la fiesta
Me tomé 24 horas para determinar qué me sucede con respecto a los resultados de los comicios del pasado domingo 23/10. Seré breve. Hace ya un tiempo que los únicos cumpleaños que disfruto plenamente son los míos. Los demás, me agobian. Me agobia la gente vestida como si algo interesante fuese a pasar, que mira cómo se visten los otros con actitud de desaprobación. Me agobia el estallido festivo y sorpresivo de gente que no conozco y de la cual no me esperaba tamaño alarido. Me descoloca, me asusta. ¿Por qué gritan? ¿A quién le hablan? ¿Por qué no se callarán? Me agobia lo que dicen. Cosas sin sentido, frases vacías, temas superfluos, voces roncas por el escabio y el pucho que construyen impetus falaces en el afán rebuscado de los 5 minutos de atención ajena. Las risas forzadas, incluso la mía. No me da risa. La comida pedorra. La birra con sobreprecio. Me agobia la necesidad imperiosa de encajar en el grupúsculo de los divertidos. De los desenfadados. Me agobian las selfies con sonrisa de cumpleaños. Y lo mismo, tal cual, me pasa con el resultado de las elecciones. Pero entendí algo. Y es que si la mayoría es feliz en esta fiesta donde todos piden por favor soplarle la vela al cumpleañero, la que está de más soy yo. No ellos. Resta rascar los últimos 100 pesos que me sobraron después de gastarme el resto en la birra con sobreprecio y las papas más frías y aceitosas del mundo, y escapar en el primer taxi que frene. Correr bien lejos y resignarme. Solo resignarme. La fiesta seguirá adelante y todos harán de cuenta que no pasa nada, aunque al otro día la resaca, implacable, les pasará factura de una deshidratación inminente. El dolor de cabeza, la memoria escasa y la billetera vacía les recordará que algo pasó. Que algo hicieron mal. Y yo los voy a mirar desde lejos. Y esta vez, me voy a reír de verdad.










