ES SCHADENFREUDE, MESSI Los alemanes tienen una palabra para nombrar una emoción que casi todos hemos sentido, pero que pocos estamos dispuestos a confesar: Schadenfreude. Está formada por Schaden, daño, y Freude, alegría. Significa, literalmente, sentir placer ante la desgracia ajena. No se trata necesariamente de provocar la caída de otro, sino de disfrutarla cuando finalmente ocurre. Eso fue lo que recorrió buena parte del planeta después de que España derrotara a Argentina en la final del Mundial 2026. Millones no festejaron solamente el triunfo español. Festejaron que Messi y los suyos habían perdido. La diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo. España ganó la Copa, sí, pero Argentina provocó la celebración. En muchas partes del mundo, la emoción dominante no fue la admiración por el campeón, sino el regodeo ante la caída del anterior monarca. El placer no estaba tanto en ver a los españoles levantar el trofeo como en mirar a los argentinos cabizbajos, obligados a guardar las camisetas con tres estrellas, los discursos sobre la superioridad de la Scaloneta y la certeza de que estaban destinados a gobernar el futbol durante varios años más. No siempre fue así. Durante buena parte de su carrera, Lionel Messi produjo exactamente la emoción contraria. Perdía finales, fallaba con la selección, era comparado sin descanso con Maradona y cargaba con la sospecha de que nunca podría reproducir con Argentina lo que hacía cada semana con el Barcelona. Messi era el genio incompleto, el héroe trágico, el mejor futbolista del mundo condenado a regresar a casa sin la copa que realmente importaba. Su derrota despertaba compasión. Incluso quienes no simpatizaban con Argentina podían entender el peso de aquella frustración. Qatar modificó para siempre esa relación. Messi dejó de ser el perseguido y se convirtió en rey. Argentina conquistó el Mundial, completó la leyenda y transformó una deuda deportiva en argumento de supremacía nacional. Después llegaron las fotografías con la Copa, las canciones, las camisetas, los tatuajes, el “¿qué mirás, bobo?”, las burlas a los rivales y una narrativa que ya no pedía reconocimiento: lo exigía. El campeón no sólo quería celebrar. También quería que todos los demás aceptaran su jerarquía. Ahí comenzó a incubarse la Schadenfreude. Porque la grandeza inspira admiración, pero el poder prolongado provoca otra cosa: el deseo de verlo interrumpido. Cuanto más presume el ganador, más público convoca su caída. No es un fenómeno exclusivo de Argentina. Le ocurrió al Brasil de Pelé, a la Alemania imperial, a la España que parecía apropiarse del balón y a todos los grandes equipos que confundieron, por momentos, la victoria con un derecho adquirido. El deporte necesita ídolos, pero también necesita derribarlos. Es la forma más brutal y democrática de recordarles que nadie es invencible. Por eso la derrota argentina fue celebrada por brasileños, mexicanos, franceses, ingleses y aficionados que no tenían ninguna razón especial para apoyar a España. No estaban unidos por una camiseta, sino por una antipatía compartida. Hay, sin embargo, una paradoja que Argentina podría utilizar como consuelo. Nadie disfruta la derrota de los irrelevantes. Nadie celebra con semejante intensidad la caída de quien nunca estuvo arriba. El placer que generó su fracaso confirma la dimensión de su éxito anterior. Messi y los suyos provocaron tanto alivio porque habían ocupado demasiado espacio, ganado demasiado y presumido lo suficiente como para que medio mundo comenzara a esperar su tropiezo. España levantó la Copa. Argentina levantó otra cosa: el deseo colectivo de verla perder. Para eso también existe una palabra. Se escribe Schadenfreude y aunque venga del alemán, después de la final del domingo, ya se entiende perfectamente en español.












