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@relatos-atrooz
Cora.
La vida inconfesable de una actriz de cine
1. Ese día le tocaba descansar, tal vez salir a dar la vuelta sola, tomar un trago frente a la playa, y tal vez, solo tal vez el destino le llevara una a agradable sorpresa. Se había ido a la cama con esa sensación o soñado que la tuvo. Para medio día descubriría que se había equivocado en casi todo. Para empezar, fue arrancada de sus sueños por el insistente sonar del teléfono. Aun sin contestar, Cora miro el techo de la habitación e imagino eran problemas. Por el tono supo era su jefa. Normalmente los domingos por la mañana eran tranquilos, a ella le gustaba dormir hasta tarde. Tal vez se le desato la vena trabajadora y quería revisar los guiones, o… … Algo que a veces le pasaba… …había despertado con alguien que podía dar problemas. Como “Asistente especial” el trabajo de Cora consistía en multitud de tareas, entre las cuales estaba evitar que su jefa se metiera en problemas. Cuando ya era tarde para eso, entonces sacarla del embrollo. Incluso en días libres. Antes de tomar el aparato por un momento albergo esperanzas que no fuera nada de eso. Se suponía que esa vez no podía pasar nada, de momento aturdida por el abrupto despertar no pudo recordar por qué. Era ella.
Contestó, la escucho al otro lado de la línea y como unos segundos después corto la llamada. Al instante llego un mensaje: un icono de carita triste. Estaba a punto de llamarle, cuando llego una foto. Le había advertido miles de veces que no lo hiciera. Las fotos filtradas eran la delicia de la prensa sensacionalista. pero a ella le encantaba mandar imágenes. Le bastó un vistazo para darse cuenta que se trataba de algo sexual. Había gente que mataría por una foto como esa. Tracy Blair cubriéndose los pechos con la sabana de seda. Sonriendo de forma encantadora, como en el poster de su última película, a su lado dormía la persona con quien había pasado la noche. Se trataba de alguien delgado, que al principio pensó era una chica. Cora bajo los párpados. Sabiendo que su día libre se había ido a la mierda. No reconoció la habitación, así que debía de ser un hotel o la casa de la otra persona. El domingo en la mañana era el peor momento para eso, los paparazis andaban a la caza, sabiendo que la cosecha de escándalos caía con frecuencia al terminar el sábado. Lo primero sería asegurar el lugar, sacarla de allí y hablar con… Entonces recordó. El día anterior, la semana anterior se habían hecho arreglos para que ella estuviera tranquila, tenía un asunto personal, uno que no deseaba hacer público, se trataba de algo inocente. Al menos eso se suponía, todo en la cama sugería lo que había pasado entre esos dos. No se trataba de una chica, ni de alguien que pudiera invitarla a su casa. Su jefa se había acostado con alguien tan joven que no podría tener una propia. Eso ya era malo. Peor que se tratase de quien se trataba. De su propio hijo.
2. Tracy empezó su carrera muy joven. siendo una belleza despampanante de cabellera rubia. Compitiendo por trabajo en el medio con chicas del mismo calibre, que habían tenido clases de actuación, talentosas o con apellidos que les abrían las puertas. Sin esas ventajas, habiendo escapado de casa, sabiendo que la desesperación vendría, supo que su único modo de salir adelante seria abrir las piernas. No podía hacerlo así nada más, no era de esas cantantes cuyas conquistas aumentaban su fama. Era una chica que empezaba cuyas oportunidades acabarían como su reputación si no tenía cuidado. Esperaría, haría las audiciones y daría su mejor esfuerzo. Pero tenía que sobrevivir. Para ello había toda una diversidad de industrias en que una chica de buenos pechos, y largas piernas podría ganarse la vida mientras llegaba su oportunidad. Naturalmente sexy, con sus juveniles caderas no le hubiera costado ser prostituta. Vendiéndose cara para no necesitar más de un cliente a la semana o menos. Desde el principio la consideraron material de primera y le ofrecieron papeles en películas de adultos. El porno quedaba descartado, no quería que su rostro fácilmente reconocible se hiciera notar en ese rubro. Necesitaba algo más discreto, que pagara el piso y un agente que le buscara audiciones de las buenas. Otro problema, es que aún no contaba con edad para participar en ese tipo de películas. Los estudios de cine para adultos, y agencias, le pedían identificación. Las que pagaban bien, las que no trataban a sus chicas como esclavas. Le gustaba el sexo, pero no por eso le hacía nada de gracia vender su cuerpo, mucho menos acabar haciéndolo en las calles. Fue esa sensualidad natural la que le causó problemas en el pueblo. Llamando tanto la atención, incluso vistiéndose de la forma más recatada. De todos los posibles amantes con que pudiera haber experimentado, fue su padre quien finalmente se ganó sus favores. Como se le aceleraba el pulso recordándose desnuda, aprendiendo a batir las caderas sobre un hombre, mientras él le acariciaba con sus manos callosas los ya grandes pechos que apenas cabían en las blusas escolares. Siempre que la fotografiaran de forma sexy, o hiciera un papel de seducción, recordaría eso para poner esa cara que en el futuro la haría tan famosa. Por cuidado que pusieron, empezaron las habladurías. Fue el momento de irse a seguir el sueño de convertirse en estrella de cine. Su padre le mandaba el dinero que podía sin saber que eso no alcanzaba ni para un cuartucho en la gran ciudad, ni que su hija estaba por vender su cuerpo. Siempre le había gustado sentirse admirada. Ser vista por millones se le antojaba la cristalización de un sueño. De niña participo en las obras de la escuela, donde todos le decían lo bien que actuaba. Algo que pronto se dio cuenta no servía en ese mundo de favores y de sexo. El primer trabajo que encontró adecuado fue uno que al principio le pareció imposible solo de pensar. Le ofrecieron hacer películas, teniendo como pareja a un perro entrenado para tener sexo con mujeres. Habría huido de no ser porque la que le ofreció el trabajo fue una mujer amable y guapa, que entendió su situación. Se llamaba Janet, una morena de bonita cara redonda que lucía un afro también redondo. El hermoso tono canela de su piel le llamo tanto la atención a Tracy como para el menos querer escucharlo que decía. Le era difícil creer que alguien hablase de algo así, tan simple como si se tratara de algo normal. — ¿Te gustan los perros? — fue lo primero que le preguntó sin imaginar a donde iban las cosas. La verdad es que le gustaban. Viviendo en el campo más de una vez los había visto apareándose, sin saber que una chica podía ser pareja de otra especie. No hasta que vio lo que había grabado Janet estando sola. La verdad es que parecía disfrutarlo. La morena hacia los videos con un perro que ella había entrenado. Ahora le interesaba dirigir y poner su propio negocio. Sería un trabajo donde usaría mascara todo el tiempo o lo editarían para que no se le viera el rostro. Realmente necesitaba el dinero y el trabajo cumplía con sus requisitos. Prometió aplicarse, siguiendo las instrucciones de Janet. Al principio le fue difícil, pero su naturaleza le permitió dejarse llevar, finalmente encontró el modo de aprovechar los bríos del animal. Pensó era algo que jamás trataría por su cuenta. Tomo nota de nunca tener un perro. Si se le hacía costumbre sería fatal para su aun inexistente carrera como estrella de cine serio. Pero disfruto ser poseída por el perro de Janet. Incluso por la propia Janet. Fue después de un trabajo, así como estaba. Aun con los jugos del animal escurriéndole por las piernas y cubierta de pelos de perro que la encargada de la cámara la invito a su cama. Ya sea porque recordaba los favores de su socio animal o porque había hecho bien su papel como actriz principal que se dieron las cosas. Besos, lamidas y unas cuantas embestidas del animal cuando este se interesó en lo que estaba pasando en la cama. Al final Janet la sorprendió pagándole por haberse acostado con ella. Una sorpresa inesperada que al principio no quiso aceptar. La directora le aclaro que así tenían que ser las cosas, no podían seguir trabajando involucradas sentimentalmente, si es que pasaba algo así tendría que ser en el plano profesional. Así eran las cosas en ese medio, dejarse atrapar en una relación siendo tan joven sería un obstáculo para su carrera. La directora mientras acariciaba al perro que le lamia entre las piernas le dijo: — Apenas estoy empezando en el negocio, no te puedo pagar lo que vales. Sé que necesitas dinero, antes de dedicarme a esto hacia algo en lo que no me iba nada mal y a ti te van a adorar como la joya que eres. Tracy presintió eso a lo que se dedicaba antes Janet. Negó con la cabeza. — Eso de la prostitución es muy feo. Los hombres te hacen lo que quieren y en el poco tiempo que llevo aquí he visto chicas destrozadas. Janet sonrió al mirarla. — Dices que esta fue tu primera vez con una mujer y mira que lo hiciste bien. ¿Y si fuera solo con chicas? Con chicas que escogieras.
3. Cora llamo a dos de sus asistentes de confianza, la que se parecía a su jefa con la peluca puesta y la que sabía conducir tan bien en el tráfico. Temiéndose lo peor tomo un taxi hacia al hotel donde estaba Tracy. Un sitio lujoso en el centro. Edificio de lo más seductor en la noche con las luces de colores y una trampa al descubierto con pocas salidas durante el día. Un montón de escándalos habían empezado en ese lugar. Muchos fotógrafos de celebridades pasaban por allí, a esas horas solo para ver que encontraban. Tendrían que haberse enterado de algo, había más de lo normal. La asistente especial Cora usaba gafas obscuras, de pelo sedoso al hombro, con guantes, saco, corbata y pantalón de vestir que sacaba a relucir sus anchas caderas sobre el perfecto caminar de sus tacones. Todo de negro. Más de una vez había usado su figura para distraer fotógrafos indiscretos. Esta vez no bastaría con eso. El personal del hotel era de confianza, pero alguien se había dado cuenta que su jefa había pasado la noche en aquel lugar. Esperarían con los lentes de sus cámaras para saber de quien se trataba. Eso podría ser peor que la media de alborotos normales de la farándula. Su próxima película sería de corte juvenil, un escándalo así podría quitarle el papel estelar. Eso y que, tratándose de su propio hijo, hasta podría terminar en la cárcel. Ella misma podía calificar de cómplice. Había abandonado en el primer año la carrera de derecho cuando empezó a trabajar para Tracy. Tenía suficientes nociones para imaginar lo malo que se podía poner todo si algo salía mal. Ya estaba pensando en a quien consultar para conseguirle un psicólogo al chaval, con la madre eso no serviría, solo tal vez un regaño marca diablo y como de todas formas no serviría de nada, solo quedaba una renuncia antes de que fuera demasiado tarde. ¿Tarde para qué? ¡Ya se había acostado con su propio hijo! ¿Pero era así en realidad? Tal vez solo habían decidido dormir desnudos. Con el calor que hizo anoche, por eso había regada lencería por todos lados. Apenas podía creer que lo hubiera hecho, pero mucho menos dudarlo. Desde el primer día que conoció a esa mujer ya imaginaba que estaba rota, ahora que lo había confirmado (nuevamente) solo quedaba ayudarla. Si en ese momento renunciaba, capturarían a Tracy y en cuanto comenzaran las investigaciones seria la segunda persona en ser señalada. La segunda adulta. ¿Quién había contactado a los abogados para que le dieran tiempo con el chico? ¿Quién había organizado la semana? ¿A quién le había enviado la foto por la aplicación de mensajería? Rogó solo fuera a ella y a nadie más. La sobrevivencia de su jefa se había convertido en la suya propia. A un lado del gran Hotel se reunió con las otras dos asistentes, sin darles explicaciones. Tan solo diciéndoles lo que tendrían que hacer. Entre menos supieran mejor para todas. Lo primero sería llegar hasta el auto de su jefa. Uno que la prensa tenía bien identificado. Seguramente la vieron entrar y el resto era fácil de adivinar. A ese lugar solo se venía a dos cosas siendo famoso, a comer y a fornicar. Dependiendo del tiempo que tardara se podía saber. Fueron hasta el encargado del estacionamiento. Un joven que les indico que no podía ayudarlas, tendrían que hablar con el gerente. Lo cual parecía de lo más correcto. La gente del hotel haría hasta lo imposible por ayudar a las celebridades que eran parte de su clientela. Hasta en cosas ilegales. Todo por un precio. Pero eso implicaría tener que esperar más e involucrar gente que podría empezar con rumores. Algo que trataría de evitar a toda costa. Aquel joven era nuevo y solo la había visto un par de veces. Por más que le explicara no pareció ceder. Cerro los ojos e imagino más fotógrafos reuniéndose como hienas sobre un animal agonizante. ¿Buscar a alguien más o tratar otra cosa? Bajo los parpados y se llevó los dedos entre los ojos. Espero un instante tendiendo la trampa. Al abrirlos por la expresión que vio supo lo que podía hacer. Olio el aroma de recién bañado del joven. No quería hacerlo, pero la forma en que la había devorado con la mirada era una oportunidad. Fue lo que la decidió. Con el gesto serio les pidió a sus asistentes que se alejaran un poco mientras ella se encargaba de conseguir acceso al coche. Ellas obedecieron. De todas formas, era fácil saber lo que se proponía. —Sé que conoces a mi jefa. Ayúdame y sabré agradecerte. De momento tengo prisa pero puedo darte un adelanto. — dijo en ese tono frio que por alguna razón encendía tanto, en especial a los hombres El encargado parecía un chico que aún estaba en la escuela. Al menos no era un familiar y tendría carnet de conducir para ese trabajo. No tenía más compañeros, siendo un lugar tan lujoso todo estaba controlado electrónicamente y él tenía las claves. Qué remedio. Se quitó el saco lentamente. Sabiendo que el sostén de encaje obscuro resaltaría bajo la delgada tela. Ideal para lo que se proponía. Al arrodillarse frente a él, indico sin lugar a dudas lo que iba a pasar. Alguien que dudase sobre el poder de los favores no llegaría muy lejos en ese mundo de celebridades y poder. Cora se desabotono la blusa, dándole una vista de las curvas de sus pechos. Lo miro con deleite como le había enseñado la directora esa, amiga de su jefa. Ya estaba bajándole el cierre del pantalón. Se trataba de un joven guapo. No iba a ser desagradable para nadie. Una apuesta, hacerlo acabar con su boca, dejándolo indefenso ante ella o pedir ayuda a la gerencia. ¿Cuál sería la forma más rápida? Ya estaba allí. Apretando los labios, apresuradamente pintados de color cereza. Viendo como su aspecto y el perfume ese carísimo de parís, que se podía comprar con el sueldo que le daba su jefa hacia su parte. Hasta cierto punto la más importante, que era cerrar el trato. La otra, la que empezó mientras con la lengua acariciaba el tronco del pene ya erecto era la más intensa, pero la que más confiaba en llevar a buen término. Por un momento se recordó cuando llego a esa ciudad con tantas esperanzas en el futuro y recién aceptada en una universidad importante. ¿Qué fue de esa chica? Ahora de rodillas le estaba haciendo una mamada a un chico tan joven que apenas tendría edad de ser contratado. En un estacionamiento. Uno lujoso, pero esa era la idea. Tal vez era la empleada perfecta para una jefa como la suya. La idea le dio bríos, cálidas sensaciones que le bajaron entre las piernas, donde se tuvo que empezar a acariciar con la otra mano. Sin fingirlo como fue su idea en primer momento, dejo escapar suspiros de placer que fueron directo a los oídos del joven ya muy excitado como estaba. Dar algo a cambio, empleando la piel era la moneda que hacía moverse las cosas. Eso no implicaba que tuviera que ser desagradable. Pero tenía prisa, tampoco quería mancharse la blusa ni el pelo, así que aguzo la mirada estudiando el rostro del encargado, contraído por el placer que le estaba dando con la boca. Extendió los dedos para acariciarle el vientre. Deslizaba los labios por el tronco del pene endurecido, cuando atisbo las señas del inminente derramamiento de semen que le llenaría la garganta. Un poco a su pesar Cora se felicitó, no era su mejor tiempo, pero había sido uno bueno. Apresuro el movimiento para cuando sintió la primera contracción de la verga en su boca, empujo en una última caricia hasta llevar sus labios hasta la base del pene. Momentos después llamo a sus asistentes. Las llevo hasta el coche ya con las llaves que le había entregado el encargado. Se sintió satisfecha, tanto como se puede después de haber hecho algo así. Cora se permitió una leve sonrisa, mientras se ponía las gafas obscuras. El pelo se le había desacomodado, era una mañana calurosa y la piel se le había llenado de sudor, trasparentando los redondos pechos. De eso no se dio cuenta, como tampoco de la gota de semen que le escurría por la comisura de los labios.
4. Tracy había conseguido ya algunos papeles en comerciales y con papeles menores en algunos programas. Ninguno que le asegurara un segundo llamado. Tampoco que fuera medianamente bien pagado. Por si fuera poco, el negocio con el perro de Janet no había podido arrancar. Coincidió con regulaciones internacionales para suspender el pago de ese tipo de porno por medio de tarjetas de crédito. Así que al final se quedaron con todos los videos sin poder distribuirlos. Tracy le aseguro que entendía los imprevistos y que no se preocupara por nada. Aunque se consideraban amigas, le seguía pagando cuando se acostaban. Se podría decir que fue su primer cliente como prostituta de mujeres. Lo cual era más un autoempleo que otra cosa. Janet la recomendó con otras mujeres que al principio fue su sustento mientras entendía como hacerlo por su cuenta. Eran en bares donde se pagaba una barbaridad por una copa. A cambio de eso se podía estudiar a las parroquianas que eran exclusivamente mujeres y conseguirse una clienta. Se podían invitar copas o aceptar para entablar charla. Antes de cualquier cosa se debía aclarar que su tiempo tenía un precio y eso agilizaba las cosas. Tal como le dijo Janet, se hizo popular desde el principio. Se pagaba bien, pero siendo como era, no pudo aceptar eso de solo pasar una hora por clienta. Solo se iba con las que le gustaban. Se aplicaba con pasión en lo que hacía, casi siempre pasando la noche con cada una. Ganaba menos que cualquiera de las otras, pero lo pasaba bien y pronto le alcanzo para cambiarse a un departamento más grande y más cerca de su área de trabajo como actriz. Donde con toda seriedad y disposición buscaba las oportunidades. Mientras por las noches se la pasaba dando besos, recorriendo con su lengua el cuerpo de las mujeres que la habían contratado. Se había especializado en usar un juguete que se encajaba entre las piernas a modo de pene para penetrar a sus clientas. Ropa sexy. lencería y zapatos de tacón, en los que invertía para deleite de sus compradoras. También en cosas de buen gusto para lucir en las audiciones. En esa época conoció a una mujer que le cambiaria la vida, aunque no convivio con ella por mucho tiempo. Algo mayor, cariñosa y una de las damas más refinadas a las que había tenido el gusto de fornicar como si fuera un nombre. Se llamaba Aria y más tarde, después de varias alocadas sesiones se enteró que estaba casada con un productor más o menos importante. Se trataba de un matrimonio por conveniencia. A ella le gustaba el dinero y las chicas jóvenes. Mientras a su esposo más o menos lo mismo. A pesar de ser un matrimonio abierto los esposos se habían agarrado cierto afecto y compartían cama de vez en cuando. Normalmente con una chica de por medio. Por un tiempo Tracy fue esa chica. Viendo su carrera estancada, fue a través de ellos que pudo mejorar su situación. No solo consiguió papeles mejores, aun sin llegar a ser protagonista. Tener sexo con el esposo de Aria le recordaba a su padre, después de todo era el segundo hombre que le ponía las manos encima. Sexo no le había faltado sin plantearse muy bien de donde le llegaba, si hasta con un animal le había podido exprimir placer. Que fuese un hombre, con pele que la pudiera acariciar y besar fue todo un exotismo al que se entregó con una sed que acabo en descuido. Resulto embarazada. Se practicaban abortos todo el tiempo entre las actrices jóvenes. Pero Aria y su esposo le propusieron una alternativa. Una que de paso no arruinaría su estupenda figura en el proceso. Seria Aria quien aceptaría llevar al hijo de Tracy en sus entrañas. Ser que de paso era hijo de su esposo. Ella conocía las reglas con las que se conducía esa gente. Les daría lo que querían, a cambio de ayudarla. Bastaba con que no le apoyaran más para destruir su carrera y en ese momento no le apetecía cambiar pañales. Trato de no darle importancia. De seguir con su vida, tomar lo que le ofrecían para seguir adelante. A la larga le afectaría más de lo que podría imaginar.
5. Habiendo dado instrucciones se dirigió al cuarto. Una de las asistentes se pondría la peluca y la otra conduciría el carro de su jefa. Harían como que trataban de escapar. Los buitres quedarían fascinados de ver que otra mujer la acompañaba. Mientras ella, su jefa y su hijo escaparían en el auto que trajeron las asistentes, que por cierto tenia los vidrios obscuros. El de su jefa debería tener, pero no le gustaba. Un plan simple, siendo el mejor que pudo pensar en tan poco tiempo. Si algo salía mal, si alguien volteaba en el momento inoportuno y sospechaba algo… …Mejor no pensar en eso. Bastaría un mensaje para poner todo en marcha Le tocaba ir por su jefa. Fue en el elevador que leyó el otro mensaje. Había llegado antes, pero hasta ese momento no pudo consultar el teléfono. “Sé que lo manejaras bien. Siempre lo haces.” Iconos de corazones. “No te apures tanto y si por casualidad llegas, por fa, no interrumpas.” Iconos de corazones, esta vez con otros de abrazos. Luego un número, que supo era la clave para abrir la puerta. En ese hotel las cerraduras eran combinaciones de tres dígitos, por si quería invitar a alguien a la habitación sin necesidad de solicitar una llave extra. Las cejas de Cora se juntaron. Sintió que le regresaba esa sensación que anunciaba un dolor de cabeza. Después de todas las prisas que había pasado, de habérsela tenido que chupar a un extraño, no solo eso, tenido que prometerle favores extra. En los que estaba comprometida su palabra por lo que se veía obligada a cumplir. Daba igual, tenía que sacarla de ese lugar y hacerlo rápido. Antes de que llegaran más de esos buitres. Le explicaría y si no entendía la sacaría a rastras. No pensaba que el chico le diera problemas. Quien solo tenía culpa de tener una madre loca. Le buscaría un buen doctor que le ayudara a superar el trauma y de paso a ella también. El problema, era que el chaval probablemente caería en la categoría en que los pobres desafortunados que se acostaban con Tracy Blair solían caer. Que pasaban de una aventura a un inconveniente. Tracy estaba medio traumada por haberse involucrado con el padre del chico y la esposa de este. Había querido a ambos y le habían pagado con un papel regular en una serie que solo duro dos temporadas. Después la habían dejado a su suerte quedándose con su hijo. Había desarrollado ciertas costumbres extrañas. Daba las nalgas con voracidad como si fuera la última vez, sin fijarse en el género, a veces ni la especie y recientemente ni la consanguinidad (aunque como su asistente personal sabia lo de su padre). Siendo tan apasionada sus aventuras sexuales terminaban enamorándose de ella (excepto los animales). Sin que a Tracy realmente le interesara una relación con nadie. Era entonces que a Cora le tocaba intervenir. Hablar con el pretendiente, si era pertinente asegurar su silencio. En el peor de los casos mandar al Primo de Janet de quien se rumoraba se había comido a un tipo cuando lo mandaron a pelear en la guerra. Nada de eso se le podía aplicar al hijo de Tracy. Se trataba de un caso especial. Tendría que manejarlo de otra forma. Si es que acaso le tocaba manejarla a ella y no a una autoridad más competente. Si no salían de allí con cuidado, podrían terminar en la cárcel. Al principio seria violada por las reclusas, después con un poco de suerte alguna lesbiana forzuda la protegería, si fuera un poco guapa, pues en ese momento no parecía tan mala idea. Su jefa ya no se acostaba con nadie para obtener papeles. Eso no significaba que no usara su cuerpo para conseguir lo que quería. Con sus modales refinados con el tiempo para llamar la atención de hombres y mujeres. Hasta con la ropa más sencilla desbordaba sensualidad. Se podría decir que ahora cobraba por ver. Se había hecho una reputación de chica buena, algo que le había abierto puertas y cerrado otras tantas. ¿Cómo habrían sido las cosas sin que trabajara para ella? Tantas y tantas veces cubriéndola. ¿Habría sido tan simple como contratar a otra persona? Estaba frente al teclado de la puerta de la habitación que habían compartido madre e hijo. Se preguntó si en realidad quería abrirla. Involucrarse en lo que había empezado entre ellos dos. Situación que ocurrió frente a ella sin que realmente se diera cuenta de lo que podría pasar. Los ojos del chico cuando su despampanante madre lo abrazaba, esos días que por instrucciones de Tracy habían preferido pasar a solas. Todas esas señales a la vista y las había ignorado, pensando en que por primera vez en su vida esa mujer hacia algo decente. Cora cerro los ojos. Una imagen le vino a la mente: Los hermosos labios de Tracy, tan cerca de su rostro, húmedos de haberle lamido la piel mientras le hablaba. — ¿Puedes cuidarme?
6. Cora calculo al centavo sus gastos para los primeros meses en la escuela. Con la beca asegurada al menos por el primer semestre. Tensa como estaba después de haberse ido de casa, situación que había planeado en la previsible reacción que tuvieron sus padres cuando les dijo que no se casaría, que iría a la universidad y que le gustaban las chicas. No pudo evitar las discusiones, ni las amenazas de arder en la hoguera. Deshecha a pesar de lo emocionada en sus primeros días de clase. Necesitaba salir y hacer algo. Tal vez conocer a alguien. Fue una noche después de medir lo que podía gastar, que decidió ir a uno de esos bares de ambiente entre mujeres. Escogió uno que lucía discreto, de luces rosas en el exterior y azules en el interior. Sabiendo poco del lugar que por casualidad eligió, ni lo que le iba a costar. Era entre semana y el lugar estaba medio vacío. Ideal para alguien reservada como ella. Su plan era tan solo tomarse una copa y observar. Fue Tracy la que se le acerco. — Hola guapa, ¿me invitas una copa? — le dijo con alegría. Aun medio en penumbra la chica le pareció hermosísima, como una estrella de cine. El pelo parecía de zafiro reluciente con esa iluminación. Le hablo con tanta familiaridad que creyó se dirigía a otra persona, pero no había nadie en las mesas alrededor. Se lo pensó un instante, fascinada por su suerte antes de contestar. — Si. — dijo nerviosa, pensando que esa copa estaba en presupuesto. Sonriente la rubia se sentó a su lado, arrimando la silla para estar más cerca. — Gracias linda, yo soy Tracy, ¿Y tú? — Cora, Cora Davis. — Shhhh — la interrumpió, aunque muy lentamente. — nada de apellidos, solo nombres, quien sabe lo que podía pasar con dos chicas guapas como nosotras estando tomadas. Cora dio un trago a la única copa que había pedido, la más barata del menú, era como si hasta el sabor hubiera cambiado cuando ella se le había acercado. Levanto la mano y pidió que le trajeran algo. — Gracias. — repitió estudiando la carta, decidiéndose por un champagne de los más caros del lugar. — Antes que nada, debo aclararte que a veces soy prostituta, pero en este momento no estoy trabajando. Sorprendida como estaba no supo que decirle, cuando se le acerco con complicidad y agrego con cierta amargura. — Es mi cumpleaños, finalmente puedo venir a lugares legales a tomar algo. — ¿Qué? ¿Qué dijiste? — Que cumplo años, bueno fue antier pero apenas hoy estuve libre. — No, sobre que eres… La mesera les interrumpió, dejando no una sino dos copas de burbujeantes bebidas frente a ellas. Cora calculo que eso le arruinaría los gastos de la semana, del mes y que esa noche en lugar de una aventura le esperaría una larga caminata a casa. — Ya lo dejé, ya no soy prostituta, bueno a veces. Esta noche solo quería ir a un bar de estos “normalitos” y pasarlo bien. Te vi tan seria y encantadora que no me pude resistir a reclutarte para ayudarme a celebrar. Cora pensó que esa persona estaba borracha. Tal vez aun pudiera disculparse con la mesera y decirle que simplemente no tenía para pagar. — Yo, ya tengo mi copa. — dijo mirando el líquido que parecía y costaba como si fuera de oro. Tracy alargo la mano, por un momento pareció que iba a tocarla, pero la desvió hacia la copa que ya estaba a medias. La tomo entre sus dedos, girando el cristal para beber por donde estaban la marca de los labios que había dejado Cora. Con la lengua acaricio esa parte, para acto seguido tomarse el resto del licor. — Ya no tienes, por eso te pedí otra. Empezó a levantarse cuando la rubia le puso una mano en la suya. — Por favor, no quiero estar sola. Era absurdo que siendo tan hermosa le dijera algo así. Tenía que ser algún tipo de trampa. Sus padres le habían advertido sobre caer en la perdición si se iba de casa. Eso seguramente era el comienzo. Pero... Se quedó congelada, atrapada por el rostro de tan delicadas facciones que por un momento le había parecido tan atractivamente triste. Solo por un momento, ahora sonreía. Sin saberlo ya no había marcha atrás. Cuan hermosa le pareció esa sonrisa. Más en las siguientes horas en que esos labios la cubrieron de besos de arriba abajo, que bebieron sobre su piel el champagne que derramo de la botella que se habían traído del local. Cora había perdido la virginidad con un chico torpe e inexperto, siendo esto lo que le hizo replantear sus preferencias. Sin haber tenido muchas experiencias con mujeres, dándose cuenta que no había conocido lo que era el sexo hasta esa noche con Tracy devorándole la boca mientras se retorcía desnuda sobre ella, como si fuera el fin del mundo o la única mujer que existía. Hizo tanto como pudo por seguirle el ritmo, por regresarle algo del placer que le estaba dando. Aturdida por tantas partes de su cuerpo que ni se imaginaba podían darle placer. A la mañana siguiente se vistió apresuradamente. Creyó que Tracy seguía dormida, pero la miraba con deleite. — ¿Te vas? — Tengo clases. — ¿Vas a la escuela? — Sí, soy chica que saca puros dieces. Tracy se levantó sin nada que le cubriese. — Tendrías que haberte bañado. — Ya no me da tiempo. — ¿Cómo piensas irte? Creí no tenías dinero, Aller tuve que pagar todo. Cora se quedó con la blusa a medio abotonar. La verdad es que no sabía ni donde estaba. Era un edificio de apartamentos lujosos. Habían tomado un taxi y se estuvieron besando en el trayecto. La rubia se puso frente a ella y le abotono con lentitud los botones que le faltaban. — ¿Es tan importante? Quédate otro poco. — No puedo. Tracy arqueo las cejas de forma teatral. — Aun no me has dicho como vas a pagar por mis servicios. Los ojos de Cora se ensancharon de sorpresa. — Dijiste que no estabas trabajando. — En el bar. Allí estaba celebrando mi cumpleaños, me invitaste una copa y al final resultó no tenías ni para pagarla. — Tracy puso cara de indignación, como si no entendiera porque tenía que aclararlo. — Aquí es otra cosa, espero estés forrada porque no soy nada barata como te podrás imaginar. No quiso señalar las contradicciones en lo que había dicho. Suavemente la empujo de regreso hacia la cama. — Pero… me acabo de vestir. — Quería ver como lo hacías, ahora quiero desvestirte nuevamente. — sonriendo con esa encantadora malicia. De haberse opuesto, Cora le sacaba al menos una cabeza de altura. Característica que en el futuro, de saco y con los lentes negros le daría pinta de guardaespaldas más que de una asistente. Podría haberla empujado, salir de ese lugar y buscado como regresar a su apacible vida anterior donde el rechazo de su familia y la falta de dinero eran sus únicas preocupaciones. Pero en realidad no quiso resistirse. Conducida por la rubia que poso sus labios sobre los de ella, un momento con suavidad y al siguiente aplastándoselos contra los dientes. Mientras con sus manos le arrancaba la ropa de nueva cuenta. Abriéndole la blusa, la falda se rasgó ante el peso de las dos que le dio acceso a su ropa interior. Hacia unas horas estaba afectada por la noche y el alcohol, ahora completamente consiente recibió su tacto entre las piernas con una mano, con la otra masajeándole los pechos y devorándola por la boca. Tracy ya la tenía recostada, sobre de ella, a su merced trabajándola Las sabanas de suave y metalizado satín empezaron a susurrar al deslizar de los cuerpos que se empujaban. Atrapada en las sensaciones placenteras que le llegaban por todos lados, Cora se curvaba en ángulos que no sabía podía alcanzar. Lanzando alaridos de los que hacía solo un día no se creía capaz. Esta vez el placer de la joven actriz no estaba entre sus piernas, era su mente la que se alimentaba de las reacciones que desataba en esa linda chica alta, si bien aún no sabía cuánto ni como, pero había decidido tenerla cerca. Le encantaba ese inocente éxtasis que encontró bajo la fachada de frialdad controlada. Sorbiéndole los pechos como manjares, mientras con su dedo medio dentro de ella, la empujaba cada vez con más velocidad, sabiendo como hacerlo sin lastimarla con las coloreadas y largas uñas. Sobra decir que la estudiante, ese día no fue al colegio. Minutos después, Cora cubierta de sudor, satisfecha y cansada como nunca se había sentido, se dio cuenta que Tracy le estaba tomando fotos con la cámara de su teléfono. Apenas con fuerzas cerro las piernas. — ¿Qué haces? Como respuesta la rubia abrió las cortinas y siguió tomando fotos. — ¿Necesitas dinero? Tengo una amiga de confianza que te puede ayudar. — ¿Haciendo qué? — Se escuchó preguntar nerviosa. La actriz sonrió. La respuesta fue de los más inquietante. — No te preocupes, no es nada raro. Ahora solo trabaja con humanos. Así fue como Tracy y Cora se conocieron.
7. La puerta no daba directamente al dormitorio. Un pasillo con una mesita que exhibía varios productos cortesía del lugar. Botellas de loción, sprais para refrescar la piel, aceites para masajes, toallitas perfumadas, y entre otras cosas más, paquetes de condones. Nada de eso fue tocado. Un bisbiseo acompasado flotaba en el aire. Sintió una punzada en el pecho que le hizo cerrar los ojos. Esa parte del trabajo al que nunca podría acostumbrarse. Tenía que ser profesional, distante como se había educado a si misma de chica. Respiro sin estar consiente de cuan agitada había estado. De cuan aliviada y asustada estaba en ese momento. Ahora que estaba allí, ahora que podía hacer algo las cosas tendrían que salir bien. Como en las ocasiones anteriores. Que su jefa fuera como era, es lo que la había hecho especial. La sombra de ella que era lo poco que podían captar las cámaras, lo que había vendido millones de entradas a las salas de cine, lo que hacía que la adorasen sin verdaderamente conocerla, sin sospechar de donde venia esa enigmática sonrisa. Cora sintiéndose el personaje secundario en su propia historia, entro en el dormitorio. Allí estaban los dos. Sobre la cama. Siendo los estelares en lo que ocurría en esa habitación. El chico habría la boca tratando de tomar aire, evidentemente afectado por las sensaciones que le producía la mujer que sobre el subia y bajaba su cuerpo con cadencioso deleite. Lo hacía con delicadeza, sin prisa. Girando las caderas para con la suavidad de su interior, acariciar la virilidad que hacía entrar y salir de ella. Tracy Blair, la actriz que empezó de extra en comerciales, que salto a la fama interpretando a la princesa Alyssandra, enamorando al público con su inocente erotismo. La que ahora se podía dar el lujo de escoger sus papeles en grandes producciones. Deseada por chicos y grandes. Vestida tan solo por el sudor que le perlaba la piel, hacia el amor con su hijo. — Es Cora, no te preocupes… — dijo entre jadeos. — vino a llevarnos a casa. Edmond, a quien le decían Ed. Atrapado en el placer, habiendo vivido tantas nuevas experiencias al lado de su madre, no pudo prestarle mucha atención a la mujer de lentes negros que había entrado. Los estupendos pechos de Tracy balanceaban al ritmo de sus caderas que bajaban y subían por el tronco firme del miembro de su hijo. Susurrándole entre mimos, palabras que empezaban para distorsionarse en suspiros alargados. Lo hacía sin prisa, sin la desesperada hambre de calor entre los cuerpos que solía abrazarla en sus aventuras de una noche. Aunque en ese momento era claro quien llevaba el ritmo, la expresión embelesada de ambos hacía difícil adivinar quien había llevado a quien, a eso, en que la ropa sobraba, como el decoro, en pos de los placenteros beneficios que pudieran conseguir frotándose los cuerpos. Hacia solo unos días eran desconocidos. Al menos en persona. Durante años Cora había primero sospechado y después sabido de eso que a veces nublaba las sonrisas de su jefa. Aria Blon la que había parido al chico, había muerto un poco después de que Tracy consiguiera el éxito con sus películas. Con fama, dinero y aquel chico desconocido siempre en mente, había tratado de contactar al padre para que le permitiera verlo. Sin éxito al principio, fue a Cora imponente y seria a quien mando para decirle que tenía intenciones de emprender acciones legales, o de llegar hasta donde tuviese que llegar. Ponerse en pleito con la nueva novia del cine no parecía buena idea. Un par de semanas para conocerlo, era lo que había pedido. Parecía razonable. El chico estaba superando la pérdida de la que creyó era su madre, para darse cuenta que tenía otra. Una con la que, si al principio estuvo cohibido, ya no era más así. Tracy se dejó caer suavemente sobre su hijo, dejándole los pechos al alcance de la boca. Apresurando los vuelcos en su cintura, resollando en la seda de las sábanas. Cora no pudo evitar recordar la noche en que la había conocido. Se llevó una mano a la boca, afectada y fascinada por los cuerpos que frente a ella se entregaban. Prohibidos placeres, que atraerían nubes obscuras. Cora sintió vibrar el teléfono en sus manos, apenas pudo comprender el significado de las alarmadas palabras de la asistente que le llamó. Alguien las vio con la peluca, adivinado las intenciones del escape. El plan estaba arruinado. Se habían tardado demasiado. Normalmente Cora hubiera cerrado los ojos. No pudo. Tracy pronuncio el nombre de dios sin que estuviera enterada ni le importara nada. La pareja se reacomodaba, girando sobre sus columnas, quedaron un momento abrazados frente a frente, fluyendo en un beso cuyos bríos los llevaron hasta que ella fue la que quedo de espaldas, con el chico sobre ella. Las manos de la actriz se deslizaron sobre la espalda delgada. Como si fuera posible unirse más a él. Las largas piernas abiertas para darle paso. Ed, por un momento disfrutó la nueva posición, sorprendido de no haber sacado el pene. Ansioso comenzó a empujar. El cuerpo de su madre acepto las acometidas con el deleite llenándole la cara. Cora se mordía los labios. Su trabajo era protegerla, la situación se le estaba escapando de las manos. El teléfono seguía vibrando. Las chicas esperaban instrucciones, sin que supiera que decirles. No sabía qué hacer. Ahora eran mensajes. Descubrir la treta de la peluca, para los fotógrafos era como oler la sangre de una presa herida. Estaban llegando más. Lo que ocurriera en el mundo parecía tal lejano a madre e hijo que se entregaban con tanto entusiasmo. Pocas veces Tracy había estado tan desconcertada como en ese momento. Sin ser ella la que llevaba la iniciativa, dejándose bombear al gusto de su hijo. Queriendo hacer algo más que estar y dejar que el placer la llenara. Se torcía desesperada cuando el éxtasis la hizo estremecer y aullar al mismo tiempo. Sin que esto aminorase el ansia del chico que fascinado se descubría aprovechando los puntos débiles de esa hermosa diosa. La que tenía derrotada de placer. Provocándole expresiones que solo pudo imaginar en las fotos que había visto y coleccionado de ella. Hasta hacia poco no comprendía por que le llamaba tanto la atención esa actriz que había trabajado con sus padres. Cora por su parte sin que la tocaran, sin que ella lo hiciera estaba húmeda entre las piernas. Desesperada y excitada en partes iguales. Las ideas se le interrumpían cada vez que trataba de formar una. Si es que su jefa se estaba entregando de forma tan contundente, era por que confiaba en que la sacara del apuro. Como siempre. Las manos de Tracy se acercaron al rostro de su hijo, dando la sensación de no creer que era real. Con verdadera adoración. Le acaricio las mejillas para atraerlo hasta que sus bocas intercambiaron lenguas. Los cuartos del chico ya sin control arremetían sobre ella, hasta que inevitablemente los espasmos le ganaron derramando calientes chorros en el interior de su madre. Satisfecho se quedó un momento así dentro de ella. Después rodó a un lado exhausto. Entre las piernas de su madre el semen dibujaba un hilo lechoso. Sin aliento la asistente especial Cora Davis los miro, saliendo de su aturdimiento para caer en otro distinto. Hechizada como lo fue desde el primer momento por los rasgos de Tracy. Cuan diferente habría sido su vida sin conocer a esa mujer. Tanto como para ya no poder imaginar otra forma de vivir. Practicar una felación a un hombre, no era ni de lejos el límite de lo que estaba dispuesta a hacer por esa mujer. Dio un paso al frente. Ya no era el miedo, el deseo de protegerla le impulsaba. Era eso o dejarse devorar por unos celos difíciles de conciliar consigo misma. Se arrodillo frente al agotado rostro de Tracy, dándose de lleno con los olores de su piel cubierta de sudor. Los respiró para darse fuerza. Ya sabía qué hacer. Pego su frente a la de ella, dejando que los sudores se mezclaran, Esta vez sí cerro los ojos mientras paciente espero a que su jefa se recuperase. Pudo haber esperado minutos o más. Así se quedó, hasta que a través de la piel la sintió regresar lo suficiente como para ser escuchada. — Estamos en problemas, jefa. Con las frentes pegadas, aun pasaron varios minutos. Tracy Blair era víctima de sus deseos, pero sería e inteligente para aplicarse cuando tenía que hacerlo. También solía asustarse. Lo merecía, lo ameritaba, tal vez así aprendiera una lección. — No te puedo sacar de aquí, no sin que te vean. Hay un ejército de fotógrafos allí afuera. Prepare algo, pero se fue al carajo. — No pudo evitar decirlo con amargura. Tracy que hasta el momento no había dicho nada se quedó sin palabras, empezando a comprender. La fiebre sexual que en ella era como el alcohol se le estaba bajando. Merecía asustarse un poco, pero igual Cora no pudo soportarlo y se apresuró a explicarle el nuevo plan. — Las chicas van a llevarse a Ed a casa. Pero esos animales van a preguntar y buscar, a menos que les demos algo suculento…
8. — Quiero que dejes la escuela, de trabajar para Janet y lo hagas para mí de tiempo completo. — Le dijo Tracy, teniendo que levantar sus ojos claros para mirarla al rostro. La cito frente al bar donde se habían conocido. Muchas cosas le habían pasado a Cora en ese año. Al principio todo había salido bien, pagándose la escuela y mucho más. Janet la había introducido poco a poco en la industria del porno. Primero ayudándola con lo administrativo, con los actores, para en algún momento pasar frente a las cámaras. Con todas las reservas de una chica criada en una familia tradicional, calculo con frialdad el tiempo que le llevaría ahorrar para terminar la escuela trabajando en otro rubro. En algo decente. Las cuentas solo le salieron aceptables de esa forma. Había llegado al objetivo. A costa de hacer cosas que no imaginó y hasta llego a disfrutar. Janet hacia películas finas, con muchas cámaras, locaciones y solo con personas abrumadoramente hermosas. No le había costado tanto tocar a esa gente ni dejar que la tocaran. Siguió en contacto con Tracy quien a veces parecía conseguir el añorado gran papel y otras veces no. Sacándola de algunos apuros, señalando lo que le parecía tan obvio, que a la actriz se le solía escapar. A veces parecía que lo hiciera a propósito. Como si quisiera tenerla a su lado. — Te voy a seguir ayudando, cuando no tenga tareas. — se escuchó decir, aunque había ido con la firme intención de decirle que se tendría que concentrar en la escuela. — Pero no puedo dejar la universidad. Cora espero a ver como reaccionaba. Sabía que no se le daba bien a esa chica aceptar sus negativas, incluso si eran a medias. Vio como se le juntaban las cejas. Esperando una de sus rabietas. Helada se quedó cuando se paró de puntas y sin previo aviso le lamio con la lengua una de sus mejillas. — ¿Ves? A veces hago cosas locas. Hay cosas que no te dicho, pero me conoces más que nadie… sabes de mi hijo. Se lo había contado, y como las otras veces adquirió esa expresión de amargura que tanto le dolía ver a Cora. — Te he dicho que eso se puede arreglar, hay un profesor que sabe mucho sobre derechos de custodia, solo es cuestión de que… Se calló al darse cuenta de que esta vez Tracy parecía más afectada que otras veces, como si estuviera a punto de llorar. La contemplo sabiendo que nunca le gustaría verla así. Poco a poco se recuperó. — Siempre me estoy metiendo en líos. Ahora mismo hay un tipo que me está llamando a diario, cree que voy a ser su novia o algo, y un productor que cree se puede aprovechar de mí. ¿Sera cómo te aprovechas de mí? Pensó sin decirlo. — Tracy. — le tomo por los hombros. — Antes de conocerme lo hacías bien y seguirás haciéndolo. ¡Eres muy fuerte! — Esta vez es distinto. — dijo apretando los dientes. — Hay un casting importante. Resulta que leí el libro del que van a hacer el guion. ¡Soy clavadita a la protagonista! ¡Nadie más que yo, puede hacer el papel! ¡Necesito que me ayudes! — Los hermosos labios de Tracy, tan cerca de su rostro, húmedos de haberle lamido la piel mientras le hablaba. — ¿Puedes cuidarme?
9. Un bombazo. La prensa sensacionalista publicaría las fotos hasta el día siguiente. Antes de eso en el noticiario de la noche lo sacaron. La conductora levanto las cejas, sabiendo que era jugoso, sería tema de conversación por un tiempo. Fue en la sección de espectáculos. Sacaron algunas imágenes donde Tracy Blair aparecía sonriente tomada de la mano de una mujer alta de lentes obscuros, quien a diferencia de la actriz parecía incomoda por la atención de las cámaras. Las habían atrapado en el gran hotel, ese donde todo mundo sabía que se iba a comer o solo otra cosa más. Con una rápida investigación descubrieron que se trataba de Cora Davis, una empleada que llevaba tiempo con ella. Nada de una tórrida aventura. Al parecer ya tenían tiempo juntas. Las noticias sobre parejas como esa ya no escandalizaban como antes. Por si fuera poco, la actriz con esa sonrisa encantadora y al parecer aliviada por ser descubierta, hizo una declaración: — Les presento a mi novia Cory. La aludida, que no se lo esperaba se puso roja como doncella. Al público, al menos a la mayoría le encantó el gesto. Después ya entrados en tema, hablaron de la próxima película de Tracy Blair y una posible segunda parte de la película que la hizo saltar a la fama.
El camino y consagración de Clara. En video.
1. Minutos antes de la grabación.
El tan temido, el tan ansiado momento había llegado. Clara adquirió esa mirada de recelo, tan suya. Sus ojos claros se desviaban para de reojo prestarles atención a los cambios en la habitación. De pie en esa postura que resaltaba sus encantos, consecuencia de los tacones de aguja que con inesperada naturalidad portaba, la espalda recta, las largas piernas separadas de esa forma que destacaba las curvas de sus caderas. Cruzándose de brazos, haciendo que sus ya grandes pechos exaltaran aún más. — No empieces hasta que te diga. — Dijo tajante en un tono que no dejaba lugar a dudas. Leo asintió con la cabeza. De los tres en la habitación era el único con pantalones puestos, y aun así se sentía casi acorralado, tratando de no recorrerla con sus ojos, sin poder evitarlo, el hombro descubierto con la cinta de encaje del sujetador, los muslos sin nada encima dejando ver un poco más arriba el ajustado tejido de la ropa interior. Después de todo era su hermana.
Verla así era extraño, y pronto lo sería aún más. A Clara no parecía importarle su hermano con la cámara montada sobre el estabilizador, a solo un clic de grabarla en esas fachas. El sensual calzado, las ajustadas medias blancas que le llegaban por encima de las rodillas, eso y la delgada camisa por la que se trasparentaba la diminuta ropa interior. La chica sabiéndose admirada con sus labios recién pintados de carmesí, formo una sutil sonrisa. El perro Tony se paseaba de un lado para otro, olisqueado de vez en cuando los zapatos de su ama. Moviendo la cola. Esa mirada que intimidaba a bestia y hermano menor, indicaba que era ella quien estaba en dominio de la situación. — ¿Todo eso? ¿para qué es? — pregunto la chica, apenas moviendo un poco los ojos en la dirección de los objetos. — Los hice con los empaques de la tele y del refrigerador nuevo. Los forre con sábanas blancas… — se interrumpió así mismo, dándose cuenta que las explicaciones no parecen interesarle mucho a ella. — … son para reflejar la luz. Apuntan hacia la cama, harán que tu piel, que luzcas mejor. Cuando… ya sabes, tú y Tony… — Muy bien. — le interrumpió, pero esta vez se giró a los improvisados reflectores. Camino hacia el más grande, el que estaba sobre la silla. Nunca le había visto unos zapatos como esos, que la hacían caminar de forma tan insinuante. Tendría que haber practicado para moverse con tanta naturalidad. Dándole la espalda con una vista privilegiada del redondo trasero que se meneaba tan sensual con una línea del panti hundida entre las nalgas. Regresó después de mover el cartón, comprobando como afectaba la iluminación, aprovechando de forma sorprendente la luz que entraba por las cortinas. — Veo que hiciste tu tarea. Eso sonó casi un cumplido. — Leí el manual y todas las recomendaciones. Va a quedar bien. — Aseguro, aunque había hecho más que eso. Consultado cada artículo de fotografía digital y material que pudo encontrar. Hasta algunos consejos en un sitio de porno amateur en otro idioma que se tardó en traducir. — este equipo no es profesional. Pero es bueno. Clara cerro los ojos. — Entonces supongo que lo mejor será aprovechar la luz. Luego fue hacia el espejo. Empezó por el maquillaje, delineando con grandes manchas obscuras los bordes de sus ojos, extendiendo con los dedos. Después tomo un pincel, previamente puesto en pintura color plata, dejando una segunda capa de metálicos destellos, a modo de antifaz. Extendió la mano hacia la peluca… — Tal vez deberías, — trago saliva antes de decirlo. — Quitarte la camisa, digo no sea que se te atore con la peluca. Clara que ya la tenía en sus manos, se quedó un momento pensativa. Con el pelo recogido ya parecía complicado ponerse la peluca. — No importa, debe quedar bien sujeta. — Le contesta, pero de todas formas se pasa los brazos por la cintura y en un elegante movimiento arroja la prenda a un lado, quedando únicamente en ropa interior, igual que todo lo demás de blanco material. — ¿Qué tal? — girando para mostrarse. Todo blanco como sus dientes que adornaban su maravillosa sonrisa. Tan solo complementos que acentuaban el cuerpo tentador de su hermana. Con los tacones parece más alta. En conjunto con el maquillaje, realmente sería difícil reconocerla. Lo que tenía frente a si no era una hermana malhumorada y fría, era una diosa sexual. Una con un perro saltando a su alrededor. — Bi… bien. — Trato de decir. No dio muestras de entender o que le importara la respuesta. — Ahora me vas a grabar mientras hago el amor con el perro. — Dijo, haciéndole una señal para que comenzara a grabar.
2. Un mes antes.
A su hermana Clara se le habría tenido que olvidar que ese día su hermano Leo, salía de vacaciones. Solo había tenido que ir a la escuela para ver calificaciones. Lo cual no era extraño porque últimamente a ella no parecían importarle sus propias notas, ni mucho menos lo que hiciera el chico. Leo pudo haber ido con alguno de sus amigos, pero últimamente el ambiente que se vivía en casa lo tenía intranquilo. Eso y que en un gesto de culpabilidad sus padres le habían regalado un nuevo teléfono, y no le había podido instalar todas las aplicaciones que usaba. El aparato aún era nuevo y la cámara en alta resolución le invitaba a probar capacidades. Fue en su cuarto mientras probaba el aparato que escucho los ruidos que venían desde afuera. Tony el perro golden estaba como inquieto. Tendría que haber visto una ardilla o algo… solo que no ladraba. Más bien hacia otros ruidos como si chillara… tampoco era eso. Sonaba ansioso. Ya lo había sacado a pasear en la mañana. ¿Qué más podría ser? Por un momento temió que algo malo le pasara. No es que sonara así. No, para nada, pero mejor ir a ver, eso y las ganas de probar la cámara en exteriores. Saldría al balcón de la planta alta, desde el que se dominaba el patio amplio y las instalaciones del jacuzzi al aire libre. La casa era grande, sus padres se habían dedicado a hacer dinero, más que a su propia relación. No sabía que sería de la casa si es que se separaban. Unas risas. De una chica. Hacía tiempo no las escuchaba, pero supo que eran las de su hermana. La que había estado tan rara, fría y distante, descuidando hasta sus estudios. Solo una de tantas cosas que se estaban descomponiendo como el matrimonio de sus padres. Bueno, la verdad es que siempre fue muy orgullosa, mas desde que se había convertido en toda una belleza de larga cabellera. Pudiera estar descuidando tantas cosas, pero hasta el momento no su aspecto personal. ¿Qué es lo que estaba haciendo en casa a esa hora? En su escuela aún faltaba una semana para salir de vacaciones. No es que fuera raro que se saltara la escuela, solo que siendo tan guapa era como extraño que en lugar de irse a algún lado con sus novios vinera a casa. No es que se le conociera novio alguno. Solo que tan guapa y arreglándose tan bien que sería una locura que no lo tuviera. Permaneció donde estaba sin atreverse a salir por la terraza. La chica estaba en el patio, con Tony el perro. Otra vez esos sonidos que no eran ni chillidos ni ladridos. Ella decía algo en tono dulce sin que se le entendiera. Por un momento pensó lo peor, más de una vez había sentido miedo con la mirada fría de su hermana. Los hermosos labios apretados con desprecio. ¿Por qué así? ¿Por qué ver a alguien de ese modo? Con una especie de locura. Le vino a la cabeza que ella se pensaba sola en casa. ¿Y si no fueran imaginaciones suyas? ¿Y si se le hubiera zafado un tornillo? Luego dejando volar aún más su imaginación. ¿Y si le estaba haciendo daño al perro? Despacio, procurando no hacer ruido camino por la terraza. Buscando con los ojos en el patio. Recordando que el perro Tony había sido criado desde muy chico por Clara, sería imposible pensar que le hiciera algo. ¿verdad? No fue hasta que se fijó en el área del jacuzzi, sobre el piso de madera en una de las sillas de playa, que al verla desnuda con el perro Tony sobre ella, supo que se había equivocado. Al principio no entendió lo que estaba viendo. Se trataba de su hermana, sí. ¿Quién más podría ser esa chica de cuerpo de infarto y larga cabellera? A un lado estaban los jeans y esa camisa rosa que gustaba llevar en casa. Solo que no la estaba usando, ni eso ni la ropa interior. No era la primera vez que se le pasaba por la cabeza ver a su hermana desnuda. Ideas que enseguida apartaba de su cabeza, sin que en realidad pudiera apreciar nada a detalle desde esa distancia. Atrapado por el espectáculo, el chico se dio cuenta que en una de sus manos apretaba el teléfono. La aplicación de fotografía estaba corriendo, bastaría un clic para pasar a modo de video. No lo pensó. Tan solo en automático apunto el aparato y empezó a grabar lo que allí ocurría. Que aún no tenía muy claro lo que era. Su engreída hermana estaba desnuda. También estaba el perro. Tony, a menos que otro Golden parecido se hubiera metido a la casa y tuviera la confianza con su hermana como para estar sobre de ella. No es que solo estuviera sobre de ella. Estaban haciendo algo más. Eso es lo que le costó entender, lo que su cerebro se negó aceptar en primer momento. Un gemido de su hermana, pero a la vez nada parecido a ella, como sacado de los videos que todo adolescente saludable veía desde chico. Seguido de otro sonido más familiar. Chistó decepcionada cuando el perro se bajó de ella. — Ven, vamos, aquí — le dijo con afabilidad casi inexplicable, invitando a Toni a volver a intentarlo. ¿Intentar qué? Leo aun no sabía que era lo que iba a volver a intentar. Solo que su hermana estaba recostada en la silla de playa, completamente desnuda, boca arriba con las piernas abiertas, la piel blanca con los redondos pechos a la vista, bajo la luz del sol. Entre sus piernas el perro dio un lametón con su lengua rosa sobre la línea de rasurado vello púbico. — ¡AAaahhh! — gimió la chica, estirando las rodillas en direcciones opuestas. No fue un solo lametazo, siguió uno después de otro. Los ojos de Clara se cerraron a la vez que su boca se habría en expresiones de placer. Una de sus manos fue directa hacia la cabeza del perro, incitándolo a continuar haciéndolo. Crispando todos los dedos, en especial los de los pies que en el aire se agitaban. — ¡Dame perrito! ¡Lame más! Para ese momento Leo ya estaba entendiendo lo que ocurría. Con distintas equivalencias había visto cosas parecidas. En videos, entre seres humanos. No de esa forma. Por más que le costara creerlo, su guapa hermana, la que podría conseguir al hombre que deseara, se estaba dando placer con su propio perro. Concentrada en lo que hacía no le pasaba por la cabeza que la estuvieran viendo. Alguna vez se había topado con el inciso de zoofilia entre las muchas clasificaciones de material pornográfico. No se había atrevido a ver nada, tan solo hacer una mueca y tratar de comprender hasta donde podía llegar la gente. O eso pensó. Estaba pasando en su propia casa, frente a él. Tampoco parecía posible que alguien como su hermana hiciera o tuviera necesidad ni por dinero, ni por nada. ¿Entonces por qué? — ¡Toni! ¡Me gusta Toni! — decía Clara sacudiendo el cuerpo de puro gusto. Allí estaba la respuesta. Lo hacía por sí misma. Por satisfacción propia. Ciertamente a su hermana no parecían gustarle mucho las personas. Una belleza joven que fácilmente saldría en fotos para adultos o posando con ropa de marca para revistas de moda. Dejándose lamer por un perro. De alguna manera lucia tan bien o incluso más que en los casos anteriores. Lo estaba disfrutando. Ya era hermosa, ahora lucia simplemente increíble. El perro dejo lo que hacía, para tratar lo de antes, cuando estaba sobre de ella. Clara agitaba la cabeza con el deseo encendido, abrió los ojos y fue en ese momento que se dio cuenta que la estaban observando. También, por supuesto vio el teléfono apuntando hacia ella.
3. Comienza la grabación.
Un dedo que se deslizo sobre el interruptor, como una caricia sobre la cámara. Tan simple tan irremediable, los datos empezaron a fluir a la memoria digital, registrando el comienzo de aquel acto inmoral. Clara se palmeo suavemente en uno de sus muslos por sobre la media. Siendo la indicación para que el perro supiera que era momento de empezar. Su ama, su hembra pronto dejaría de estar en esa posición en dos piernas en que le era tan inaccesible. La chica sonreía. Algo que al chico se le hacía tan difícil en ella, pero al igual que con los tacones lo hacía con maestría. Leo apunto hacia ella dejando que la cámara testificara las curvas quebradas y la cintura tan delgada. Se dio la vuelta para enseñarse toda. Mostrándose como joya aparador. El objeto del deseo que sería entregado a los placeres con un perro. Uno que apenas podía esperar. Con gracia se sentó sobre sus piernas, extendiendo sus manos para mantener el equilibrio. Maniobra que debió aprender de las clases de ballet que había abandonado hacia algunos años. Quedando sobre la alfombrilla. Aun no era el momento de la cama. Antes del plato principal habría que degustar al perruno, ponerlo a punto. Así como con los tacones, prácticas y practicas la estaban llevando a donde sabía qué hacer y como hacerlo. Se palmeo otra vez, en el pecho haciendo que las tetas atrapadas en el sostén vibraran. Tony agudizo las orejas. Normalmente había que repetirle las indicaciones, pero no en esta ocasión, supo que debía ir hacia ella. Se dejó acariciar por las manos que le habían cargado cuando era un cachorrito. Las que ahora le obsequiaban de otra forma, pasando por el lomo y bajando hasta las patas traseras. Le dedico un atisbo a su hermano, o más bien a la cámara. Quien no recordaba que le hubiese sonreído tan radiante desde hacía tiempo. Luego siguió con esas caricias indebidas, las que se suponía ninguna chica debía dar a su mascota. Al principio con lentitud, susurrándole al perro, tranquilizándolo, recordándole que debía de permanecer quieto. — Así Tony, así. — Dijo la chica. El perro expectante trataba de permanecer quieto, soltando algunas lamidas que por la posición apenas tocaban la piel de su ama, haciéndola estremecer a cada leve roce. Poco a poco fueron escalando. Deslizando el cuerpo completo como una serpiente, lisonjeando al can con los magnos pechos. El encaje susurraba al deslizar por la piel peluda. Empujándolo y a la vez reteniéndolo con las manos. Leo se acercó un poco, para cambiar el encuadre de la cámara. La chica sin mirarlo por un momento adquirió una expresión irresoluta, como si dudara. La estaban plasmando, en una situación sexual con un macho de otra especia. De la mano de su propio hermano. Tal vez fue lo que pensó, o solo recordó el guion que ella misma había hecho. “Primero se debe empezar por los besos” — es lo que había dicho sin aclarar nada, sin que Leo tuviera idea de si sería posible o no. Se acomodó frente al perro sin dejarle de acariciar entre las patas. Este teniéndola a su alcance comenzó otra vez con los lengüetazos. Con rostro de encanto acepto las lamidas, dejando que le pasara por toda la cara, dejándose los labios. Saboreando. Entonces abrió la boca.
4. Semanas antes.
Cuando la vio de pie junto al marco de la puerta de su cuarto, supo que no había escape. No había hablado con ella ni sabido cómo hacerlo. Al perro parecía darle igual, pero él no podía mirarlo sin recordar lo ocurrido. No es que la hubiera evitado, simplemente el uno había desaparecido al otro como por arte de magia en esos días. Leo tenía la esperanza de que hubiera pensado las cosas. Solo que no había mucho que pensar. Su hermana se dejaba lamer por el perro, no como otras chicas, de forma sexual con las piernas abiertas y no solo eso, revisando la grabación estaba claro que la lengua en el sexo de su hermana no era lo único que habían tratado. En esos días había buscado información en la red, queriendo entender lo que pasaba. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo decirle que la verdad no le importaba? o más bien le importaba más su hermana que lo que hiciera con su perro. Las cosas ya estaban raras como para que empeorasen. Haría como si lo olvidara, y si la situación regresaba a como estaba, pues se daría por agradecido. ¿Cómo decirlo? — Hola. — fue lo único que se le ocurrió. Clara permanecío con la mirada gélida y los labios apretados. Las pupilas parecían dilatarse, en reacción a los espinosos pensamientos que le estarían cruzando por la cabeza. Acomodo el rostro contra el marco de la puerta y cruzo los brazos como siempre. Ninguno de los dos aún era consciente de que se trataba de un código entre ellos. Ella, una constante en su vida. Descubrir esa faceta lo dejo impactado, pero haría hasta donde fuera humanamente posible por superarla. Tenía que decirlo. Ya presentía que no sería ella quien hablase. — No tienes que preocuparte… Yo… yo no voy a decirle a nadie… de eso que paso… yo… no vi nada estaba lejos, no entendí, no supe si… — las palabras se le enredaban siempre que hablaba con su hermana, a pesar de ser un año mayor que ella, estaba claro quien intimidaba a quien. — De ser posible… quisiera… — dudo en decirlo, ella lo miraba con atención, pero sin reacción alguna, de todas maneras, lo dijo. — ayu… ayudarte. Como respuesta la chica cerro los ojos, para luego suspirar, como si el que hubiera hecho algo innombrable fuera él y no ella. Los labios torcidos en gesto de impaciencia, cuando levanto los parpados solo fue hasta la mitad. Las pupilas hacia la izquierda, derecha y luego se fijaron en él. — ¿Tienes el video? — pregunto. Asintió con la cabeza. Si lo dejo en el teléfono fue con la idea de mostrarle como lo eliminaba de la memoria. — ¿Lo viste? — esta vez dio un paso hacia él. Leo que lo había repasado al menos cien veces y eso solo el primer día, supo que no importaba lo que respondiese. Clara avanzo, recta y determinada. Tan cerca de su hermano para que este pudiera olerla recién bañada. Aun sin saber que contestarle, ella lo sorprendió con otra pregunta. — ¿Quedo bien? — esta vez fue claro que la pregunta era realmente eso, nada de ironía, ni reproche, tan solo un genuino interés. Tomado por sorpresa Leo tomo el teléfono y lanzo el reproductor de video. Hasta el momento el único que había tomado. En automático le paso el aparato sin saber si volvería a ver su dispositivo. Esta lo sostuvo frente así, observando atenta. Por un momento dejo de ser la orgullosa princesa para ser solo una chica que, sin poder ocultar su fascinación, miraba hipnotizada el pasar de las imágenes. Las bocinas del aparato reprodujeron sus propios jadeos. Aunque sabía que su hermana no era de explotar, ni de aventar las cosas, por un momento la preocupación por el teléfono paso a segundo término. Se creía preparado para ello. Lamento no tener otro aparato para capturar la expresión atenta de su hermana con los ojos abiertos para dejar pasar mejor el fluir de los fotogramas en su cabeza. Sorprendentemente le regreso el aparato. Más aun cuando con voz casi calmada dijo: — Envíamelo. — lo estaba pidiendo, no exigiendo. Luego agrego en un tono poco común en ella. — Quedo bien.
5. Los labios en la grabación.
De entre sus labios rojos salió la lengua de Clara mientras avanzaba el rostro. El perro extrañado permaneció con el hocico cerrado, mirándola con pasmo, mientras ella pasaba la punta sobre los labiales del canino. Levanto una mano poniéndola con suavidad a un costado de la cabeza peluda, sin sostenerlo realmente, apenas tocando. Como se toca a un amante. Tony primero en tímidas lengüetadas probo a su ama, apenas con la punta. Sabiendo que tenía que tener permiso para eso, al no encontrar reticencia pronto empezó a responder. Al poco las lenguas se enfrascaron, dientes contra colmillos. Solo la boca de ella era capaz de succionar y lo hacía tanto como le era posible sobre la lengua rosada, con avidez en los rincones de las fauces abiertas. Así era el beso que había mencionado. Tanto como podía ser entre dos anatomías tan distintas. Frecuentemente acomodaban las cabezas buscando mejor ángulo para las relamidas. Se separaban y volvían acercar sus bocas. — Bésame. — decía la muchacha en endulzada inflexión. — Bésame. El perro la buscaba nuevamente para lamer la boca de su ama, tanto para que sus paladares intercambiasen líquidos. En ningún momento Clara pareció disgustar de ello, al contrario, los labios en abierta sonrisa invitaban al animal a probarla toda. Leo acomodaba la cámara para seguir la acción. El estabilizador compensaba adecuadamente los movimientos. Así como el lente absorbía los detalles de aquel beso bestial y como la pareja disfrutaba. La chica con los ojos entrecerrados, ya de lado sosteniéndose con un codo se impregnaba alegremente del hocico del perro Tony. — Bésame. — repetía con voz melosa. Cambio de pose, conduciéndolo con sus caricias hasta que quedo en el piso boca arriba. Sobre de él con los redondos pechos aplastándose contra el pelaje. Inclinada, hundiendo sus labios en las fauces caninas. Nuevamente una de sus manos bajo hacia las patas traseras. Donde con sus dedos adornados con uñas pintadas, (también de blanco) constato como ya se podía sentir una dureza bajo la piel que en esa parte se tenía con pelaje más corto. Aun no se dejaba ver. Leo sin decidirse a enfocar en una u otra acción, abrió el encuadre para captar los cuerpos al completo. Clara levanto el rostro mirando complacida al can bajo de ella, concentrándose en acariciar la parte que más le interesaba. El animal permaneció contemplándola, con la lengua de fuera. Al corriente de los beneficios que estaban por venir, de los cuales lamerse en la boca solo era una parte. El rosado órgano asomo al poco con ayuda de los magros dedos que tan hábilmente desataban los innaturales deseos. La chica con su otra mano acomodo los dedos. Seña de que quería que le enfocase el rostro. Su hermano lo hizo al momento. Justo para captar como pasaba de cerrar los labios, a saborear con la codicia de un suculento plato servido. Para luego abrir una vez más y bajar hacia el miembro duro del perro.
6. Semanas antes.
Clara traía una bolsa de la que extrajo primero el empaque de la cámara tipo go pro, y luego el estuche del estabilizador que puso sobre la mesita de la sala, donde segundos antes el chico se encontraba viendo una película. Al lado de ella el perro Tony como su sombra inseparable. — ¿Qué te parecen? — le pregunto sin demostrar lo nerviosa que estaba. Leo tomo los empaques que aún estaban sellados. Algo había leído de aparatos de ese tipo. Examino las especificaciones, el que más le llamo la atención era el estabilizador, semejante a un bastón que serviría para que las tomas no saltaran llevando la cámara en mano. — Guauu. No es equipo profesional, pero es bueno y esta nuevo. ¿De dónde los sacaste? Clara hizo un gesto con la mano, descartándole importancia al asunto, luego giro la cabeza con elegancia, como si hubiera descubierto algo interesante a lo lejos, aunque mirase a la pared. En pans y chándal, vestimentas recatadas que últimamente lucia en casa. — Por favor no me interrumpas. — dijo y luego se aclaró la garganta. Siempre contradictoria se le quedo mirando un rato en silencio. Leo puso los empaques sobre la mesa, indicándole que tenía toda su atención. — Dijiste que me ayudarías. — empezó la muchacha, sin ocultar cuán difícil le costaba hablar sobre eso. Le había mandado el video, sin saber si eso mejoraría las cosas, lo de la ayuda la verdad es que había querido decir que era para buscar un psicólogo, o algo parecido. — El video que me tomaste. — continuo apenas audible. — quedo muy bien. ¡No debiste hacerlo a escondidas! Pero quedo bien. — por un instante levantó la voz sin parecer muy enojada. — Estos aparatos son para hacerlo aún mejor. — agrego muy lentamente. A la vez que bajaba una de sus manos para acariciar la cabeza del perro, indicando a que se refería. Leo abrió la boca. — Clara, eso no… — No interrumpas. — le repitió esta vez de una forma más común en ella. — Tampoco me hagas repetirlo. — recobro esa inseguridad que revelaba lo difícil que le resultaba decirlo. — Si es enserio eso de ayudarme, entonces estudia cómo usar esto, que quede mejor. — Guardo un momento pensando en que decir a continuación. — No solo en eso. Quiero que me grabes con Tony, pero aun no. Con la boca abierta Leo continúo escuchando. — También necesito que me cubras. Aun me falta para llegar al nivel que quiero, antes de mostrarlo. Que me avises si alguien llega, para que pueda practicar con calma. Hasta ahora no he logrado mucho más que lo que ya viste, necesito mejorar. No es así como así. Clara se abrazó a sí misma y volteo suplicante hacia su hermano. — ¿Me ayudaras?
7. Sigue la grabación.
Rojo, surcado de húmeda carne, el reluciente miembro del perro contrastaba con la piel blanca de los dedos de la chica. La resolución del video permitiría ver hasta las venas oscuras que le surcaban. Captado el momento en que los labios de Clara entraron en contacto con la punta seudo triangular del pene animal. Primero lo roso con el labio inferior, deslizándolo levemente hacia los lados, como aplicándose un obsceno lápiz labial. Sobando suavemente en círculos, dejando que entrase hasta el interior del labio, casi tocando las encías. Sobra decir que para ese momento del maquillaje de los labios apenas quedaban restos, algunos por las mejillas. Lo poco que quedaba era dejado en la parte más inflamada de Tony el perro. Formo una U con la lengua, como dando forma para alojar al cilindro de carne, que de poco fue introduciendo en su boca. Solo la parte superior, sin prisa, jugando. Saboreando a manera de un caramelo. Haciendo pequeños círculos en la textura de su lengua como hizo con los labios. El encuadre es tan cerrado que solo cubre el miembro inflamado y los labios que le miman con dulzura. Se abre un poco para inmortalizar las miradas coquetas en esos ojos rodeados de pintura color plata. No por primera vez pensó en lo abrumadoramente erótica que podía ser su hermana. Lo inconsciente de sus verdaderos encantos. Leo contra todos sus instintos siente como le aprieta la ropa interior. Es su hermana y en ese momento debe concentrarse en manejar la cámara lo mejor que pueda. Por dentro la maldice por ser tan bella, tan deseable, pero logra enfocarse, así como el foco electrónico mantiene nítida la escena. Cambia de ángulo, cubriendo las tomas que venían en el “guion” y que se ha aprendido de memoria. Fascinado por lo que ocurre, e impaciente por lo que sigue.
8. Unos días antes.
Tardo un tiempo en darse una idea de lo que le había dicho su hermana. Eso del “nivel” que deseaba mostrar. En aquel primer video accidental el perro Tony había tratado de penetrar a Clara, sin haberlo conseguido. No lo relaciono hasta que se vio haciendo guardia mientras ella “practicaba”. No es así como así. También dijo. Jamás habría pensado que para eso se necesitaba práctica o algo así. Ella que había tomado el valet con seriedad, sí que sabía a qué se refería. Así que practicaba. Estando solos, ella buscaba al chico como siempre mirándolo sin hablar con las cejas juntas como enojada, cruzando los brazos. En esa ropa deportiva que se había convertido en otra de sus características. Leo se daba cuenta de las ventajas que ofrecía la ropa esa, sin seguros ni nada que abotonar, algo que se podía poner y quitar en instantes. — ¿Cómo vas con lo de la cámara? — le pregunto. — Mas que bien, no es nada difícil de usar, solo apunto y tengo cuidado de usar los controles de la pantallita. — Era un poco más complejo que eso. En verdad para conseguir buenas tomas tendría que desactivar los controles manuales y hacerlo todo a mano. Pensó no tenía caso explicarlo. El por su parte también practicaba. Sin saber muy bien cómo, se había metido en eso que pintaba para ser el primer y fatal error de su corta vida. Algunas veces había fantaseado como todos en eso de ser cineasta y filmar películas, sin saber qué tipo de futuro le esperaba como cómplice de las extrañas costumbres de su hermana. Porque en esos días eran tan frecuentes que eso eran, costumbres. — Voy a subir con Tony, así que por favor avísame si alguien llega, en caso necesario entretenlos tanto como puedas. — decía siempre mirando hacia otro lado. Se daba la vuelta y subía o se dirigía a su cuarto, dependiendo donde lo encontrara. Siempre con el perro pegado a sus piernas. Entonces, también dependiendo de donde se encontraba, empezaban los ruidos. Estando las habitaciones una al lado del de la otra, escuchaba. Sin poder evitar que su imaginación tratara de reconstruir lo que estaba ocurriendo. Cosas que se reacomodaban o jalaban. Actividad como de ella caminando de un lado a otro. Los pasos secos que el día de la grabación sabría que se trataba de ella probando los tacones de aguja. Luego los otros ruidos. Los que eran suaves y los que eran casi violentos. Ladridos y chillidos del animal. Risas de ella y por supuestos suspiros. El placer de su hermana mientras se aplicaba en ese proyecto extraño. Nada le costaba al chico cerrar los ojos y que su hermana apareciera desnuda. Con ese cuerpo sensual haciendo algo con el perro. Quizás con las piernas abiertas. Lo peor es que se tenía que quedar allí sin poderse concentrar en nada, solo esperando a que nadie llegara de improviso. Escuchando lo que pasaba. Los movimientos que a veces cobraban ritmo al compás de los jadeos. ¿Cómo se había metido en eso? A veces bajaba a la planta inferior para escuchar menos. Tampoco es que pudiera encender la tele para que el sonido le impidiese escuchar que alguien viniera. Se daba vueltas por la sala y casi siempre acababa regresando. Sin más remedio que pegar la oreja a la pared. Con algo de suerte escucharía la cama crujir. A Clara gritar blasfemias inconfesables. Tal vez fueran sus imaginaciones, pero sonaba como si estuviera mejorando.
9. Más de la grabación.
Bajo los labios con gracia hasta cubrir la mitad del miembro, que había crecido tanto como para intimidar. ¿Dónde escondía tanta cosa? Subiendo el ritmo, sosteniendo con habilidad la base del pene del perro, mientras con la otra se acariciaba entre las piernas. A veces el perro forcejeaba, participado en el entrenamiento o no los instintos le estaban ganando. La naturaleza le llamaba en algo que no fuera tan pasivo. Leo tenía instrucciones de no intervenir ni ayudarla de ninguna forma. Tendría que ser ella sola y lo que pudiera hacer con su mascota. Lo que ella llamaba “autentico”. Una relación sexual real con un animal sin nadie más que interviniera. Pensando en la idea, el chico hasta había hecho tomas previas para saber dónde colocarse y donde no, para no salir reflejado en el espejo, ni siquiera como una sombra. Se sintió culpable por no haberse preparado aún mejor, conseguir un par de reflectores de luz eléctrica. Aun si le estaba gustando la calidad del material que estaba grabando. La piel de su hermana lucia estupenda, casi la mitad de espectacular que verla en la realidad. Con entusiasmo Clara siguió mamando, sabiendo controlar al perro. No fue que se levantó hasta que considero era el momento. Al hacerlo su sonrisa se vio adornada con los fluidos trasparentes que le había dejado el pene al tenerlo entre sus labios. Era increíble la cantidad de líquido que podía derramar el perro, y eso que realmente aún no se había venido. Un par de hilos brillantes le bajaban por la fina barbilla, pasando por el cuello hasta cruzar uno de sus pechos. Partes que era momento de liberar. Le hizo la seña para que la tomase entera mientras se desprendía de las prendas que no tenían lugar en lo que vendría. De pie haciendo equilibrio con los zapatos se pasó los dedos por el elástico de las pantis, que sin ser de encaje se le ceñían como segunda piel. Deslizo los pulgares por las líneas laterales y empezó a bajar, pegándose a ella como negándose a desprenderse de esa piel, de esas partes. Descubriendo poco a poco el sexo de su hermana. Al bajar a los tobillos Clara se sentó en la cama, levantando con elegancia una pierna después de la otra para deslizar la prenda fuera de sus pies y arrojarla hacia la cámara. Cayo a los pies de Leo. Sin apartar la cámara de su objetivo, este miro que las pantis estaban húmedas en el centro. Una de las medias blancas se le había rasgado. Clara separo las piernas mostrando sin reparo el sexo desnudo, sabiendo exactamente como debía de verse. El rostro radiante de quien disfruta ser admirada. Se palmeo sobre los labios vaginales, en seña para que el perro fuera hacia ella. Este ya estimulado por los aromas de su ama, la olfateo entre las piernas pero enseguida trato de subirse en ella, igualando la altura con su tremenda erección. Lo bajo con una mano mientras con la otra tanteaba el broche del brasier. Tony subía con ansias y ella lo bajaba, con calculados movimientos. Con una sonrisa perversa finalmente libero sus redondos pechos, que saltaron al aire y recibieron un par de lametones mientras el perro trataba nuevamente de subir. Los pezones ya rígidos subieron y bajaron con suavidad. Leo tenía el rostro lleno de sudor. El perro se separó un poco. Ladro frustrado. Sin que nada en la expresión de Clara le indicara que hiciera otra cosa que la que le estaba indicando, palmeándose otra vez sobre el pubis. Moviendo apenas las caderas, invitándolo sin darle opción. Trato una vez más de subirse en ella y después de un momento, resignado empezó a lamerle entre las piernas. Clara no se quedó quieta, levanto una pierna estirada con el fino tacón apuntando casi al techo, abriéndose más para darle acceso. ¿Era su imaginación o estaba subiendo la temperatura en el cuarto? Pensó Leo. La habitación de las visitas que había acondicionado para la ocasión. Más tarde comprobaría que el pequeño micrófono que apuntaba hacia su hermana, gravo con sorprendente fidelidad los sonidos, desde los lametazos sobre la piel sudada, los labios escurriendo sobre la verga canina, hasta las uñas que trataban de tomar soporte sobre la cama. Porque allí se dirigían. Al centro de la cama. Sin dejarlo hacer otra cosa que lamerle el sexo, Clara se acomodaba y reacomodaba entre la cama que chirriaba con el peso de ama y bestia Clara también estaba en el límite de lo que sus ansias le permitían. En algún momento los zapatos con tacones de aguja se le habían salido de los pies. Entre lamidas y posiciones fue que quedo sobre sus manos y rodillas. Tony lamiéndole por detrás, se dio cuenta que su ama ya no le impedía lo que sus instintos animales le urgían atender a toda prisa. Sin importar que no fuera una hembra de su especie, ofreciendo las amplias y suaves caderas. Estaba dispuesta a recibirlo dentro. Sin nada más que impidiese el acto sexual entre chica y perro. Leo supo que había llegado el momento. Su hermana le había advertido que la parte que venía podría no durar mucho y que se tendría que asegurar de captarla en toda su gloria.
10. Un día antes.
La sesión debió ser intensa, duro más de lo normal. Eran vacaciones y supo nadie vendría, si acaso un vendedor, al que podría despachar con rapidez. Así que bajo a tomar leche helada y hacerse un sándwich mientras esperaba a que terminaran. Ya sea por los placenteros sonidos o por la frecuencia de las practicas, supo que ya estaba cerca el momento de… … de hablar con ella y de una vez por todas terminar con esa locura, antes de que las cosas llegaran demasiado lejos. Solo que por los gritos de su hermana la situación ya había llegado a un punto sin retorno. ¿Podría dejar de hacer eso a lo que le había agarrado tanto gusto? Regresar a ser una hermana normal. ¿Alguna vez había sido normal? Incluso en el improbable caso de aceptar lo que hacía. De pensar algo como: Es su vida y puede hacer lo que quiera. Mirar hacia otro lado era muy distinto a grabarla haciéndolo con el perro. Tan guapa como era, de tantas opciones posibles. ¿Por qué? ¿Por qué, porque porque? Lo peor del caso, lo más preocupante es que la situación lo estaba cambiando. No solo no sentía repugnancia por la situación, si no que realmente quería verla. ¡Su propia hermana! No podía negar la insana curiosidad por ver el resultado del entrenamiento que día a día pasaba en la habitación al lado suyo. Ya pensar tanto en ver a su hermana desnuda era algo inconfesable, mil veces peor el quererla ver fornicando con su perro. Escucho los pasos en las escaleras. Clara bajaba con los pies descalzos. Esta vez no tenía la sudadera, tan solo una camisa larga que apenas le llegaba al comienzo de los muslos. Cuando entró en la cocina, lo hizo con su caminar digno, con señas por todas partes de lo que había pasado entre ella y su perro; la piel cubierta de sudor, con pelos pegados por todas partes, gotas bajándole por las mejillas con el pelo desaliñado. Otros fluidos de no tan definida procedencia le mojaban entre las piernas. También los aromas de hembra satisfecha, los de su hermana llevada los placeres del lado obscuro. Eso y por supuesto el rostro relajado lleno de insana satisfacción. Sin pedirlo tomo el vaso de leche que Leo se había servido y se lo empino en largos y sonoros tragos, dejando que hilos blancos se le derramaran por el cuello, empapando la delgada camiseta que de todas formas no ocultaba demasiado. Teniéndola tan cerca se podía apreciar que no tenía nada por debajo. El punto positivo si es que había alguno, es que ella ahora confiaba en él. Confiaba demasiado. Los degenerados hábitos de su hermana los estaban acercando. De una forma extraña. Dejo el vaso vacío para ir al refrigerador. Se inclinó buscando la botella para seguir bebiendo. Al hacerlo la camisa se le levanto, confirmando en el glorioso culo desnudo, la ausencia de ninguna otra prenda. Sin cortarse, desenfadada bebió directo de la botella, hasta que la barbilla le quedo cubierta de blanco líquido. Se trajo el recipiente y lo puso sobre la mesa mientras se sentaba al lado de su hermano. — ¿Y Tony? — pregunto sin saber que decirle a una hermana en tales fachas. — Se quedó en mi recamara. — contesto mirándolo con complicidad. Se pasó la lengua por los labios y luego agrego. — Mañana es el día. — dijo sonriente, los labios húmedos de lácteos y quien sabe que cosas más. A Leo se le hizo piel de gallina de solo pensarlo. De susto y gusto en medidas difíciles de comparar. Hablarle sobre detener esa locura en ese momento no parecía buena idea, no viéndola tan contenta. No cuando parecía que finalmente había alcanzado el nivel ese que tanto buscaba. Pero si no lo hacía en ese momento tal vez ya no hubiera oportunidad. — Clara. — dijo con voz firme, dispuesto a ser la voz de la razón. Los ojos de la chica se fueron abriendo conforme le fue expuesto el sermón, de su cómplice, su protector, su hermano. Palabras que poco a poco fueron adquiriendo fuerza. Temas como lo que estaba haciendo con su vida, la moral y hasta la salvación de su alma. La Clara de hacia solo unas semanas habría hecho oídos sordos, solo que ya no podía, no de algo tan serio, ni de la persona que le hablaba. Leo en heroico estoicismo, logro decir más o menos lo que se había estado guardando. Al final cuando ambos quedaron en silencio no pudo evitar fijarse en ella, fascinado por verla tan vulnerable. Eso y los magníficos pechos expuestos por la leche que le trasparentaba la camisa.
11. Lo mejor de la grabación.
Una última lamida sobre las ya lubricadas partes de Clara, mientras acomodaba manos y rodillas en el centro de la cama, unos centímetros adelante otros atrás. Concentrada y ansiosa, su cuerpo, lo que hiciera con el perro, sus gestos y todo lo que estaba ocurriendo era registrado en la memoria de la cámara. Eso daba una textura muy especial a la situación. Tony subió sus patas delanteras, sobre la blanca superficie del redondo trasero que estaba servido para la ocasión. En los días anteriores había repasado tantas veces como hacerlo, pero los instintos inflamados como su miembro le ganaban a cualquier disciplina que hubiera podido lograr. Tan fácil, su ama la ahora hembra ofreciéndose en esa pose que todo perro reconociera de su especie, traspirando los aromas que había aprendido a identificar como señal de apareamiento. Un par de movimientos pélvicos perrunos en los que solo llego a restregar el miembro en los muslos de la chica, para luego perder el equilibrio y bajarse de ella. Ansioso, le dio una vuelta la fémina que permaneció en la misma posición sobre manos y rodillas. Moviendo la cola, dejando escuchar la respiración acelerada de bestia. — Vamos, ¡Vamos! Hazlo Tony. — lo apremiaba con voz melosa. Ávida, girando la peluca plateada al seguir los movimientos del perro. Reacomodo las extremidades, a penas a tiempo para que nuevamente tratara de subírsele encima. Las patas entre la cintura y la pronunciada curva de la cadera. Esta vez al empujar en ella, la cosa roja se adentró sin problemas en las redondas posaderas. Por alguna razón se bajó, para rodearla nuevamente. “Normalmente no atina hasta la tercera o cuarta vez” había anotado Clara en la especia de guion donde le explicaba paso a paso lo que haría con el perro y lo que deseaba saliera en las tomas. Así que el chico estaba preparado, sabiendo que vendría la buena. Fue cuando Leo tomo el teléfono en su bolsillo. Al que le había deshabilitado las llamadas para ponerlo justo bajo los flancos de humana y perro. Siendo nuevo el aparato era la segunda mejor cámara que tenían y quería unas tomas cerradas de los dos sexos que se unían. “Solo durara un poco, asegúrate de grabarlo todo” también le había anotado. Una vez más las patas en la curva de la cadera. Lugar en que parecía acomodaban a la perfección, como si tal parte de su anatomía fuera especial para el propósito. El perro Tony metió nuevamente el miembro en las nalgas de Clara, y enseguida empezó en vaivén que comenzaba en las patas traseras del animal, hasta los rasgos descompuestos en placer del rostro de la chica. El pene que entraba y salía de ella, en una o dos embestidas con lentitud, mientras ambos se ajustaban antes de empezar el verdadero mete y saca. Chica y bestia ya afianzados, el lomo peludo descansando sobre la limpia espalda, los cuartos traseros del animal pegados a las nalgas, los delanteros sobre la cintura. El perro empezó a cabalgar a Clara. Toda ella se estremecía. Carne de culo y muslos ondulaba al empuje del perro enfrascado en penetrarla. Los pechos colgando balanceándose a merced de la pasión desatada. El vocabulario de la chica se redujo a una única vocal, la primera del alfabeto. Que al instante se alargaba subiendo de volumen, transformándose en lo que era un gemido de placer. Leo apretó los dientes, manteniéndose firme mientras la electrónica almacenaba el audio y video de lo que allí estaba sucediendo. Los gemidos de placer de su hermana, esta vez sin apagarse entre las paredes, los que había escuchado tantas veces cobraron sentido en lo que estaba contemplando y registrando. En esa misma habitación, a solo unos pocos pasos. Casi sintiendo la vibración en el aire. Una tortura, también recompensa verla así. Su hermana Clara, la tan orgullosa, la mal educada, la hermosa, llena en toda su escultural anatomía por un perro que se la estaba follando. Tenía que admitirlo, lucia hermosa en ese nivel al que le había llevado los diarios ejercerés. No le había bastado con ello, hacerse amante de su propia mascota, encima de involucrar a su hermano para plasmar el acto bestial. Fueron unos minutos en los que las bolas del perro rebotaban en las nalgas ya cubiertas de los líquidos que lubricaban la dura herramienta. La feminidad absorbiendo frenéticas envestidas. A por todas llevando las sensaciones hasta la mirada descompuesta en éxtasis. Mostrándose no solo apareándose con un animal, su cuerpo, su verdadera forma. Tal como había escrito, la acelerada penetración duro apenas lo justo, el objetivo de los canes era introducir la abultada base del pene en sus hembras, para una vez echo derramar sus jugos con cierta calma que no era precisamente compatible con las necesidades de una hembra humana. Clara se sintió decepcionada en un principio, al descubrir que todas esas historias de perros que incansables fornicaban con sus amas por grandes periodos de tiempo. Todas falsas. La sexualidad de ambas especies había seguido caminos diferentes. Eso no significaba que no hubiera forma de compensárselo. Para realmente disfrutar, llegar al éxtasis con un perro se necesitaba más que solo dejarse hacer. Ser poseída y también poseerle. El aspecto físico y psicológico de hacer algo tan prohibido. Cuando refreno sus movimientos, Clara apoyo el rostro contra las sabanas, liberando sus manos para sujetar al perro, manteniéndolo sobre ella. En esa nueva pose levantaba las caderas, apretando las piernas para apresar el pene en sus entrañas. De haberlo intentado el perro Tony se habría liberado, pero estar así, unido con su hembra era precisamente lo que buscaba. Con una pata al aire se dejó capturar por las suaves carnes que disfrutaban a plenitud de la verga incrustada. Mientras la chica deslizo una de sus manos, que como serpiente empezó a ensortijar sobre la parte donde terminaba ella y empezaba el perro. Provocándose el placer a sí misma, a la vez que estimulaba la base del órgano animal dentro de ella. Esa fue la mayor parte del acto, en aquella extraña posición, ensartada mientras movía las caderas, levemente por sí misma, hasta que la aplastante excitación la hizo tensar el cuerpo en el esperado éxtasis, mientras el perro que había estado derramando sus jugos en esa inmovilidad la empapaba por dentro. Clara con la piel pegajosa de sudor, abandonada en el orgasmo, se dejó ir laxa, mientras el animal liberaba su herramienta, seguida de los líquidos que en hilos desbordaban por sus muslos. El perro Tony, como agradecido le regalo algunos lametones en ese lugar donde hacia solo unos instantes había invadido en bestial lujuria. A cada una, nuevos gemidos, sensible como estaba con el sexo enrojecido se vio invadida por mas espasmos. Su hermosa hermana, llena de placer y fluidos animales que le escurrían. Leo como cualquiera que se ha preguntado por esa idea vaga de lo que es la normalidad, supo que su hermana ya no pertenecería a esa categoría.
12. Una noche antes.
No podía pensar en otra cosa, que no fuera la plática, el regaño que había tenido con su hermana en la mañana. Ya obscureciendo bajo a ver la tele, sin poderle poner atención. La chica se había encerrado en su habitación sin siquiera bajar a comer. Fuera por ese o cualquier motivo, lamentaba perder esa especie de cercanía, o dependencia que había compartido con ella. La escucho bajar por las escaleras, por el sonido supo que estaba descalza. Cuando entro en la sala la vio vestida con normalidad, el pelo recogido y esos lentes que solo usaba cuando estudiaba. Que hacía tiempo no le veía. Se paró frente a él, tapándole la pantalla. Se notaba que tampoco la había pasado bien en esas horas. En las manos tenía unas hojas que arrugaba entre los dedos cerrados. Se las tendió casi temblando, como si le costara hacerlo. En cuanto el chico las tomo, ella se sentó a su lado. No le gustaba verla así, casi preferible que regresara a ser esa chica malhumorada, pero segura de sí misma. Se fijó en lo que había en las hojas de papel. Al principio sin entender. Como título tenía una línea que decía. “Así debe quedar.” En la irregular pero clara letra de su hermana. En cuanto fue leyendo, se fue asombrando en medida en que iba entendiendo de que iba. Se trataba de una descripción de cómo debía hacerse el video ese. Lo sorprendente no era que ella creyese que iban a seguir con eso, lo era la forma ingenua, pero a la vez concisa y descaradamente clara de expresarlo. Lo que tenía en las manos era un guion. Uno para un video porno de zoofilia. Descripción de las situaciones paso a paso, ángulos y encuadres. De cómo, en que pose y por dónde. Ilustrado con dibujos de palitos y bolitas a modo de story board, que parecían hechos por un infante de cinco años o menos. Pero totalmente comprensibles. Al perro Tony se le distinguía por estar dibujado en cuatro patas. En los últimos cuadros se veía que no sería el único. Anotaciones al margen de tomas y encuadres. Leo no supo que pensar. Había visto como le había afectado la charla en la mañana. Sobre todas las cosas que podrían salir mal. Al parecer pensaba continuar con lo planeado. El punto final sería decirle que no esperase la ayudara. Detener esa locura, de ser necesario por la fuerza. Solo que… El “Guion”, resultaba cuando menos curioso. Su hermana tendría que haberse esforzado imaginando las secuencias. Mientras más lo miraba, más le encontraba sentido. Si bien se había concentrado en estudiar cómo funcionaba la cámara, la verdad es que no tenía nada claro mas allá de apuntar y enfocar. El documento, por que ahora se daba cuenta que lo era. Aclaraba hacia donde tenían que ir las cosas. Explicado al detalle con instrucciones que creía poder seguir fácilmente. Trago saliva mientras como hipnotizado repasaba algunas de las anotaciones. “Enfócame a la cara, la boca, la punta cuando lo chupe” “Antes de meterlo se subirá tres o cuatro veces” “Cuando empiece a moverse solo durará unos minutos, asegúrate de tomar todo de un tirón” A cada texto un diagrama, primitivo pero claro. Cuando despego los ojos de las hojas miro a su hermana. Callada como siempre, pero llena de emociones que le pasaban por la cabeza, algunas veces parecía formar palabras con los labios. Empezaba, se arrepentía, callaba y volvía a intentarlo. — Hermano. — dijo cuándo los ojos amenazaron con llenársele de lágrimas. Un largo momento en que permaneció así, vibrando. Leo no habría imaginado abrazarla para consolarla ni nada parecido. Clara fue recobrando la compostura, apretando los labios. Juntando poco a poco las cejas en una expresión que era más suya. Sentada como estaba cruzo los brazos bajo sus pechos. Fue ese el momento en que dejo de temblar. Acerco su rostro hacia el chico, tan cerca como para que ambos pudieran respirarse. Por un momento pareció que lo iba a besar. Entonces dijo algo que de alguna forma fue un argumento irrefutable. — Leopoldo. ¿Quieres verme hacerlo con el perro? ¿si, o no? — En ese tono tan femenino el mismo que emplearía, para hablarle al perro cuando la estuviera poseyendo. Irresistible.
13. Después del video.
Limpiaba el teléfono. Algo que ninguno había previsto es que los fluidos le salpicaran en la pantalla. Afortunadamente no se había dañado, lo malo es que una de las gotas había caído en el lente, así que parte del material saldría turbulento. El día anterior creía haberla hecho entrar en razón, ahora se imaginaba descargando el material en su computadora, para editar el video. O trataba, para distraerse de mirar a su hermana, quien se tambaleaba de un lado a otro, evidentemente cansada recogiendo sus cosas. Escurriendo entre las piernas, como la vez pasada, con pelos de perro adheridos por todas partes, pero esta vez exceptuando por las medias, completamente desnuda. El perro Tony, una vez satisfecho y cumplido su papel coestelar en la película, había salido a quien sabe dónde. Estaban solos. Se había desprendido de la peluca y retirado algo del maquillaje. Enrojecida en los labios y el sexo depilado por donde aún humedecían los líquidos mesclados de mujer y perro. Ya no la única evidencia, ahora también estaban las grabaciones por si había duda de lo que había ocurrido. Clara tomo la camiseta, pero se le escapo entre los dedos. Con una coordinación equivalente a despertar después de una borrachera. Dejo caer sus asaltadas posaderas en la cama, sacudiendo los pechos en el proceso. A su alcance estaban los zapatos y nada más. Los reunió sin saber si ponérselos o dejarlos en el montón que había reunido a un lado. Debió darse cuenta de cuan mojada estaba la cama, porque miro hacia todos lados en el improvisado centro del “set” de grabación. Al regresar la vista se encontró con los ojos de su hermano que ya en abandono la recorrían por todos lados. Expuesta, desnuda recién cogida por un perro. Hizo como que se cubría con las manos, deteniéndose a la mitad, sabiendo lo absurdo que tendría que ser. Lo que no pudo evitar y que se le quedaría al chico grabado en la cabeza, fue que las mejillas de Clara se llenaron de rubor. Que su hermano la viera sonrojarse, que no pudiera evitarlo, le fue más difícil de aceptar a que la grabara fornicando con un animal. No era algo que pudiera soportar. No lo haría. SI había algo característico en Clara Taylor, era que hacía algo cuando tenía que hacerlo. Al borde del colapso emocional sabia cambiar de rumbo. Recobrada un poco, se puso los zapatos de tacón de aguja sobre las medias que aun pendían de sus muslos, rasgadas ya en varios lados. Se puso de pie, aunque miraba al suelo camino hacia su hermano con cierta elegancia. Afortunadamente ya había desarmado el estabilizador y puesto la cámara en su estuche. o se le habrían caído de las manos, como fue con el teléfono y el trapo con el que lo limpiaba. — Ahora te debo todo. — empezó a decir, con esa voz dulce que empleo la noche anterior. Mientras lo rodeaba con los brazos y se apretaba contra él. Leo sintió el calor del cuerpo de su hermana, aún acalorada por lo ocurrido. Tan solo una delgada capa de ropa separaba sus pieles. — No me interrumpas. — le advirtió con firmeza y dulzura a la vez. Sin dejarle decir nada al chico. — Podrías destruirme. Sabes tanto de mí, como para obligarme a que haga lo que sea. Cualquier cosa, incluso si no quiero, tendría que hacerlo sí o sí. — Trago saliva y levanto la cara para verlo a los ojos. — No soy de piedra y una vez echo lo que he hecho, lo que me pidas si es lo que un chico sano de tu edad me pediría, casi seguro me gustaría hacer. Sobre los tacones ella era un poco más alta, en esa situación las tetas grandes y suaves, recargadas contra el pecho masculino, Por las pelvis la erección que no le había bajado se frotaba en el sexo que parecía ser la parte con más alta temperatura en ella. Los labios a menos de un centímetro de proximidad. Susurrándole. — ¿Pero sabes qué? — pregunto Clara, sin esperar respuesta. — Si es que estoy aquí contigo, es porque sé, que de entre todos, eres el único que jamás trataría de aprovecharse de mí. Acto seguido Clara paro los labios, formando una trompita y le dio un beso casto a su hermano. El beso normal que una hermana da a su hermano. De no ser por estar desnuda contra el chico, cubierta por dentro y por fuera de hacer el amor con un perro, de haberlo disfrutado. Y también porque fue en la boca. De no ser por todo eso habría sido un beso inocente. Satisfecha, consagrada. A ambos se les acelero el corazón. Pegados como estaban Leo descanso el rostro en el hombro suave de su hermana, podía pedir lo que quisiera y en ese momento fue lo que hizo. — Cuando la haya editado. Veámosla juntos. Lo cual fue una promesa.
Clara Taylor de: El camino y consagración de Clara. En video.