La generación Z ha convertido la fragilidad emocional en un estandarte de superioridad moral. Se rompen por una notificación fuera de tono, por un comentario incómodo o por la más mínima fricción de la realidad, exigiendo al mundo entero que camine sobre cáscaras de huevo a su alrededor. Lo verdaderamente perverso es que han weaponizado la palabra "empatía": ya no es la capacidad de conectar con el dolor ajeno, sino un escudo totalitario y un chantaje emocional constante para exigir que todos validen su perpetua condición de víctimas. Confunden el trauma con la simple incomodidad de crecer, y en su cruzada por exigir un universo inofensivo, han destruido la resiliencia, cambiando la fortaleza de carácter por una tiranía de cristal donde la menor contrariedad se castiga como un pecado capital.