Spleen
Bajaba por la avenida con su pesado caminar, tembloroso, con la mirada perdida y la cabeza agachada, como si no quisiera ver nada de lo que le rodeaba. Arrastraba una cojera que, seguramente, sería la única propiedad que se llevase a la tumba. Se detuvo frente a un escaparate de ropa de caballero y advirtió con asco el reflejo de sus costillas bajo la piel. Pero ya no tenía tiempo para lamentaciones.
Se sacudió la lluvia que rociaba su cuerpo, entonces advirtió que le faltaban varios mechones de pelo y que tenía media oreja arrancada. La sangre ennegrecida y reseca cubría la mutilación. Poco importaba nada de eso ya.
Se cruzó con un par de hombres cuando volvía a su casa en el extrarradio. Caminaban rápido, refugiados bajo sus paraguas. Las bufandas les cubría la boca y los orificios de la nariz. Su vista se detuvo en los zapatos de uno de ellos. Eran iguales que los del tipo que decidió que ya no valía para las carreras. Ni para nada, en realidad.
El olor del cuero y la goma de los zapatos le transportaron dos años atrás. –Este chico es un campeón- Decían. Y le acariciaban con sus dedos rechonchos manchados de grasa. Y así era. La gente ponía en pie cuando Spleen adelantaba al resto de galgos en la recta final. Eran los buenos tiempos. Buenos tiempos malgastados en complacer a unos amos estúpidos y avariciosos cuya única meta en la vida era cobrar su porcentaje. Spleen ya no tenía metas. Ya no las necesitaba. Ahora se dedicaba a vagabundear por los callejones de la ciudad. En ellos no había gente. Se estaba bien.
Spleen solía pasar las noches cerca del río. Sabía que allí hacía más frío pero el rumor del agua le ayudaba a dormir.
Esa noche le despertó aquel calor y ese olor tan fuerte. Una casa ardía ante sus ojos. Spleen, sin saber por qué, entró en ella.
Cuando llegaron los bomberos ya rozaba el alba. Los bomberos encontraron al bebé resguardado entre dos coches y un perro yacía muerto a la orilla del río.
Jamás nadie sabría cómo, jamás nadie sabría quién, jamás nadie sabría por qué.











