escuché.─ podía ver cómo dibujó el gesto amargo de alguien que bebía ponzoña en pequeños shots de trago adulterado. Odiaba a la chica porque ella sabía que nunca fue lo suficientemente bueno para ser padre, que su ignorancia fue la cuerda que anudo la soga alrededor del cuello de su hijo y que ella de manera inconsciente, fue quien le dio la fuerza para aceptar quien era, odiaba a Kim SuA porque su hijo la amó con el amor de la aceptación, con los lazos de dos seres que se sabían marginados, porque fue la única que lo escuchó.
─ ¡Perra maldita! – intentó salir de la camioneta pero le temblaban las manos, SuA se apartó dos pasos de él para darle vía libre
─ Puede hacerlo, señor, puede golpearme, pero usted y yo sabemos porque su hijo murió y quien es el real culpable aquí.─ su lengua no pareció tener un filtro, no desde qué había empezado a soltar lo que tenía en su cabeza.
─ ¡Tú!─ bramó enfurecido, luchando consigo mismo y con el dolor de su pérdida.
─ No ─ la menor limpió las lágrimas que resbalaban por sus mejillas ─ Fue usted, Jinie pidió comprensión, amor y sólo recibió golpes─ su voz se quebró ligeramente a causa del dolor que le causaba el recuerdo que aquellos ojos caramelos que siempre le miraron llenos de amor. ─ Se cansó de callar, se cansó de fingir, se cansó de odiarlo y temerle, una sola oportunidad y él habría sido feliz y lo habría hecho sentir orgulloso, fuese como fuese, señor. Fuese como fuese.─ aseguró la castaña con una imperiosa necesidad de golpear una patada contra la puerta del auto ajeno.
─ ¡Jamás! No con esa maldita enfermedad ¡Que repugnante!─ gritó negando con la cabeza. Woo-Jin, niño de sol; Woo-Jin,que a los diez años entendió que no era como lo demás; Woo-Jin,que se vio al espejo un día y supo que algo en su interior no era igual; Woo-Jin, quien pretendió ser para que su padre lo amara,; Woo-Jin, quien, con un simple toque, calmaba su soledad y desamor; Woo-Jin,que intentó ser como su mejor amigo, entendió que no podría escapar de quien era estaba atrapado entre telarañas y temor.
─ No era un enfermo, Tae-Sok…─ su voz bajó un poco el tono, sabiendo que él aún escucharía. Respiró profundo y, sin temor, buscó la mirada del viejo Whitlock. ─ Era homosexual, señor. No era un monstruo ─ y la voz de la niña fue ronca y profunda─ Aunque usted lo hizo sentir como tal.
El siempre levantaría su dedo y siempre acusaría como la putilla que, según todos, ella era.
Niña del viento, hija de la nada, cosa sin valor, piedra en el camino.
No se le podía pedir a un hombre discapacitado de sentimientos que intentara ir más allá de su alma podrida y obtusa. Sin embargo, ella lo intentó.
— ¡Cállate! — salió del auto, con violencia y avanzó hacia ella. La pequeña SuA estaba aterrada sin embargo no se movió un paso.
— No me callo — estaba harta de callar, harta de nunca levantar la voz, días antes la había levantado con fuerza y no volvería a dejar las palabras en el límite de su boca, agazapando su miedo — una palabra señor, un poco de piedad, algo de ternura y su hijo aún estaría aquí.─ sus hombros se alzaron retadores y sus ojos se llenaron de todo el resentimiento que hizo trastabillar el paso del hombre.
— ¿Qué sabes tú, maldita cucaracha? — el hombre cerró los puños.
— Lo sé todo — no importaba, pelearía por su amigo, ella le brindaría un poco de justicia, ella le brindaría piedad — Se como usted lo golpeaba.─ «De niño, cariño, solía esconderme bajo la cama para que él no viniera hacia mi… pero lo hacía y yo me quedaba allí hecho un ovillo sintiendo como mi padre descargaba su odio conmigo».
— Cómo eran sus días, al llegar de la escuela.─ «Me metí al equipo de béisbol para poder dilatar mi llegada a casa…».
— El silencio — la voz de SuA se fue haciendo fuerte, un recuento de los dolores, de cada uno de los días, de cada cosa agobiante que aquel niño fuerte y de mirada brillante ocultó a todos, pero que un día en aquella fábrica abandonada, en una zona casi fantasma Han Woo-Jin le confesó entre lágrimas.
— Su silencio.─ la mirada se encontraba fija en en el fuego de aquel hombre que deseaba matarla. «En mi casa no se escucha música, a mi papá no le gusta» — Su rabia.─ «Él odia a todo el mundo» — Su madre. ─ «Di gracias a Dios cuando mi madre murió, al fin, su rostro dejó de tener aquel gesto contenido. En su cama — muerta — mi mamá fue joven» — La ausencia de la madre — pequeñas gotas de lágrimas cayeron por el rostro de la castaña — sólo ella, sólo ella y su amor, sólo ella y su amor y su compasión. A ella no le importó. Su madre siempre lo amó y usted, en cambio, lo destruyó.─ La voz de la niña eran martillazos duros y secos en el cuerpo de pedernal de esa bola de ira, cada palabra lo hacía parpadear como si ráfagas de luz llegaran desde muy lejos y lo enceguecieran, no le permitieran verla.
La cosita aquella, pequeña e insignificante dándole puños a aquel hombre quien estaba siempre en los vórtices de la violencia.
Se abalanzó hacia ella, sin embargo, la niña desafiante no se movió de sonde su cuerpo se ancló, se ordenó estar allí, firme, sin que el miedo a ser golpeada la hiciera flaquear… Su mejor amigo se lo merecía.
— ¿Por qué demonios lloras? — el hombre a centímetros de ella gritaba, llenándola de las gotas de su saliva y su aliento a trago.
«Quiero ser libre, cariño, quiero no sentir… Estoy atado a mi padre, soy como él, una mierda cobarde»
— ¿Por qué no lo hace usted? — ella respondió de la misma manera, con toda la rabia y tristeza en cada una de las palabras que se deslizaban por su boca. Voz de niña chocando contra las casas que no abriría, porque todos la odiaban, todos la culpaban aun escuchando aquellas palabras, nadie le creería. Una pequeña niña peleando por su amigo.
Kim SuA y su necesidad de retribuir y de darle amor a Han Woo-Jin, de darle dignidad.
— ¡No lo conocías! — levantó su puño contra la joven — ¡tú lo mataste, perra!─ La castaña cerró los ojos, esperando el golpe y vio a su amigo sonriente. Sintió su cálida mano tomando la propia y guíandola por sus lugares favoritos, donde se quedaban hasta al amanecer, aunque eso a veces le costara quedarse encerrada en la habitación de la reflexión sin comida, sin agua, sin verle. Escuchó su risa, animándole a confiar. El calor de la chaqueta que la cubría, como un escudo contra la soledad.
— Lo conocía, lo amaba — abrió los ojos de un golpe, llorando y con su cabeza levantada — Y si va a golpearme, ¡maldita piedra inhumana!, asegúrese de golpearme bien — castañeó sus dientes — ¡De matarme, si eso le hace sentir mejor!, pero eso no le traerá a su hijo de vuelta — se enjugó sus lágrimas — No nos lo traerá de vuelta, ni lavará su culpa. Al menos yo — y se golpeó su pecho de forma sonora— Le di el amor y el cariño que nadie le dio.
— ¿Por qué no lo salvaste, entonces? — la pregunta salió del padre de su ángel como un grito de agonía.
La pregunta. Tenía que haber otro culpable. El odio. Justificar, justificarlo. La necesidad de saberlo. Expiar la culpa que le desangraba.
La lágrima derramada por el hijo muerto lo exigía. Su vida de piedra sin amor. En medio de su ceguera, Han Tae-Sok justificó su odio en la insolencia de la pequeña joven al atreverse a ser lo único bueno en la vida de su cría.
— ¡Porque no pude! — la castaña se llevó sus manos a la cara resignada — Él era tan profundo y su dolor siempre lo fue aún más…─ su voz volvió a quebrarse, volviéndose un pequeño murmullo por un par de sílabas, mientras podía notar el río que pasaba por su barbilla, goteaba y se deslizaba y se perdía en el cuello de su uniforme escolar. ─ Lo intenté. ¡Maldición! Sí que lo intenté, pero no quiso mi ayuda.
Unos segundos de silencio.
La llovizna empezó a caer y el sonido de las hojas comenzaron a rumorar… Era la voz del vacío y de lo inevitable, seguramente su amigo había escuchado aquel sonido muchas veces.
«¿Lo escuchas, princesa? Es hermoso»
Las gotas de agua penetraban en las agrietadas arrugas de aquel hombre que — puño en alto — pretendía golpear a la adolescente de solo 15 años. Su imagen era grotesca, a la niña le dio la impresión que era un anciano desde que salió del vientre de su madre.
— Él no nos pertenecía, Tae-Sok, el no tenía vida — se limpió la cara, intentando recomponerse — Ese puño levantado — indicaba la mano ruda y daba sentencia — Lo fue matando, desde que él era un niño. ¡Eso fue lo que lo mató, señor! usted lo sabe — se paró rectamente, dio una sensación de ser más alta, más de aquellos 1.57 centímetros en los que todos pensaban que se quedaría estancada — Ahora golpéeme, sí cree que eso le aliviará su culpa.
El hombre se quedó estático frente a la niña, tiritaba de furia, hijo de un padre violento, cuyo padre lo fue también, él llevaba en su sangre los golpes de cinco generaciones y, en su pasado, se sintió orgulloso de haber sobrevivido a su viejo. Sin embargo, allí con el puño levantado y con aquella pequeña enana valiente frente a él, una luz de entendimiento iluminó su fracturada existencia: no había sobrevivido, no lo había hecho, los golpes dados a su hijo eran la manifestación de una tristeza marcada que cada persona en su familia se negó a reconocer; su hijo, fue mejor… y simplemente se marchó, su hijo — mariquita y solitario — tuvo el valor que jamás tuvo, el de saber que si vivir era aquel caminar entre espinas y odio, aquella herencia de rabia y puños, ese miedo — constante e invalidante — era mejor no hacerlo.
El padre herido, el padre abusador, dio un puño en el viento, por encima del hombro de la joven, y casi se felicitó a sí misma por no moverse ni un poco, unos milímetros más y él le hubiese partido la cabeza.
Pero el golpe no era para ella, el puño atravesó tiempo y espacio, descargando ira en sus antepasados.
— ¡Malditos! — Se apartó del lado de SuA, un relámpago destelló en el espacio y por aquel breve momento de ráfaga cegadora, Tae-Sok envidió a su hijo, él tenerla por poco tiempo para brindarle un poco de paz. Luego volvió la mirada apagada hacia ella
— ¡Lárgate de mi vista, idiota! — no podía perdonar. No podía, en un segundo, cambiar. No podía dejar salir su sangre y empezar de nuevo — ¡Largo! — Le gritó en la cara y SuA fue bañada, nuevamente, por un aliento hostil de aguardiente dulce y de nicotina rancia — ¡Corre!
La colegiala salió de un trance, la orden comandó sus músculos, un minuto más frente a aquel loco aterrador y — sin importar cuántas verdades y horrores le había gritado en su cara — era consciente de que simplemente la destrozaría. Agarró su mochila que estaba en el suelo y corrió de camino al convento, como jamás lo había hecho, cómo jamás había deseado estar rodeada de aquellas fúnebres paredes y bajo la mirada inquisidora y llena de desaprobación de las monjas. Al llegar a la esquina, volteó hacia atrás y vio empequeñecerse una mancha oscura de un hombre que gritaba “¡Corre!” y a quien, por fin, hizo caso.
Lo hizo, con todo lo que pudo hasta que dejó de escuchar la voz del hombre. Él retumbar de sus pasos y las aceleradas pulsaciones marcaban el ritmo de sus pensamientos, uno que otro atisbando una pequeña compasión por el padre que había perdido todo, muy pequeño pensamiento, casi insignificante, que pensó batear lejos de ella.
Con la muerte de su querido amigo se daba por terminada la casta de miedo y violencia en su casa y su padre lo sabía, pero no reconocía. Por ello, ella permitió que aquel hombre y todos los que la odiaban le convirtieran en la enemiga del pueblo, en la lápida de insultos, en la receptora de los cubos de agua bendita que intentaban quemarla.
Descansa en paz amigo, descansa.