¨Hoy como todos los días, deseo tanto volver a abrazarte, tocar las hebras de tu castaño cabello, besar tu frente, tus párpados, tu barbilla perfecta, y esas mejillas de angulosas proporciones. Verme reflejada en las micas de tus gafas¨.
Reposo la mirada en lo que queda de tu fotografía cubierta por una túnica de polvo. Es difícil pensar que alguien habitó en ese marco por el estado actual.
De todos los libros que me diste ya solo queda el librero desnudo, con un sin fin de recuerdos atrincherados negados a salir corriendo de mi memoria.
Cuando salgo al patio a contar los autos de la calle siempre falta el terrible azul, ese pequeño auto que me daba tanta dicha escuchar al subir por la rampa.
No tengo cartas de las que me escribías, ni los mensajes de voz, o todas esas imágenes que capturabas constantemente cuando yo improvisaba mis danzas.
Me decías ¨sonrisa de duende¨, ¨ser del bosque¨; yo te amé incluso después de que te cubrieras con una capa de indolencia y fechoría. si, aunque te sea difícil de entenderlo, te adoraba tras el derrumbe de mis ilusiones, al pasar la cascada de la sangre que corría porque apuñalaste mi corazón de mentiras y traiciones.
A pesar de todo yo te amaba, lo único que quería era que fuese verdad la vida que pintaste para mi, aquella casa, con aquel jardín, y la banca para que yo pudiera leer mis libros favoritos, la sala oriental con la diosa Kwan Yin que me regalaste. Los hijos que pensábamos tener, Tristán el primero, por tu libro favorito de Álvaro Quijano. El raro libro que nunca quisiste que leyera, pues no tuve la selecta atención.
Mi príncipe, ahora descansas en los brazos de tu joven dama, me dobla la edad pero eso no es el problema, el problema es que te fuiste dejando surcos, dejando rastros de toda las falsas promesas, algún día entenderás que es difícil olvidar todo esto para quien le enseñaste a volar cuando antes tenía miedo hasta de su sombra.
Eras maestro de profesión, pero fuiste mi maestro de vida, la gran lección que aprendí es que la gente no se muere de desamor, aunque el corazón se este partiendo a pedazos, ni tu cuerpo, ni tu alma desaparecen, sólo desaparece la esperanza.
— Nathaly Galarza @castillosliterarios