De las memorias de un arco de fútbol en 1955 [Sérgio Sant’Anna]
Traducción del original, publicado el día 26 de abril de 2020 en Folha de São Paulo.
A mirar los entrenamientos vienen solamente los fanáticos, algunos socios, los que capean clases y uno que otro cesante de aqui del barrio de Laranjeiras. Tengo un lugar privilegiado, no sólo por mi posición dentro de la cancha, sino por el hecho de defender a Castilho, el mejor arquero de Brasil. No hay discusión. Pero Fluminense tiene tanta calidad en su arco, que el titular y el reserva, Castilho y Veludo, fueron convocados a la selección para el Mundial de 1954. Castilho entrena con el equipo suplente para ser más exigido por el ataque titular. Nada menos que Telê, Didi, Valdo, Ádis y Escurinho. Didi juega de volante de creación y es un consagrado pateador de tiros libres, que ejecuta con su famosa folha seca.
La folha seca funciona así: la pelota va alta y cuando está cerca del arco, cerca mío, pierde fuerza y cae, muchas veces directo a la red. Didi acaba de patear uno de esos tiros libres, pero la pelota pegó en el travesaño, en mí, justo en la esquina. No sé si debo sentirme orgulloso o decepcionado, tal vez me siento de ambas formas. Fue perfecta la ejecución, una obra maestra que vi desde mi posición de privilegio, pero también soy quien defiende la meta de Castilho, que es para mí casi un hermano. Didi sonrió timidamente y con su calma de siempre. Lo que pasó fue bonito y divertido. ¿Puede pasar eso? Claro que si.
Otras pelotas entraron. La primera de Telê, que recibió un pase de Didi en el la punta derecha del ataque y le pegó de primera, con efecto y a media altura. Un gol hermoso ovacionado por los pocos espectadores que estaban allí. Los aplausos suenan diferente en un estadio vacío, un poco melancólicos. Un gol así debería haber sido anotado en el Maracanã, un domingo de clásico contra Flamengo.
¿Será que la melancolía está en mi? Sé que a cierta hora llegará mi fin. Hasta la madera se tuerce al sol, de vez en cuando hay que cambiar los travesaños. Vinieron a inspeccionarme ya tres veces, como si fuesen médicos. “Hay que cambiarlo”, dijo un funcionario del club, que con cierto desprecio agregó: “Pueden ser hasta termitas”. Fluminense es conocido por su organización, ya luego me cambiarán. Por ahora cumplo mis obligaciones. Cuando el balón pega en mí, después de un buen tiro, como en la folha seca de Didi, lo siento casi como un mérito propio. Pero las pelotas también entran, qué voy a hacerle, también es parte de mi propio juego.
Es duro, al otro lado está el gran centro delantero Waldo, goleador del equipo y del torneo. Hoy ya anotó dos veces, uno de ellos con uno de sus famosos goles insólitos, marcado con la espalda tras un centro perfecto de Telê. Quiero dejar en claro que no fue un error de Castilho: ningún arquero podría haber previsto que en medio del área y entre los centrales, Waldo encontrara la forma de pegarle con la espalda. El otro gol fue normal: una pared con Átis, entró al área y definió a uno de los costados del arco frente a salida de Castilho.
Átis es un tremendo cabeceador. Se eleva más que todos, cabecea la pelota esquinada y con fuerza. Hoy día fueron dos cabezazos así, pero Castilho las atajó bien. Una de las mejores cosas de Átis es que se divierte en la cancha, se caga de la risa de cualquier cosa y con todo el mundo. A veces eso enfurece a la hinchada, especialmente cuando el equipo va perdiendo o empatando contra un equipo chico aquí de locales en Laranjeiras. Una vez salió pifiado y se rió, como si nada. Dicen que no le importa mucho porque viene de una familia rica de São Paulo y no necesita de su carrera en el fútbol profesional. Hoy día también se rió y los pocos que estaban en la cancha aplaudieron sus cabezazos acrobáticos, así como las atajadas de Castilho. También está Robson, del equipo suplente, un jugador bajito pero talentoso, de buen humor siempre. En una entrevista uno de nuestros jugadores lo apodó la “broma ambulante”. Pero juega en serio, sabe gambetear, sería el titular si Didi no estuviese en el plantel. Mientras Didi hace rodar la pelota, Robson prefiere pasarse a los rivales. La hinchada lo adora.
Duque, el zaguero central suplente, tiene sus cosas. No le gusta perderse ningún entrenamiento y a veces alterna con los titulares reemplazando a Pinheiro, también de la selección. Hoy día hizo un autogol, aquí mismo, en mi arco. Un autogol es algo normal, fue a cortar un centro rasante y desvió la pelota contra el pórtico de Castilho. Nuestro arquero tuvo que consolar a Duque, que estaba al borde de las lágrimas. Y eso que era un simple entrenamiento.
Castilho es un gran profesional, ama tanto su trabajo que pidió que le amputaran un dedo de su mano izquierda que vivía inflamado. Sabía que no podía relajarse, Veludo estaba disponible para quitarle el puesto. La amputación fue vista como un acto heroico por los hinchas tricolores, que no dejan de idolatrarlo.
No todos son cracks consolidados. El puntero izquierdo Escurinho fue comprado al Vila Nova de Minas Gerais por su impresionante velocidad. El problema es que muchas veces centra alto y mal, mandando la pelota lejísimos de mí y de Castilho. A veces se escapa con pelota y todo por la línea de fondo, no frena. Sin embargo su velocidad crea contraataques rapidísimos, que muchas veces terminan en goles para nosotros, de vez en cuando anotados por él. Titular indiscutible.
Volviendo al equipo suplente que me toca defender hoy, hay varios jugadorazos, Fluminense tiene un excelente plantel. Varios apuestan que será campeón, más allá que Flamengo esté buscando el tetra, con los extraordinarios Rubens, Evaristo y Zagalo. Escucho de ellos por los comentarios de quienes pasan por aquí cerca del arco, pues los equipos grandes sólo enfrentan al tricolor en Maracanã. Entre nuestros reservas hay jugadores buenísimos como Emilson Peçanha, volante, un negro hermoso del sur, de mucha categoría y que forma dupla con Ramiro, crack santista.
Zezé Moreira, nuestro técnico, es conocido por su obsesión defensiva. A su juicio él aplica la “marcación por zona”, aunque para muchos no sea más que un tradicional cerrojo. La hinchada se desespera cuando Fluminense hace un gol en los clásicos y se echa atrás a defenderse, matando de angustia a sus fanáticos. Hoy Zezé no está satisfecho con nuestro equipo. Ya nos hicieron cuatro goles y ahora Didi, como vengándose del tiro libre que dio en mi, el travesaño, le pegó con efecto de fuera del área y por arriba de Castilho, marcando el quinto gol.
Castilho fue reemplazado, pero no por haber sido culpable de los goles, sino porque el Profesor Zezé aplicó la psicología y salvó de una boleta histórica al arquero de la selección. Castilho dejó la cancha, mientras Jair, el excelente tercer arquero, entraba a defender el otro arco. Se dice que Fluminense es una fábrica de porteros.
Veludo vino a defender nuestro arco. Como ya les dije es el segundo arquero del Flu y de la selección, aunque para algunos él debería ser el titular. Yo tengo una relación de cariño con Castilho, que surgió de las inferiores del Olaria, vino aquí joven y tras quitarle el puesto al apenas decente Adalberto, se ganó la titularidad para no perderla más. Veludo es negro, no sé si por esa razón muchos lo miraron con desconfianza al principio. Algunos dicen que los arqueros negros no se pueden formar. Es cierto que hay pocos porteros negros en el fútbol brasileño, pero Veludo es una buena excepción. En el último mundial, en el 54, después que los húngaros le metieron cuatro goles a Castilho — ninguno culpa suya, aunque jugó nervioso — , no faltaron quienes dijeron que la historia hubiera sido otra si Veludo atajaba ese día. Puede ser, aunque todos saben, incluso yo, que Hungría es actualmente la mejor selección del mundo. Todo es posible, pero lo cierto es que Zezé viene alternándolos en el equipo titular.
El Profesor Zezé coloca a Veludo a jugar la última mitad del entrenamiento de una hora. Veludo está jugando tan bien que parece justificar esa decisión. Atajó un fierrazo de Telê, un cabezazo al ángulo de Átis, un tiro a quemarropa de Valdo y un tiro desviado de Escurinho. Una actuación para sacarse el sombrero.
Hasta que vino el golazo de Clóvis. Clóvis es un volante central con bastante llegada al área rival. Y llegó a la mía. Un centro del flaco Telê al área y Clóvis la recibe con el pecho, pero en vez de bajarla y rematar, le tira un globito a Veludo en el mismo movimiento. De nuevo controla la pelota con el pecho y entra con ella al arco. Entró en mí, confieso que esa jugada maestra me hizo feliz.
El problema fue que el entrenamiento terminó rápidamente. Siempre es difícil cuando el espectáculo termina, incluso cuando es un simple ensayo. Estuvieron las estrellas principales, los actores de reparto, los extras y el público. Todos, en la cancha y en la gradería, conversan mientras se retiran. Van comentando lo que vieron, los hinchas más fanáticos se entusiasman. De a poco la conversación deriva hacia el espectáculo principal del domingo, el Fla — Flu. Como me gustaría estar allí para participar o por lo menos para ver. Lo malo es que en poco tiempo me transformaré en una pieza del pasado.
Todavía veo la puesta de sol, medio cubierta por la parte de arriba de la galería del otro lado de la cancha. El atardecer, esa palabra que siempre me pone los pelos de punta, es siempre hermoso. Hermoso y triste. Para peor, recuerdo al funcionario que vino a revisarme, el que luego de darle un par de puntapiés a los postes dijo lo de las termitas. Me dieron ganas de decirle que eso es lo que pasa con todos los seres, sean vivos o inertes. Llegó la noche. Es bonita, aunque lo sería mucho más si fuese día de partido, con el estadio iluminado. Pero no lo es. Para mí habrá pronto sólo oscuridad.











