El Café Musa y la infinita locura (que sólo parece infinita).
Hoy no fui al trabajo. Me dirigí instantáneamente al Café Musa como un niño regañado que, temeroso de las consecuencias de sus irresponsabilidades, se esconde en un lugar secreto y mágico para él, e incomprendido y oculto para sus mayores. En realidad el Café Musa parece hecho de la basura encontrada en otros basureros. Las mesas están desequilibradas y hay posters de dibujos de niñas que tienen más de 20 años y se hacen llamar "Diseñadoras gráficas". Yo les digo "niñas" porque ningún adulto hecho y derecho dibujaría las cosas que están pegadas en las paredes. De hecho, los adultos no dibujan. Eso es para los niños que desafortunadamente su cuerpo creció más rápido que sus mentes. Aquí el piso está sucio y los demás adornos están desordenados o dañados. Es como entrar al cuarto de un adolescente de esos que salen en las películas, y no como el que los padres te obligan a tener.
- Que buen culo - pienso mientras una adolescente con leggins camina junto a su novio enfrente de mí. No tiene piernas largas, pero las tiene gruesas. Una nalga moviéndose en sentido contrario a la otra. Si una se mueve hacia arriba, la otra se empuja con ganas hacia abajo. Y de nuevo al revés. Son de esas cosas que no puedes evitar ni aunque quieras, porque ese efecto gracioso, caricaturesco y sensual no lo ves con facilidad en el mundo real.
En el mundo real, estuve a punto de ser padre. Mi vida laboral ha fracasado a mis 24 años por los constantes altibajos y por "no tener un empleo estable". En el mundo real, los auto proclamados "adultos" creen que todos los trabajos son lo mismo, y que debes de conseguir un trabajo que te haga sentir lo suficientemente miserable para poder ser feliz. Porque con los años el concepto felicidad cambia de "hacer lo que amas" a dormir poco más de 8 horas en un día.
Bueno, en el Café Musa eso no pasa. Ponen música todo el puto día. Canciones que no escuchas en la radio local. Canciones que se escuchan en otros lugares hechos especialmente para los marginados sociales que se escapan de sus trabajos un lunes por la tarde. Para gente que se esconde como niño para así evitar un castigo que no es físico. Uno más doloroso: la mirada de decepción de tus padres.
Como se podrán imaginar, en el Café Musa hay más personal que gente. Los clientes son pequeños grupos de amigos, escritores, ninis o parejas que tuvieron la envidiable dicha de terminar juntos para tener sexo más de 2 veces a la semana y compartir cosas que no son sólo físicas. El lugar es una vieja casona. Techos altos, muy altos. Altísimos. Y todavía tiene el descaro de tener un segundo piso. Antes tenían un elevador, pero ahora ya no sirve. Subes al segundo piso por medio de una escaleras muy angostas y con la pintura más caída. En el segundo piso hay murales hechos de grafitis hechos por otros niños que tienen todo menos la cara de niños. Y aquí estoy, esperando a que se acabe el día para poder regresar a mi casa, con alguna receta médica falsa y así evitar que me descuenten el día.
Cuando no estoy en Musa (así me gusta decirle. Café Musa es muy largo), estoy en un Call Center. Las pobres almas torturadas (ya sea por buzones telefónicos telcel, lineas descontinuadas, y clientes crediticios acosados muy molestos) son por lo general jóvenes. El Call Center es un purgatorio de 6 horas, de lunes a sábado, de 2:20 a 9 de la noche en donde pagan 66 pesos el día, más las comisiones de los pobres cristianos que confirman sus datos personales sin ninguna certeza más allá de una amigable voz que dice que habla del Banco Fuerte de México. Podríamos ser de Banco Bangbros* e igual les valdría madre, porque vieron el anuncio de Banco Bangbros en la televisión.
Incluso cuando no me estoy quejando de la vida, hago cosas productivas. Cuando no estoy lo suficientemente deprimido, mando curriculums a cada casa productora que aviente una vacante de trabajo. Al igual que los otros quinientos desempleados como yo, lanzo mails con mi demo laboral apresuradamente al correo que dejen disponible. Si el trabajo fuera una persona, me lanzaría a él como piraña en película de terror ochentera. Las otras pirañas son los otros desempleados. Sólo que aquí no hay mucho cuerpo para comer. Como dice mi otro yo: "El que chingó, chingó."
Pensé en escribir todo esto sobre estos días. Porque conforme me acerque a los terribles 25, la locura se podrá apoderar de mí. Tal vez sólo exagero. O tal vez no. Alguna vez leí que uno de los escritores que admiro, Neil Gaiman, dijó que el arte ayuda a las personas a ser mejores personas. O más sanas. No lo recuerdo bien, pero dijó que ojalá escribiéramos mucho ¿O dibujemos mucho? O que cantemos mucho.
Neil Gaiman está chiflado.
*Bangbros es una página gratiuta de porno por internet. Pero seguro ya sabías.