Cómo conocí a Diente es una historia que merece la pena contar. Estábamos en el primer día de clase de la facultad de filosofía de la ciudad, y tanto él como yo, acompañados por unos sesenta como nosotros, mirábamos a los compañeros desde nuestro pupitre. Si lo tuvieron, recuerden su primer día de universidad; un momento donde nervios y deseos académicos se mezclan pringosamente con un amasijo de inseguridades sociales y hormonas sexuales desenfrenadas... menudo cuadro. Éramos como un rebaño de cabritas amables y sonrientes. La presión que con 18 años impone la palabra UNIVERSIDAD, la inferioridad de nuestra posición, la absoluta individualización y falta de cohesión que proporciona el apoyo del grupo, no nos permitía otra opción que asentir a todo como estúpidos.
En esas que comenzó la primera asignatura, y un profesor que en ese momento era CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA se situó frente a nosotros, como un director de orquesta frente a sus músicos, y se dispuso a que comenzase la melodía. Inició la clase presentándose, y pidiéndonos que hiciésemos también nosotros una pequeña presentación con nuestro nombre, edad, lugar de origen y poco más. Y así se fue dando, uno tras otro los alumnos se fueron presentando, por lo que aquello se convirtió en una sucesión de nombres, números y ciudades imposibles de recordar. Pese a lo absurda que resultaba la presentación, la rigidez del orden era exacta. Al principio, durante los primeros alumnos, los datos que daban y el orden tenía cierto azar, pero enseguida se impuso una secuencia precisa.
Después de oír más de una treintena de veces, "Me llamo perico de los palotes, tengo 18 años (evidentemente casi todos teníamos esa edad), y vivo en nosedonde. Me llamo tal, tengo cual, y vivo en pascual. Me llamo pin, tengo pon, y vivo en pinpon (y un etc. et. etc. que contempla al menos treinta aburridos casos más)", al fin llegó Diente, que vino a decir algo parecido a esto; "Buenos días a todos. Yo soy un ser bondadoso que vaga por el universo sin mayor pretensión que agigantar el instante presente. Soy tremendamente divertido, aunque mi humor es tan ácido que de ser una obra de teatro sería una comedia trágica, o una tragedia cínica. Me maravilla el arte. Estoy excepcionalmente vivo porque adoro lo festivo, aunque eso no quita que también sea crítico y tenga mis momentos de reflexión. Ah!, soy bisexual, y esto no lo digo para excusarme de mi imagen, sino con efectos publicitarios, señoras. En cuanto a mi nombre, me vais a disculpar pero casi prefiero no decíroslo por ahora, porque me parece demasiado personal." (Y así, en tan sólo los diez primeros minutos de la primera asignatura del primer lunes, Diente ya se había asegurado de que al final del día todo el mundo de la facultad supiese, que Diente había llegado)
Aún recuerdo bien como me impresionó el efecto de los ojos de Diente. Ahora ya lo conozco tanto que no me perturba demasiado, pero esa primera vez me dejó como en estado de shock. Por si el lector no lo sabe, por que no conoce a Diente, cuando habla extasiado, cuando está haciendo un discurso en el que parece que le arrolla el chorro vital ese que le arroya (o lo que cojones sea), le brillan ojos. Claro está que no le brillan los ojos si tomamos esas palabras en su sentido más estricto, no le brillan como brilla el fuego, porque los ojos morfológicamente no tienen esa capacidad pero... es como si le brillaran los ojos. Se le ponen en llamas, su mirada se vuelve penetrante, resplandece.
En cuanto al profesor... imagínate, a él sí que se le transformaron los ojos, se le abrieron como platos. Claro está, a todos se nos abrieron los ojos como platos, pero tuvimos la inercia de mirar al profesor, para ver lo que hacía o lo que decía. Y por un buen rato, ni hacía, ni decía. Todo ese glamour, toda esa aura que brillaba en las palabras CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA, se desvaneció así de repente.
Ese era Diente, y ese parecía ser su cometido en la vida. Con un enorme y jodido don para romper con las normas que la mayoría seguimos sin pensar. Con esa fuerza vital tan tremenda que lo desgarraba a él mismo en muchas ocasiones. Era como un ser báquico, un Dioniso delgado y pequeño que utilizaba su ácida inteligencia para dar por el culo al resto. Uno de esos seres sagrados que habitan en todas las épocas, capaces de pasar a la historia por colocar un váter en medio de una exposición de arte, o decirle a un emperador que su único deseo es que se aparte porque le tapa el sol. Seres con el sagrado y peligroso don de difuminar las fronteras de todas las cosas.