Cuando Orso despertó en una cama cómoda por primera vez en meses, se preguntó durante un idílico momento si podría haber sido todo un sueño. La rebelión. El Gran Cambio. El Tribunal Popular. Las bramantes multitudes y las oscuras celdas. Las figuras cayendo de la Torre de las Cadenas.
Entonces vió el brillo del sol entre las gruesas cortinas, el suave espejo en el papel dorado de la pared, y le volvió en placentero tropel el recuerdo de en la cama de quién estaba. La sonrisa es espació por su cara y se desperezó y se volvió, pensando en hacerle a Rikke la educada oferta de aprovechar la dureza matutina, como con tanto entusiasmo había aprovechado la variedad noctura...
... pero la cama estaba vacía.
Alguien había dejado ropa limpia en una silla y Orso salió de entre las mantas y se puso los pantalones. Fue a la ventana, abrió una rendija en las cortinas con un dedo cauto y escrutó al otro lado de los jardines que destellaban con la lluvia de la noche anterior hacia la vía Media.
Atisbó banderas entre las ramas que brotaban. Los martillos cruzados de Angland, tal vez. Oyó las acostumbradas pisadas con escarpes y soltó la cortina. Aún estaban buscándolo, sin duda. Era evidente que le faltaba mucho para ser libre. Pero con Rikke en su bando, tenía una oportunidad. En Adua, el autoproclamado cénit de la civilización, les gustaba pensar que más allá del mar Circular todo era primitivo. Pero podrían haber aprendido mucho de los norteños. Sobre valor, sobre aguante, sobre lealtad. Sobre el uso entusiasta de la dureza, ya puestos. Se dio cuenta de que volvía a sonreír.
No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir a continuación. Pero por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de averiguarlo.
Bajó la escalera hasta el desierto recibidor. No era en absoluto la primera vez que se escabullía del lecho de una dama, pero lo que estaba en juego rara vez había sido tanto. Oyó voces bajas, hablando en norteño, y miró por la puerta abierta del comedor.
Rikke estaba sentada en la cabecera de una mesa con el desayuno puesto. Iser-i-Phail tenía una mano en el respaldo de su silla y se agachaba para susurrarle al oído. Orso tuvo la impresión de que había interrumpido una conversación complicada, y era más que probable que el tema fuese él. Por la expresión malcarada de Isern-, el encanto de Orso con las damas no alcanzaba a las montañesas. Pero claro, después de perder la corona dudaba que su encanto alcanzara muy allá. Era un poco sorprendente que aún llegase a Rikke. Pero viendo la cara atribulada que ponía, Orso- se preguntó si, a la fría luz de la mañana, también se quedaría corto con ella.
Sin embargo, el padre de Orso siempre había insistido en que la mejor manera de caldear el ambiente era comportarse como si ya fuese incandescente. Un enfoque que había aplicado a la madre de Orso Durante treinta años con una total ausencia de éxito. Así que Orso compuso una sonrisa, entró garboso en el comedor y soltó un "¡Qué buena mañana ha salido!" con un entusiasmo casi inofensivo.
- Ha salido, dice -replicó Isern mientras pasaba a su lado hacia la puerta, siempre mascando. Por los rayos de luz casi verticales que entraban por las ventanas, no podía faltar mucho para el mediodía.
- Mi madre habría considerado todo un triunfo hacerme levantar a estas horas. -Orso se relamió mientras separaba una silla. El ejercicio de la noche anterior le había dado apetito. Bueno, eso y que llevaba unos días casi sin comer-. ¿Te importa si...?
- Come, come -dijo Rikke.
Orso empezó a pichar las salchichas con un tenedor y echárselas en el plato, mientras se le hacía la boca agua.
- ¿Hay algo mejor que una buena comida tras una época de vacas flacas?
- En el Norte, unos cuantos te dirían que una buena venganza tras un largo agravio.
Orso cerró los ojos y disfrutó del sencillo placer de masticar.
- La venganza no te llena la tripa.
- Por lo que dicen todos, un hombre muy listo.
- Era todo corazón -dijo Rikke, moviendo unos restos de comida por su plato.
A Orso le pareció que tenía que volver a levantar los ánimos.
- Toma un huevo -dijo, cogiendo uno de un cuenco y ofreciéndoselo a Rikke.
No era muy buen regalo, sobre todo teniendo en cuenta que ya le pertenecía. Pero, claro, el Norte entero le pertenecía. Ella era la que tenía el poder, mientras que Orso no tenía nada a favor exceptuando su agradable sentido del humor.
- No pareces... muy contenta -dijo.
Rikke cogió el huevo de entre sus dedos y empezó a darle golpecitos contra el canto de la mesa hasta agrietar un poco la cáscara.
Rikke levantó la mirada de golpe. Ver la dilatada pupila de aquel ojo largo aún lo asustaba y lo excitaba a la vez. Como si fuese capaz de ver en Orso alguna verdad secreta que él jamás había discernido.
- Yo también tengo unos pocos. Reconozco a quien me acompaña sufriéndolos. No puede ser fácil. Eso de saber lo que está por venir.
- No. -Rikke se puso a quitar la cáscara rota con las uñas-. He hablado con Isern muchas veces sobre si es una bendición o una maldición. Voy cambiando de idea.
- ¿No lo hacemos todos? Somos solo banderas que empuja el viento hacia donde le place.
- Incluso cuando se abre, el ojo largo nunca te da todas las respuestas. Es neblina y bisbiseos. Tienes que encontrar tu propio camino hacia la verdad. -Ella volvió a mirarlo, y de nuevo sintió esa excitación. Y ese miedo-. ¿Quieres saber la hiriente verdad?¿Un secreto que no me he atrevido a contar a nadie?
- Bueno... siempre que no sea demasiado hiriente.
Rikke se inclinó hacia él y bajó la voz.
- La verdad es... que antes sí que veía cosas. Antes de que mi padre muriera. Antes de robar el Norte. Antes de matar a Stour y a Calder. Antes de ser Rikke la Negra, cuando era... una chica a la que diste un huevo. -Se señaló la cara tatuada-. Pero desde que tengo estas runas, nada. -Dió un mordisco al huevo, se apoyó en el respaldo y siguió hablando con la boca llena-. Me parece que el ojo largo se me ha cerrado para siempre.
- Hago lo que intentaba mi padre. Dar a los suyos por lo menos un poco de lo que quieren. A la gente le gusta la idea de alguien que sabe lo que va a pasar. Así no tienen que preocuparse ellos.
Orso infló los carrillos.
- Nunca habría dicho que tenías dudas, con lo segura que pareces de ti misma. -Doltó una risotada contenida. Quizá sí que tenía un tipo de mujer, al fin y al cabo-. Me recuerdas un poco a Savine.
Rikke no se lo tomó del todo como un cumplido.
- He cambiado, eso es verdad. He tenido que volverme... más dura.
- Como experto en defraudar a sus padres, estoy seguro de que tu padre se enorgullecería mucho.
Había pretendió ser amable, pero Rikke torció el gesto como si las palabras le hicieran daño.
- Ojalá pensara igual. Tuve una visión. Fue hace unos o dos años, aunque me parece que han pasado siglos. Se ha hecho toda realidad, de un modo u otro. -Miró hacia las ventanas y los brillantes retángulos se reflejaron en su ojo-. Vi a un lobo comerse el sol.
Orso pensó un momento en eso.
- Buenos, no soy ningún mago versado en interpretar visiones... pero diría que eso era Stour Ocaso guerreando contra la Unión.
- Vi a un león comerse al lobo.
Orso se reclinó, disfrutando del juego.
- El Joven León, derrotando al Gran Lobo en el círculo.
- Vi a un cordero comerse al león.
Orso no pudo contener la sonrisa.
- Eso fui yo, dándole a Brock una merecidísima patada en el culo en Stoffenbeck.
- Vi a un búho comerse al cordero.
La sonrisa de Orso se esfumó.
- Ni idea. -Entonces Rikke lo miró, y fue con una expresión muy extraña y triste-. Hasta ahora.
Orso empeza a preocuparse.
- El búho soy yo -dijo ella.
Las puertas del comedor se abrieron de par en par. Caul Escalofríos fue el primero en entrar, con el ojo metálico brillando. Luego pasaron dos anglandeses a los que Orso había visto muchas veces en los primeros bancos del Tribunal Popular, el corpulento y el delgado, Glaward y Jurand. El último huésped llegó anunciado antes de su entrada por el chirrido de los mecanismos de su pierna artificial, acompañado de aquella familiar sensación nefasta de esperanzas arruinadas.
- Leo dan Brock. -Orso se comió otro pedazo de salchicha, pero parecía haber perdido todo el sabor-. ¿Es que nunca te cansas de destrozarme el buen humor?
Brock parecía incluso más demacrado, pálido y furioso que la última vez que lo había visto Orso, el día en que ardió la Rotonda de los Lores y Brock apuñaló al mariscal Forest en el pecho. Todas las buenas cualidades que todo el mundo le había envidiado tanto, la sinceridad, la valentía, la sincera bondad, parecían exprimidas de él como la pulpa de un limón, dejando solo las amargas pepitas del orgullo, la ira y una insaciable necesidad de vencer. Eso y la verdaderamente imperdonable carencia de todo sentido del humor.
- Me has hecho bailar demasiado estas dos últimas semanas -gruñó, como si los deseperados esfuerzos de Orso por conservar la vida fuesen una afrenta personal.
- No es culpa mía que tengas tan mal juego de pies -dijo Orso.
Apoyada en el marco de la puerta, a Isern-i-Phail se le escapó una risita. Tal vez no fuera sorprendente que nadie más estuviese de humor. Orso miró por el comedor, preguntándose si las normas sociales requerirían que intentara huir, pero dudaba mucho que pudiera quitarse de encima a Caul Escalofríos con un tenedor.
Rikke habló despacio, en voz baja. Como intentando convencerse a sí misma.
- El Norte ha pasado por un infierno, Orso. Yo he hecho que pase un infierno. Si fuese solo por mí... -Hizo una mueca y pronunció las siguientes palabras con furia-. ¡Pero ahora tengo mucha gente en la que pensar! Necesitan paz.
- Y yo soy el precio, imagino. -Orso miró a Glaward, a Brock, a Jurand, a Isern, a Escalofríos y de nuevo a Rikke-. Prometiste luchar a su lado contra mí. Y luego faltaste a tu palabra. Yo soy lo que te costará recuperar su buena voluntad. Si es que aún puede tenerla.
- El dolor incesante puede acabar con tu paciencia -dijo Brock.
- En Adua nos gusta pensar que más allá del mar Circular todo es primitivo. -Orso suspiró y dejó ell cuchillo y el tenedor juntos en la mesa con un tintineo que sonó inapelable. Había terminado. Y no solo de desayunar-. Pero resulta que los norteños podéis enseñarnos cuatro cosas sobre la traición.
Isern quizá hiciera un ínfimo encogimiento de hombros despreocupado. Escalofríos no se movió ni siquiera eso. Rikke tuvo, al menos, el detalle de hacer una mueca.
- Una líder deber ser dura -dijo frunciendo el ceño a la mesa-, para que los demás no tengan que serlo. Debe hacer su corazón piedra.
- O librarse de él por completo -respondió Brock.
- Por fin estamos de acuerdo en algo. -Iser-i-Phail se rascó por encima de la clavícula y guiñó un ojo-. La crueldad es una característica muy apreciada por la luna.
Orso estuvo tentado de chillar y enfurecerse, pero hacerlo echaría a perder una mañana que por lo demás era encantadora. Durante muchos años se había comportado, a plena y notoria vista del público, con una absoluta ausencia de dignidad. En los últimos tiempos, en privado, se empeñaba en conservar hasta el último jirón.
Echó la silla hacia atrás, se levantó y dedicó a Rikke su mejor inclincación formal.
- Por favor, permíteme decir que no te reprocho esto en lo más mínimo. Ha sido de muy mala educación presentarme aquí sin previo aviso. La culpa es toda mía. De hecho... -Puso una sonrisa de incredulidad al darse cuenta de que lo que iba a decir era cierto-. De hecho, me alegro de que hayamos pasado este tiempo juntos.
Rikke hizo otra mueca, más marcada incluso, mientras Glaward se acercaba con unos pesados grilletes.
- Lo creas o no, yo también.
- Vaya romance más raro -dijo Brock desdeñoso, torciendo el pálido labio con evidente desagrado. ¿O serían celos?
La mirada que lanzó Rikke a Brock fue satisfactoriamente iracunda.
- Quedamos en paz -masculló entre dientes.
Los ollares de Brock se inflaron. El Joven León tendría menos miembros que en sus días de gloria, pero aún poseía unas fosas nasales heroicas.
- llévalo a algún sitio del que no pueda escapar esta puta vez -espetó a Jurand-. Y que la dama regente no vaya a descubrir. Hasta que llegue el momento. -Volvió a mirar a Rikke-. Quedamos en paz. Pero tendremos las espadas afiladas, por si acaso.
- La mía la forjó el Maestro Creador -dijo Caul Escalofríos, con aquel susurro áspero que tenía-. Nunca pierde le filo.
No había hecho ningún esfuerzo por resultar amenazador. Acaso la única ventaja de una cicatriz enorme y un ojo metálico era que mostrarse amenazador no requería ni el menor esfuerzo.
- Qué cosas. -Y la pierna mecánica de Brock chirrió con suavidad- mientras renqueaba hacia la puerta.
Los grilletes se cerraron en torno a las muñecas de Orso. Casi pudo oírse la incomodidad en la voz de Glaward.
- Espero que no aprieten demasiado, maj...
- No, no -dijo Orso-. Son los impedimentos más cómodos que he llevado, y eso que últimamente he probado unos cuantos.
Dio una última mirada a Rikke, allí sentada al sol, en la cabecera de la mesa. Habría querido pasar más tiempo con ella. Pero supuso que en realidad nunca había sido una perspectiva muy realista.
- Paz entre el Norte y la Unión. -A Orso se le escapó una risita-. Siendo sinceros, es mucho mejor legado que el que se esperaba de mí.
Y salió con paso brioso al recibidor.
Bueno, tan brioso como se podía estando encadenado.