Un acto de fe
Hay días que aun me dueles (increíble ser testigo de como el sujeto referido en ·me· es capaz de cambiar muy a la larga con el paso de los males; me pregunto cual será nuestra futura herida).
Cuándo tu cara consigue colarse por cualquier rendija de publicación social poco considerada, la mía aun sigue desencajándose en live del dolor maltrecho que convive conmigo allá donde esté.
Nunca se me dio la oportunidad de aprender a dejar de tenerte, así que sigo dando palos de ciego e intentando olvidar lo extraordinario de tu presencia. Para sorpresa de nadie solo consigo que se emborrone lo malo. Ya me avisaron de esto pues.
El no entendimiento de tu dolor, su localización en mis actos como causa y origen (actos que tanto cuidé, medí y repensé antes de dejarlos romper ninguna de nuestras superficies), el despropósito de esta férrea indiferencia proyectada hacía todo lo que fuimos, la evidencia de una decepción tan profunda y mal disimulada, que ni tu estabas preparada para enfrentar ni yo para convertirme en.
Escapé del desastroso ring de boxeo en el que acabamos acomodando nuestra cotidianidad segura de que lo único que nos hacía falta para volver a campar libres y cogidas de la mano era que una de las dos se atreviese a renunciar al siguiente golpe y bajase de la pista para ayudar a abandonar a la otra semejante sinsentido.
Para mi sorpresa, me vi abandonada al lado de aquel campo de batalla, a la intemperie de una pena que resultaba ser mucho más asfixiante una vez pura, evaporado cualquier corte de odio y rabia.
Aun me acerco allí de vez en cuando, medio a escondidas y asustada, siempre respetando una distancia prudencial donde no poder ser percibida por tu afilado instinto. Cada vez me topo con la misma escena: tu preciosa silueta bien cerca de esos guantes y armadura con mi nombre estampado a fuego, siempre todo listo por si me atrevo a volverme a pasar.
Yo solución no encuentro alguna para poder dejar de dolernos, porque de dejar de quererte renuncié ya a la idea. Aun la mochila de ·tontas e insensatas· que acumulo (siempre re-alimentada por tantas amigas caritativas que exasperan ante cada nuevo de mis episodios de melancólico e imprudente viaje al pasado o de un falso y romantizado futuro de reencuentros que saben que no serán), aun encontrarme escribiendo esto y sorbiendo moco otra vez cada tanto.
Me mantengo firme ante la idea de no dejar que esta esperanza me destruya al mismo tiempo que me aferro a la idea de no dejar que se extenúe del todo. Supongo que tampoco me acompaño de nada más original que cualquier acto de fe.
















