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@revistamoog
El capitalismo es malo, pero comprá el disco
Foster The People editó su segundo trabajo, Supermodel, y si bien destaca por sus canciones, su mensaje termina sonando contradictorio
Puntuación: 8
A fines del 2010, Mark Foster –líder de Foster The People- subió a su blog la canción “Pumped Up Kicks” y no causó mucho revuelo, pero después de que la revista nylon la usara para un spot publicitario la historia fue otra. En el 2011 se convirtió en el tema del verano –del norte, claro- y le abrió el camino a la banda para lanzar su disco debut, Torches, que fue un éxito comercial. El álbum es algo así como música indie para gente común, sus temas transmiten esa sensación –“Pumped Up Kicks” es el mejor ejemplo, con una melodía alegre habla de un chico que planea realizar un tiroteo en su escuela-, pero, justamente, al volverse tan masiva perdió ese carácter indie.
Ahora, dos años después –y cuando muchos se preguntaban si habían sido de esas bandas con un sólo éxito-, Foster The People vuelve con el disco Supermodel para probar que ese no es su caso. Si bien se mantienen fieles a su estilo de pop psicodélico que va en la línea de la banda MGMT pero mucho más comerciales –el tema “Begginers Guide” es muy del estilo de esa banda-, en su segundo álbum exploran mucho más el uso de las guitarras, la mayoría de las veces distorsionadas, en su acierto o error.
Las melodías eclécticas a las que nos acostumbraron en Torches se mantienen, pero las letras son significativamente más oscuras, en la línea del single que los hizo famosos. Mark Foster declaró que lo que quería transmitir era “el lado oscuro del capitalismo” y definitivamente lo logró con canciones como “Ask Yourself” que interpela a quien escucha diciéndole: “Bueno, tú dices que los soñadores siempre obtienen lo que desean/ Bueno, yo descubrí que cuanto menos quiero más tengo/ ¿Es esta la vida que tú has estado esperando?/ O estás esperando estar donde querés pero con un poquito más”. En este tema –uno de los mejor logrados del disco- invitan a plantearse si la ambición lleva por un buen camino o es algo que nunca va a lograr llenarte. Podría decirse que tratan de ser algo así como los Michael Moore del indie rock. Otro tema que logra transmitir esa energía es “Coming Of Age”, que, además tiene tremendo olor a hit. Su letra oscura contrasta con las melodías alegres, algo que le sale muy bien a esta banda californiana.
A la hora de hacer un disco siempre está esa delgada línea entre que exista una coherencia que una todo y que las canciones sean todas iguales. Supermodel cuida esa línea, los temas tienen cosas en común como guitarras distorsionadas, una batería muy presente, el esporádico uso de teclados –uno de los fuertes de Mark Foster-, algo de psicodelia y, como ya dije, letras oscuras. El mejor tema, que reúne todos los elementos que nombré, es “Pseudología Fantástica”, que tiene un aire muy Tame Impala. También es la que transmite eso del “lado oscuro del capitalismo”: angustia y disconformidad, al hablar de un hombre que está -¿o ya volvió de la guerra?-. “Sentí el aire, lo que quieres/ Otra masacre de fin de semana, tu opinión”. El trabajo vocal es impecable y Foster se maneja de forma excelente con el falsete.
Sin embargo, Supermodel también tiene sus puntos bajos. Por momentos parece que Foster The People se esfuerza demasiado por ser indie y pasa por snob como cuando trata de imitar el world music de Vampire Weekend en “Are You What You Want To Be?”, una mezcla de tambores tribales, palmas, silbidos y referencias a los Campos Elíseos. También da esa sensación “Goats In Trees” (cabras en árboles), que suena a copia de algo o a que están tratando demasiado. Y por último cierran con “The Truth” (la verdad) que no es más que una repetición del típico mensaje anti sistema de “sé fiel a vos mismo”. Justamente ese cierre es lo que deba un sabor amargo porque la banda da la sensación de no ser fiel a sí misma, de que planean cada canción para vender, y el tipo de mensaje que están dando es el que está teniendo más éxito. A nivel inconsciente me gustan la mayoría de las canciones, pero cuando lo pienso hay algo que me suena a que no es auténtico. Sí, hay buenos temas, no lo niego, y sin embargo por algún lado no cierra. Probablemente se me haya plantado esta idea cuando leí que Mark Foster solía dedicarse a hacer jingles.
Alejandra Pintos (@Alepint)
Esta historia ya la vi
Una idea conocida y una excelente forma de llevarla a cabo: Non-Stop: sin escalas peca de lugar común pero goza de saber transitarlo
Puntaje: 8
Non-Stop: sin escalas está repleta de familiaridades. Entre ellas, una trama para nada original, sobre todo después de la catástrofe del 11 de setiembre de 2001 cuando llovieron las historias sobre aviones amenazados en pleno vuelo y decenas de personas inocentes a punto de morir; o una cara, la de Liam Neeson, fácilmente identificable con historias de heroísmo, acción y rescate, después de películas como Búsqueda implacable. El filme dirigido por Jaume Collet-Serra ofrece muy pocas novedades –por no decir ninguna-, sin embargo, las encrucijadas de un guion a golpe de vista predecible la transforman en una película apartada, y para bien, de muchas de las que en un principio iban por el mismo camino.
Bill Marks –Liam Neeson-, un policía agente de vuelo echado al alcohol producto de la muerte prematura de su hija, se encuentra en pleno trabajo con una amenaza difícil de resolver yendo sin escalas desde Nueva York a Londres. Un presunto asesino que se comunica anónimamente vía mensaje de texto con Marks amenaza con matar una persona cada veinte minutos si no se le deposita una millonaria suma de dinero en un número de cuenta. El agente se adentra en la difícil tarea de adivinar quién es el responsable entre todas las personas que tomaron ese vuelo, incluida la tripulación, y sufre innumerables obstáculos durante la travesía, entre ellos difamaciones como consecuencia de su adicción y la escasa ayuda de los altos mandos.
Hasta tres cuartos de película, Marks entabla una lucha mano a mano en un campo minado por el desconcierto. Todo lo que tiene es una comunicación de ida y vuelta por celular con el presunto asesino y una experiencia que hasta el último momento se pone en tela de juicio. La estética de toda la acción mientras ocurre ese intercambio, mostrando los mensajes a un costado de la pantalla como si fueran subtítulos, no es nueva –sin ir más lejos es un recurso sumamente utilizado en la famosa serie de la BBC, Sherlock-, pero contribuye a la perfección con el ritmo y la adrenalina de lo que sucede.
Paradójicamente, lo asfixiante del interior del avión se va transformando en un escenario inabarcable para el protagonista, sobre todo alimentado por la escasa claridad de las pistas, las acusaciones que le caen en su contra y el reloj que no para de correr. La historia va de cambio en cambio, como haciendo zapping y despertando, uno por uno, indicios sobre un nuevo potencial asesino. Ese vaivén es lo que mantiene la tensión en esta historia trillada y el problema recién se descifra cuando la chance de salir con vida está a punto de caer y cuando la atención está bastante desviada del culpable. Un culpable conocido.
Ese último aspecto es el gran logro. El manejo acertado y obsesivo de la curiosidad y el suspenso es la salvedad entre tanta cosa familiar. En esos momentos ni siquiera es posible imaginar un final –aunque más adelante se hace evidente cuál es el necesario-, porque hay tantas opciones como personas en el avión. Non-Stop es de esas películas que continuamente tiran “mensajes subliminales” que son claves para el desenlace. De las típicas evidencias que al final hacen decir “claro, ¿cómo no me di cuenta que esa era la pista!”. Lo que sucede mientras ocurren todas esas acciones camufladas es lo bueno del filme.
En pocas palabras, Non-Stop es una idea repetida llevada a la práctica de una manera absolutamente acertada. Las valoraciones que se puedan hacer sobre el resto de los aspectos de la película siempre van a ser medio pelo, por lo tanto el “cómo” de las acciones es lo que termina salvando la plata. Y de muy buena manera. El filme logra una gran mezcla de suspenso y acción y demuestra que sin una buena puesta en escena no hay idea que valga.
Franco Serra (@francoaserra)
¡Esto! ¡Es! ¡Atenas!
La secuela de 300 es divertida, ridícula y llena de acción, aunque no al nivel de su antecesora
Puntaje: 7
Escuchás hablar de 300 y enseguida viene ese grito a la cabeza. Voy a tratar de evitar seguir con el chiste fácil de "This is Sparta", más que nada, porque 300: el nacimiento de un imperio es, en realidad, sobre Atenas. Tiene lugar antes, durante y después de su antecesora, una película de la que no puede separarse como obra en sí misma. Al igual que esa, es visualmente espectacular, está llena de secuencias de acción fantásticas y es una glorificación de la violencia caricaturizada. Es muy entretenida, si sabés qué esperar. Pero no llega al nivel de ridículo divertido de la anterior.
El nacimiento de un imperio explica el porqué de la furia del rey de Persia, Jerjes, contra Grecia y halla un nuevo héroe en el ateniense Temístocles, una figura real aquí encarnada por el relativamente desconocido Sullivan Stapleton y sus abdominales. Mientras Leónidas y sus 300 guerreros trataban de contener la invasión persa por tierra, Temístocles estaba encargado de contenerlos por agua, y en esta versión debe enfrentarse a la hermana adoptiva de Jerjes, Artemisia. Eva Green (de Sombras tenebrosas y la futura Sin City 2) compone el papel y es por lejos lo más destacable del filme, una villana que es el concepto de mujer fatal hecho carne: sensual, sedienta de sangre, inteligente. De hecho, es casi una Batichica, que vio morir a su familia y fue entrenada hasta que ya no tuvo rival. Green se juega todo sin creerse nunca que su personaje va en serio, y por eso sale adelante: Artemisia es más recordable que Jerjes.
No sucede lo mismo con Stapleton, que seguramente no emerja de aquí convertido en estrella como Gerard Butler salió de la primera. Donde Butler convirtió a Leónidas en un héroe para la historia a través de sus gritos desaforados, Stapleton no abraza el costado de caricatura de su Temístocles. Sin embargo, la película es casi una batalla constante, así que por supuesto que está llena de discursos inspiradores, y el actor consigue que no se vuelva tedioso. Hablando de batalla constante, hasta la escena de sexo de la película es una pelea, ridícula y sexy al mismo tiempo.
Además de la sensacional Green, lo otro destacable es el humor, ya que las secuencias de batallas no distan demasiado de las de la película original. Lo gracioso no está tan presente en la superficie, pero sí cuando se entiende que no es necesario creer que Temístocles puede enfrentarse con un guerrero que está armado con una espada, preferir guardarse el arma para romperle el pecho de una patada y lograr salir airoso, o que puede salir un caballo de dentro de un barquito e ir saltando de una embarcación a otra mientras su jinete va liquidando soldados. En lugar de decir "pfff, qué estupidez", hay que encararlo con la cabeza de que nunca se pensó para que fuera real. Una vez que se asume eso, casi dan ganas de levantar el puño en el aire y gritar "¡Aúh!" como los espartanos. Es totalmente olvidable, pero en el cine, con el 3D, la pasás bomba. Solo acordate: no esperes más que chorros de sangre en cámara lenta.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez1)
Todas las rutas llevan a Terminus
Mientras el final de The Walking Dead se acerca, el grupo está cada vez más cerca de reunirse. Pero se anticipa que algo fuerte está por suceder
Por si no quedaba claro todavía, la cuarta temporada de The Walking Dead está muy interesada en que conozcamos mejor a sus personajes. Hubo momentos en que la estrategia rozó lo innecesario (ya sabíamos que los adolescentes son insoportables, Carl. Fue casi como las escenas con Dana en Homeland… ¿Para qué?), pero en su mayor parte le han dado profundidad a estos a veces meros estereotipos. En su episodio número trece, a solo tres del final, el viaje de estos personajes desperdigados se ha convertido en uno de descubrimiento, mientras todas las rutas apuntan al oasis aparente de Terminus, una comunidad en la que se anuncia que el que llega sobrevive. Sabemos que no va a ser así, es The Walking Dead. Hay algo pesado a la vuelta de la esquina.
El capítulo empieza con una muestra del pasado de Bob, hasta ahora un médico alcohólico del que se sabía poco y nada. Lo vemos solo, escondiéndose en una cueva o arriba de un camión mientras las hordas pasan junto a él. Glenn y Daryl lo encuentran y le hacen las preguntas de Rick (¿cuántos caminantes has matado? ¿Cuántas personas? ¿Por qué?); con sus respuestas, por primera vez hay algo por detrás de su sonrisa amigable. Solo mató a una persona. “¿Por qué?”. “Me pidió que lo hiciera”.
Nos reencontramos con Bob en el presente, junto a Maggie y Sasha atrapados en aparentemente un sauna infestado de muertos. Maggie sigue con esperanzas de encontrar a Glenn, y eso se renueva cuando encuentra un cartel de Terminus. Decide probar suerte ahí, algo que no convence para nada a Sasha. Bob solo está contento de estar acompañado, y ahora se entiende por qué: en su soledad, solo sobrevivía. Eso no era vida. Maggie sale a recolectar leña en la noche, y cuando Sasha y Bob se despiertan, se ha ido.
Maggie es inteligente y valiente, pero esto fue bastante estúpido de su parte. Está desesperada por reunirse con su amor, algo que queda en evidencia cuando mata a un zombie con gran violencia solo para usar su sangre como tinta y dejarle un mensaje a Glenn de que siga hacia Terminus. Recordemos que esta es la misma chica que consideraba que no debía matarse a los caminantes porque eran personas; sí, aprendió que eso no es así, pero sigue siendo radical.
De regreso con los otros dos, también Sasha tiene lugar para alejarse del estereotipo de chica dura, que en esta serie hay unas cuantas. Ella sostiene que no deben buscar a Maggie, sino que deberían encontrar un edificio seguro y quedarse allí. Un plan sin lugar a dudas sensato, más cuando la otra anda escribiendo con sangre. Pero Bob ha encontrado paz en la compañía de las demás, y no quiere perder eso. De pronto, le tira un piropo. Se notaba cierta química entre ellos, y aumentó mucho en este capítulo. Me gusta porque los humaniza. Cuando Bob le dice “voy a probar algo” y le da un beso, es un momento romántico raro entre la muerte y la oscuridad del programa, y fue bienvenido. Al mismo tiempo fue una despedida, lo que aportó drama. Bob sigue en busca de Maggie y Sasha encuentra un edificio para quedarse. Una vez dentro, llora.
Enseguida encuentra a Maggie durmiendo fuera del edificio y ambas liquidan a los muertos circundantes. Maggie dice que los estaba esperando, que necesita su ayuda. "Entiendo que estés asustada", le dice, y Sasha por fin admite estarlo, pero la sigue. La reunión con Bob es emotiva. El último plano muestra a Glenn que encuentra un mapa hacia Terminus. Como para quedar sonriendo.
La otra historia del episodio siguió a Beth y Daryl, y no tuvo un final tan feliz. Por el contrario. Beth en su boludez simpática acostumbrada trata de aprender a rastrear y se lastima mientras casi muere a manos de un caminante. Daryl puede estar enojado, pero no puede decir que su estadía con la rubia no haya sido emocionante. Ambos encuentran una casa en la que el orden y la cantidad de comida mostraba que alguien vivía allí hasta muy recientemente, por lo que no se roban toda la comida. Sí cenaron abundantemente, tomando una bebida cola caliente… Habría preferido el agua.
El problema es que Daryl baja tanto su guardia con la chica que se olvida de las básicas. Su relación se ha vuelto casi de hermanos, y él hasta disfruta de que ella le cante, algo que no aguantaba (por más que la actriz y música Emily Kinney tiene muy linda voz). Cuando escucha un ladrido en la puerta, Daryl ni siquiera mira por la ventana y nada más abre. Por supuesto que del otro lado estaba atestado de caminantes. Casi invencible como es, Daryl liquida a los invasores y escapa a donde le dijo a Beth que lo esperara, solo para encontrar su bolso tirado y un auto que se va. Corre detrás, hasta que se cansa y se sienta en el suelo, rendido. Cuando levanta al vista un buen rato después, lo rodea un grupo de hombres armados que ya empiezan a repartirse mentalmente su ropa. Pero el líder ve el potencial en Daryl. “Un arquero, respeto eso”.
El episodio anterior, Beth le había dicho a Daryl que la extrañaría cuando ella ya no estuviera. Sonaba ominoso, y si bien el resultado no fue brutal, sí deja con un sabor amargo. Daryl está destruido y alejado de los demás, y Beth aparentemente secuestrada. Como dije: hay algo grande a la vuelta.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez)
Cambio de roles
Así como no hay mal que dure cien años, tampoco hay una relación que lo haga, y Hannah y Adam nos lo recuerdan en el décimo capítulo de la tercera temporada de Girls
Cuando empezó el capítulo y vi a Hannah empezar a tomar con sus compañeros de trabajo pensé que se venía lo peor, siempre me había parecido que Joe le tenía ganas. Por suerte no pasó lo que me imaginaba y lo peor fue que Hannah terminó vomitando en su apartamento y él tuvo que bañarla –para cualquier persona eso sería un montón, pero ella no tiene problemas con andar desnuda-.
Que hubieran tenido sexo podría ser considerado algo menor con respecto a lo que pasó después. Hannah, frustrada porque Adam no es la misma bestia sexual que antes –es una expresión un tanto bizarra pero es bastante descriptiva de lo que solía ser su relación-, decide reavivar la pasión con un juego de roles. Ella planea un encuentro en un bar en el que trata de interpretar una mujer casada aburrida de estar sola en su casa sin su marido y que busca un hombre para tener sexo casual.
Después de un inicio un tanto complicado en el que él no entendía lo que estaba pasando, empieza a seguirle el juego y terminan teniendo sexo en el apartamento de Marnie. Debo reconocer que fue de los momentos más graciosos de la serie, Hannah tratando de hacer de sexy es simplemente genial, pero, como siempre, llevó las cosas demasiado lejos y en medio de todo le dice: “normalmente tengo sexo con jugadores del equipo de football-americano- y ahora lo estoy haciendo con el raro de la clase”. El cambio en la narrativa por algo que encierra un poco de realidad rompe totalmente el clima y los problemas de pareja salen a la luz. Adam pierde su paciencia y le dice: “Tenés una vieja idea de quién soy. El sexo era lo que me mantenía alejado de la bebida antes, pero ahora nos enamoramos y solo quiero tener sexo contigo, como nosotros, solo tener sexo y ser dulce o lo que sea. Vos pensás que soy un sociópata enojado”.
Probablemente como espectadora me enamoré del personaje de Adam y quiero ser su novia, lo que hace que sea subjetiva en esta situación, pero él tiene razón. No es lo mismo la relación a nivel sexual que tenían antes –y que incluso aterraba a Hannah- de lo que es ahora, pero eso no es algo malo. Tal vez no sea tan original pero sin dudas es mucho más madura y sana. Mi teoría es que Hannah se está comportando así por dos cosas: por lo que le dijo Patti LuPone de que Adam se iba a volver tan cool con sus compañeros de Broadway que no le iba a dar bola y por la “envidia” –lo pongo entre comillas porque me siempre me pareció una palabra muy fuerte- que le tiene, ella tuvo que comprometer sus sueños para trabajar en algo que no es exactamente lo que siempre imaginó mientras que su novio nunca hizo nada hasta que mágicamente terminó en el trabajo ideal. Hannah, te entiendo.
Sin embargo, aunque la entienda, muchas veces cuando actuamos por miedo terminamos tomando decisiones estúpidas, y eso es justamente lo que pasó. Los problemas que tienen no los iba a arreglar una noche de juego de roles, sino que ella debería aceptar que no es el centro del mundo y estar más presente para Adam. Tendría que aprender de House of Cards y de Frank y Claire, que por más cínicos que sean siempre entienden cuándo es el momento de que uno apoye a otro en lo profesional y viceversa. El resultado de la discusión fue que Adam decidió irse a lo de un compañero de la obra a dormir por unos días. Hasta acá lo bancaba, pero eso ya es escapar a los problemas.
Como siempre en Girls cuando un personaje empeora, otro empieza a ver la salida. En este episodio le tocó a Jessa, ya que su noviecito drogadicto decide irse con su hija. Jessa, que siempre se vio como demasiado para él, es abandonada. Pero seguramente sea para mejor, ojalá entre en rehabilitación –pero esta vez en serio-. Volviendo a Hannah, por un lado es triste ver que la pareja se desmorona y por otro es lindo ver algo de conflicto, que es lo que le da dinamismo a las historias –muy Hegeliano-. Hasta ahora venía siendo todo demasiado perfecto, incluso se llegó a sugerir una boda.
Alejandra Pintos (@alepint)
Recemos por la Madre
La serie de comedia está a tres capítulos de terminar, y luego de una temporada que se ha hecho por momentos muy pesada, se acerca a un final que puede ser trascendente
OK, tengo que admitir que no le di mucha bola a la novena temporada de How I Met Your Mother. No seguí la historia semanalmente, como suelo hacer con las series que miro al mismo tiempo que están en pantalla. Más que nada, era producto de una decepción con el show. Es un programa que tuvo momentos estelares y otros bajísimos -Zoey, la novia de Ted que al mismo tiempo era su peor enemiga laboral; prácticamente toda la octava temporada-, con mucha mayor inconsistencia que otras sit-coms con tantos años de duración (hasta el mayor fan de Friends tiene que reconocer que tiene episodios malos, ¿o nadie se acuerda de la vez que Phoebe creyó que el espíritu de su abuela estaba en un gato?). Pero luego de una zambullida profunda en la que liquidé los ocho que me faltaban en unas horas, reconozco que me entristece que termine, con sus problemas y todo. La serie volvió a generarme la alegría que solía provocar.
El maldito casamiento de Barney y Robin por fin está por llegar, después de que la temporada entera se centrara solo en ese fin de semana, un error grueso que tuvo a Marshall atrapado en una historia muy estúpida y alejado de los demás hasta el episodio doce. La Madre cada vez está más presente y se nota que Cristin Milioti fue una elección ideal para el papel. Barney ya no tiene una crisis y revelación de amor al final de cada capítulo, algo que se repitió bastante en la primera mitad de este noveno año. Y sin embargo, una escena quedó resonando al final del episodio número 19. Ted cuenta cómo la madre de Robin apareció en el casamiento para sorpresa de todos, a lo que la Madre responde que no es tan shockeante: ¿qué madre se perdería el casamiento de su hija? Ted se pone a llorar.
De inmediato pensé que la madre de Ted va a morir antes de su casamiento, y bueno, sería triste, aunque tampoco traumático. Pero una revisión rápida de Internet me dejó de boca abierta. Una teoría de los fanáticos viene tomando fuerza, y esta escena parece haberles dado la confirmación a los conspirativos: ¿será... será que la Madre muere, y por eso Ted empieza a contarles a los chicos la historia de cómo la conoció? ¿Un programa tan basado en el ridículo podrá terminar de una manera tan negra? Tendría que estar muy bien realizado, y si bien How I Met Your Mother ha tenido momentos dramáticos exitosos antes, este puede significar una caída letal. O podría elevar a la serie y hacernos olvidar de todas esas veces -o bueno, la mayoría, no nos vamos a olvidar de Zoey- en que nos hizo enojar. Yo soy de los que cree que (¡spoiler de Batman! Si no viste la última, bajá al siguiente párrafo. Si no viste las anteriores, miralas. Ya. Te espero) Batman tendría que haber muerto al final de El caballero de la noche asciende.
Creo que encarar la realidad con toda su alegría y su oscuridad es una cualidad que a veces impulsa adelante a las obras de arte. Rocky pierde en la primera película (no me voy a disculpar por ese spoiler, si no viste Rocky, es que ya no vas a verla), y es el mejor final que podría haber tenido. Game of Thrones es lo que es porque no tiene miedo de enfrentarse con que a veces los malos ganan. No había manera de que Homeland avanzara si no moría... Bueno, si la ves, sabés quién murió. Esa no la voy a quemar.
La muerte de la Madre le daría un propósito a la serie misma. La razón de que Ted decidiera contarles a sus hijos con tanto detalle el camino desastroso que tuvo que atravesar antes de estabilizarse con el personaje de Milioti. Ted estaría emocionado, reviviendo el pasado porque siempre fue una característica suya, pero sobre todo porque se ata a esas memorias para recordar la importancia radical que la Madre tuvo para él. Aunque también, sería demasiado triste para una sit-com. No tendría nada que ver con la historia que nos han contado hasta ahora. Quizá, como también se maneja, ella esté enferma, y el fin involucre una cura que termine con todos contentos.
Bueno, está bien. Esto es una carta pidiendo que esa última sea la opción que finalmente se lleve a cabo. Ted no se merece un final así. Hace un par de meses ni se me cruzó por la cabeza que podía llegar a decir esto, pero How I Met Your Mother está terminando por todo lo alto, como estos personajes se merecen. Por favor: que sea legen(wait for it)dary.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez1)
La luz va ganando
El cierre de True Detective y un análisis entreverado y repleto de spoilers. Por supuesto, no leas si no viste el último capítulo de la serie
Ocho capítulos, nomás, y eso es... ¿todo? True Detective generó un fanatismo meteórico en un internet que se pobló de análisis, teorías, comentarios y tuits emocionados a un nivel poco visto para una miniserie en tan poco tiempo. Ayer llegó a su fin, y no se puede decir que haya decepcionado, si bien no fue el éxito total que podría haber llegado a ser. Me explico, porque, como excelente temporada que fue, tiene mucho para analizar.
Después de un comienzo lento, lleno de elucubraciones filosóficas, nihilistas, deprimentes y capaces de dejar pensando por días, después de que no hubiera un solo disparo en los primeros tres episodios (y estamos hablando de un policial), después de que se planteara una narrativa complicada a través de varios períodos de tiempo y con un misterio terriblemente oscuro que se ponía cada vez peor, después de que el programa se inyectara una dosis espectacular de adrenalina y se zambullera de cabeza arrastrándote contigo hacia las profundidades, después de que todos nos encontramos tarareando la canción de apertura a cargo de T-Bone Burnett, la serie se encontró hundida en unas expectativas gigantes, al nivel de otras que preparan el camino hacia su término durante años. ¿Salió a flote? Cito mi propio tuit al respecto: "True Detective me tuvo con el corazón en la boca todo el capítulo, no me respondió todo y estuvo genial". Existe la posibilidad de que haya incluido algunos insultos por culpa de la emoción. Pero ahí está la clave: con toda su genialidad superior al promedio -y se supone que estamos en una edad de oro de la TV-, se quedó un poco corta con respecto a lo que se anticipaba.
Esto se va a publicar posiblemente antes de que pueda enterarme de los dichos del creador y guionista Nic Pizzolato salgan a la luz. Él mismo, que en principio planteó la serie como una antología, con una historia y personajes diferentes en cada temporada a la manera de American Horror Story, tiró la chance de que estos mismos y fantásticos protagonistas, Marty Hart y Rust Cohle, puedan regresar el año que viene. De ser así, Pizzolato me calla la boca. Si este fue el final para ellos, entonces True Detective tropezó con su propio intento de rellenarse hasta el tope de simbolismo y fore-shadowings (anticipos). ¿El rey amarillo era Errol el cortador de pasto? Porque de verdad que no parecía tener la cabeza para llevar a cabo ese plan. Más bien suena a otro Reggie Ledoux. Por más problemas que pueda haber tenido en su cabeza Dora Lange, la asesinada original, su novio Charlie afirmó que ella hablaba de haber conocido a un rey, y ese psicópata no da con el papel. Mi impresión es que Errol Childress era un servidor del rey verdadero, quizá el guardia de Carcosa. "Él te va a agarrar", le dijo a Hart la mujer del cortador de pasto, "es lo peor que hay". Pero ella no parecía tan triste con Errol. ¿No estaría refiriéndose a otra persona?
Otro cabo suelto: se habló mucho del simbolismo atado a la hija mayor de Marty, Audrey. Hay análisis más profundos y voy a tomar de ellos de un modo criminal (principalmente de uno excelente a cargo de The Atlantic). Primero el padre encontró a la niña formando con muñecos una escena que incluía una Barbie tirada desnuda y cinco hombres alrededor (cinco, como los que violaron a Marie Fontanot en el video que Rust halla en la casa del reverendo Tuttle, y como la cantidad de hombrecitos de lata que el mismo Rust corta con su navaja); luego, Audrey es castigada por haber dibujado personajes teniendo sexo, incluido uno que parecía tener alas de ángel (y Dora Lange hablaba de que se convertiría en un ángel del rey amarillo); en tercer lugar, la niña aparece jugando con una corona, que queda colgada de un árbol (hola, corona de cuernos con que encuentran a Lange); y por último, Audrey se rebela y es hallada teniendo sexo con dos hombres, siendo apenas una adolescente. Todo indicaba que habría alguna revelación al respecto, pero nada de eso.
Tercero: ¿por qué el padre de Childress tenía la boca cosida? ¿Para que no hablara? ¿Childress esperaba que lo atraparan? ¿Alguien le había soplado que estaban detrás de él? Quizá, no sé, ¿el rey amarillo? ¿Y qué en el nombre de Dios eran las maderitas que dejaba con sus asesinatos?
Y por fin, la frase que queda sonando: "Sacate la máscara", le dice el psicópata a Rust mientras lo apuñala. ¿Creía que era otra persona? ¿Lo acusaba de hipócrita? ¿Nada más estaba loco? ¿Creyó que escribía para Caras y Caretas, y por eso estaba enojado con él? Cuando Cohle entraba a Carcosa, el plano se convirtió en extraño, apenas se veía su frente debajo, como si el director Cary Joji Fukunaga, de trabajo fenomenal a lo largo de toda la temporada, se hubiera equivocado por primera vez, o como si nos quisiera mostrar la madera que formaba una suerte de corona sobre Rust... Puede ser que yo no lo haya entendido, y en tal caso, tú, lector, sos libre de insultarme por idiota en las redes sociales.
Es obvio: una serie que provoca la necesidad de escribir tanto no ha hecho las cosas mal. Aunque la critico un poco (una más: Cohle no sufría alucinaciones hace muchos episodios, volvieron justo al final), el suspenso que generó en este octavo capítulo fue magistral, y la forma en que fueron desenredando el misterio estos dos policías para nada heroicos, también. Incluso entre toda la oscuridad, encontraron momentos de humor que la impulsaron todavía más. La realización alcanzó picos de otro planeta (la secuencia de acción en el barrio negro del cuarto episodio fue de lo mejor que he visto, ya sea en cine o tele), las actuaciones de Matthew McConaughey, Woody Harrelson, Michelle Monaghan y todos los villanos fueron estelares, y si Pizzolato cumple sus palabras ("Ahora de verdad puedo empezar a torcer las cosas") podemos estar ante una de las mejores series de la historia.
Jamás me esperé un final feliz para esta temporada. Estaba seguro de que uno de los dos compañeros moriría. Hart, en particular, que se merecía recibir algún golpe para aprender. Se llevó un hachazo al pecho, que no es poca cosa, pero su mujer pareció perdonar sus infidelidades al verlo en el hospital. Y Rust encontró el lado positivo de las cosas, en un cierre de McConaughey en mi opinión todavía mayor que su trabajo en Dallas Buyers Club. Sin abandonar su característica filosofía del todo, Cohle completó su cimentación como un personaje para el recuerdo con un despertar casi religioso que le devolvió emoción a un alma muerta. "La luz está ganando". Todavía le falta para la victoria, pero vaya si arrancó puntera.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez1)
Carpe diem Williams
Baile, ritmo, onda, ejércitos de falsete: el G I R L de Pharrell rompe todo, aprovecha la situación y propone pasarla bien
Puntaje: 9
G I R L ha llegado en un momento cúspide para Pharrell Williams. Luego del megaéxito con Daft Punk y Robin Thicke o del cruce con Alex Kapranos -líder de Franz Ferdinand- o de las repetidas apariciones en las galas número uno a nivel mundial de música y cine, en ese orden, se podría decir que Pharrell es como la mugre. Está en todos lados, hoy más que nunca y más allá de que este muchacho tenga vasta experiencia. Donde hay suceso, sobre todo, ahí está él. Pero lo más positivo es que en este caso la mugre huele muy bien. Demasiado. Pharrell está en todos lados porque además de sobrarle talento y carisma, ha apostado a uno de los fines más esenciales y primitivos de este arte de mezclar sonidos y silencios: la diversión, el entretenimiento, el disfrute. Sin vueltas y sin importar las revoluciones. El recetario de Pharrell está lleno de lo existente, pero también está lleno de lo necesario.
Su segundo disco solista va por el lado más positivo. El álbum responde al estímulo del músico. Hace bailar, siempre está con el ánimo arriba. Después de los acontecimientos del principio, que forman parte de una lista que podría extenderse varias líneas más, el disco coincide sin dudas con un momento especial. Está todo para ganar, hay que aprovecharlo y el estadounidense acierta prácticamente de arriba abajo.
Son diez temas hiperproducidos. Lo que no asombra para nada. Voces escondidas por acá, palmas por allá. Está lleno de pequeños detalles que hacen la gran diferencia. Cada canción, aunque no parezca, está construida como un puzle, por lo tanto la ausencia de cualquier nimiedad de estas significaría una catástrofe.
G I R L también es un disco de voces refinadas. Lleno de falsetes. Pharrell canta suavecito y hace malabares, y por si fuera poco cuenta con la compañía de figuras como Justin Timberlake –otro que canta suave y hace jueguito- y la talentosa Alicia Keys. Con este plantel en materia vocal es en vano esperar otra cosa. Los vibratos acelerados y los piques que parecen en caída libre, nota tras nota con precisión absoluta, son moneda corriente.
Estructuralmente las canciones no se apartan demasiado de la fórmula más clásica. Por lo general el músico propone piezas no muy largas, con melodías muy rítmicas y estribillos pegadizos. Las letras tampoco cobran demasiada presencia sobre el resto de estas cosas, y tan es así que con un “yeah” o con un “las manos en el aire”, Pharrell rellena los espacios en función de la melodía y sale victorioso tranquilamente. ¿Eso está mal? Para nada: es una elección y le sale perfecto. De vuelta, el estadounidense, más que otra cosa, entretiene y lo hace con clase.
Del repertorio, “Gust of wind” es la estrella absoluta y lo hace –otra vez- con Daft Punk. Aunque compita con el hitazo “Happy”, que aparece en la película protagonizada por los Minions, Mi villano favorito 2. Si bien a ambas les sobra pasta de éxito y son por más divertidas, la primera tiene la ventaja de tener las melodías –sobre todo la del estribillo- más efectivas y con más ritmo de todo el G I R L. Chorrea onda y pone a bailar de principio a fin, y quizá con esto uno de los pocos debes de Pharrell en esta aparición: “Gust of Wind” es tan buena que por momentos está muy despegada de otras canciones. Lo que no significa que las segundas sean malas.
“Happy”, claro, es otro de los grandes puntos del álbum. Sobre todas las cosas tiene una linda llevada y reivindica la sensación que en general transmiten todas las piezas. “Marilyn Monroe”, la primera, también. Si bien arranca con unos arreglos bien clásicos y despista, luego se adentra de pique en la idea general del disco y termina con una guitarra que irremediablemente hace acordar a un recurso muy usado por Michael Jackson. Y suena espectacular. “Brand New”, además de la participación de Timberlake tiene unos acordes de teclado que recuerdan mucho a Stevie Wonder y también funciona a la perfección.
Por ahí los pasajes más distintos de G I R L están en “Know Who You Are”, el tema a dueto con Alicia Keys, y “Lost Queen”. La primera igualmente tiene voces muy pegadizas, que se ven ayudadas por la constante repetición en la letra, y el cambio más significativo está en que no es un tema tan al palo como otros. Pharrell y Keys quedan muy bien juntos y eso también ayuda. La segunda, por su parte, es una de las que baja más la intensidad. Por momentos suena como un ritual primitivo, pero no menos genial. “Lost Queen” está adornada en todo momentos por pequeños gritos que salen de todas partes y es la más larga de todas. En la práctica son dos canciones diferentes unidas por una cortina que suena a un mar.
G I R L es completísimo y es simpático. Pharrell parece imprimirle todo lo bueno que tiene, además del talento, carisma y buena vibra. Aprovecha el momento y encima se guarda un poco de resto por si acaso: este segundo disco en solitario hace pedir a gritos que nunca falten artistas y obras como estas. Y como el panorama pinta para que Pharrell –siguiendo la idea del principio- sea cada vez más mugre, un punto de macheteo en la puntuación para que siga aprovechando el momento.
Franco Serra (@francoaserra)
El humor policial de Cammarota
El comunicador debuta en el formato de novela negra con "En carnaval todo se sabe", un libro que engancha, pero tiene algunos puntos débiles
Puntaje: 7.5
Primero lo primero: En carnaval todo se sabe, el segundo trabajo literario de Gonzalo Cammarota y su primera incursión en la novela policial, entretiene de principio a fin. No es un género muy estudiado por los autores uruguayos, y el comunicador logra bajar el formato a Montevideo con éxito. El problema que tiene es uno de clímax: le falta un poco más de suspenso a la conclusión, que no es que arribe con facilidad, pero sí sin un gancho fuerte. En ese sentido, el libro puede situarse en un estilo más clásico.
Podemos dividir la novela de misterio actual en al menos dos corrientes: una enchufada a 220, con una acción imparable que culmina con un clímax explosivo -en realidad muchas veces de verdad es una bomba lo que provoca el suspenso-, y otra más oscura, menos energética, pero más pesada, una suerte de realismo sucio policial. En el primer grupo podríamos identificar a Dan Brown como exponente principal, y en el segundo a Stieg Larsson y su trilogía Millenium o, en la televisión, a la serie True Detective. En carnaval todo se sabe es una mirada al pasado, porque no encaja en ninguna de las dos. Es la versión de un estilo de historia dejado atrás a cargo de un tipo que es incapaz de escapar del humor. Esa sensación de que al final le falta un poco más de golpe se compensa con las carcajadas que nacen de la genialidad de los diálogos.
La historia es protagonizada por Francisco Perrone, un policía de Homicidios totalmente desinteresado del carnaval que se encuentra de pronto con el asesinato del "Chato" Furnía, un parodista fundamental en el ambiente. Perrone -un hombre bastante fuera de control luego de una separación complicada, con dificultad para comunicarse con su hijo- se mete en el mundo sorprendentemente oscuro de los entretelones del carnaval y se encuentra casi que con un muro: el muerto era un hombre sin amigos, al que podía haber querido matar medio Uruguay. Y la única pista es una caja de medicamentos para el VIH, aparentemente sin relación con Furnía. En el camino hacia el culpable se van mezclando interrogatorios, allanamientos, sobornos e incluso alguna otra muerte. La historia engancha; lo que falta es una mayor sorpresa. No tanto una bomba a lo Dan Brown, pero sí algo menos evidente.
Otro problema del libro es que se nota cierta falta de edición. Algunas palabras repetidas, frases que podrían haber quedado un poco mejor armadas, algún error ortográfico sin gravedad. Hasta que se le agarra la mano, distrae. Y también se podría hablar del lugar común que es la vida privada convulsa del protagonista, o de la falta de personajes femeninos fuertes -una suerte de machismo que se compensa con la representación positiva de varios travestis-. Otro punto llamativo es que en la recorrida de Perrone por Montevideo, el narrador va describiendo la ciudad y su historia, desde el Palacio Legislativo a las características de varios bares por los que el policía cae a tomarse un trago. Resulta interesante, pero en ciertos pasajes se vuelve un poco extenso de más.
Sin dudas lo más destacable es el humor. Los diálogos llevan la historia adelante más que la acción, que no es tanta. Perrone es un personaje complejo, sin autocontrol, homofóbico y espectacularmente ácido, lo que da lugar a muchísimos fragmentos cómicos (el campeón ha de ser, en referencia a las extrañas camisas utilizadas por varios personajes: "Se ve que se vestían en Los Daltónicos Hijos de Puta"). Es el motor del libro, la razón principal de que sea difícil de dejar de leer, aunque el misterio esté en general muy bien armado. Nunca aburre.
De seguro Cammarota tiene futuro en el género de novela negra, que según comentó a Moog, lo fascina. Le falta zambullirse todavía más en esa negrura, que ella se cuente por sí sola y no deba recurrir tanto al recurso de los diálogos o del narrador aportando datos. Es un comienzo prometedor.
Gastón Gonzalez Napoli (@GastnGonzalez1)
Quemar el pasado
El capítulo doce de The Walking Dead tiene a Beth y Daryl buscando alcohol e incluye algunos de los mejores momentos emotivos de la serie hasta ahora
No quiero que Beth y Daryl terminen juntos. Una vez sacado ese peso de encima, lo importante del último capítulo de The Walking Dead. Esta mitad de temporada de la serie ha mostrado una faceta diferente: siempre se caracterizó por personajes que destacaban por encima de la trama, ya fuera por su estupidez, por lo insoportables o por lo inteligentes y divertidos; pero nunca se sabía demasiado de ellos. Salvo Rick, un héroe capaz de abandonar gente en la carretera para proteger a su familia, eran más bien estereotípicos. Evidentemente el productor Scott Gimple decidió cambiar eso, primero con el par de episodios que profundizaban en la vida del Gobernador, ahora con un grupo de capítulos que han buscado con más o menos éxito mostrarnos otro costado de otros personajes sumamente acorazados. Esta vez le tocó a Daryl y a Beth. Con bastante éxito.
Sin la tensión electrizante de la semana pasada, pero con mucho de los clásicos momentos de recorrida de lugares oscuros que te mantienen al borde del asiento, el duodécimo episodio de The Walking Dead siguió a la hija adolescente de Hershel en su campaña por no abandonar la esperanza del todo, mientras un Daryl sin muchas ganas caminaba junto a ella e iba cansándose de la rubia a alta velocidad. Luego de prender fuego con un pedazo de vidrio -que hizo parecer inútiles a todos los encendedores y fósforos del planeta- y de almorzar serpiente, a Beth se le ocurrió que necesitaba tomar alcohol, algo que nunca había hecho. De primera parece ridículo, pero gana sentido cuando se entiende que esta es una chica que acaba de perder a su padre y aparentemente a su hermana y a todos sus amigos, excepto a un hombre que no pronuncia más de una palabra por día. En su intento por mantener un poco de normalidad y no perder del todo la cabeza, es hasta natural que quiera emborracharse.
Claro que Daryl no piensa lo mismo. La incredulidad con la que la mira es casi violenta. Beth se va sola por el bosque y por supuesto que se encuentra con un grupo de zombies: esta gente no aprende más que tiene que andar en grupo. Finalmente los esquiva y Daryl la sigue a regañadientes. Aunque consigo entenderla, esta locura de Beth me recordó mucho a cuando Andrea buscaba un regalo de cumpleaños para su hermana en la primera temporada, en una tienda con las puertas tapadas de muertos.
La pareja se mete en un club de golf abandonado regado de cadáveres y algunos todavía vivos, pero ahorcados y colgando del techo. Daryl se dedica a recoger plata del suelo, mientras Beth sigue buscando una bendita botella de alcohol. La semana pasada dije que los humanos de la serie daban más miedo, pero tengo que admitir que los zombies me siguen poniendo muy nervioso. Cuando un reloj dio la hora y los atacó una horda, Daryl los liquidó con un palo de golf, como para dejar en claro que es un capo. Finalmente, la chica encuentra una botella de licor de durazno ("¿Está bueno?", le pregunta al otro. "No"), trata de limpiar un vaso -me encantó el gesto, de verdad quiere hacer como que no está todo perdido, es admirable-, pero se pone a llorar con la botella en la mano, mientras la realidad le cae encima. Justo cuando empieza a darse cuenta de que no puede escapar al horror tomando, Daryl le saca la botella de la mano y le rompe. "No voy a dejar que tu primer trago sea ningún maldito licor de durazno". Aww.
La lleva a una cabaña en el medio del bosque que había encontrado con Michonne mientras buscaban al Gobernador, y en la que hay prácticamente un almacén de alcohol casero. Al escuchar un caminante haciendo ruido afuera, deciden quedarse ahí; Beth lo convence de tomar juntos, y de hacerlo jugando al "Yo nunca", al que él, por supuesto, nunca había jugado ("Nunca necesité un juego para emborracharme", le dice). Pero lo que parece un momento divertido se transforma en una de las escenas emotivas mejor armadas de lo que va de esta serie, después de que Daryl se enoje cuando ella se mete demasiado en su vida anterior y se le zafa la cadena. Sale afuera a liquidar al muerto, pero en lugar de eso empieza a jugar con él, practicando su puntería desaforado. Beth lo mata y ambos se cantan todas las verdades: cómo ella es una adolescente egoísta que prioriza sus necesidades por sobre la seguridad de ambos, cómo él es demasiado pesimista y no puede cerrarse así, como si todo hubiera terminado ya. Daryl llora, y ella lo abraza. Tanto Norman Reedus como Emily Kinney, los dos actores, se lucieron con probablemente sus mejores interpretaciones hasta ahora.
Cuando se tranquiliza, Daryl abre por fin una puerta a su pasado para ella, y lo conocemos un poco más: el abuso que sufría de su padre y de su hermano, en una casa muy similar a esa. Beth tiene un momento de negatividad que parece anticipar un final para el personaje ("Me voy a morir un día, y me vas a extrañar, Daryl Dixon"), pero termina con una buena solución: quemar la cabaña, y así quemar el pasado de los dos. Mientras lo hacen, suena una canción alegre en primera instancia, pero que tiene más oscuridad si se presta atención a la letra. "Va a llevar mucho tiempo recuperarse", canta. Y sin embargo, la chance de recuperación está. Me gusta cómo se está poniendo la recta final de esta serie, con un crescendo luminoso y esperanzador, a ocho capítulos para el cierre. No tengo dudas de que algo terrible se avecina, esto es The Walking Dead. Pero por ahora estoy conforme. Solo espero que estos dos no terminen juntos.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez1)
Pintar sin salirse de las líneas
Lea Michele estrenó Louder, un primer disco que suena demasiado a los 90. Entre samples, la chica del Bronx no llega a igualar a Rachel Berry
“Y ahora empezaré a vivir el hoy / Hoy, hoy cierro la puerta / Tengo este nuevo comienzo y voy a volar / Volaré como una bala de cañón”. Con la poderosa y pegadiza “Cannonball”, arranca Louder, el disco debut de Lea Michele como solista, que fue lanzado ayer. Un disco que se queda a medio camino.
Después de cinco años de conocer a esa extraña y ambiciosa hija de padres gays y fanática de Barbra Streisand que se fue volviendo protagonista de Glee, separarse del personaje podía ser difícil. Y sin embargo, aunque hay muchos agudos y graves y mucha sobreactuación digna de Rachel Berry, Michele no exploró los caminos que la hubieran consagrado como una artista mayúscula (voz y talento sobran), sino que tomó la mano de los productores. Craso error.
La llevaron veinte años atrás, y el resultado fue un disco tan noventero que no tiene absolutamente nada de original. Louder es un disco pop promedio, que ni siquiera puede compararse a los inicios de Christina Aguilera o Britney Spears. Sin la desfachatez de Miley Cyrus, sin la rareza de Lorde, sin la inocencia de Taylor Swift, Lea Michele, bastante más madura que todas ellas, da un primer paso por un camino demasiado transitado, trillado y aburrido. Las canciones son pegadizas, entretenidas, parecidas entre sí, y nada más.
El mayor problema con este disco es haber esperado encontrarse con las interpretaciones dignas de Broadway de Rachel Berry, ilusión que generó el corte “Cannonball” en algunos momentos. Por el contrario, la cantante se encasilla entre samples insistentes y sigue una línea demasiado recta para su poderosa garganta. Parece que buscó tanto diferenciarse de su personaje, que terminó jugándole en contra a la persona. “Se me hizo difícil saber cuál era el sonido que quería que este álbum tuviera. Y me di cuenta que estaba sonando muy heavy pop (...) Cuando la gente escucha una canción como ‘Battlefield’, está escuchando a Lea Michele”, reconoció la propia cantante. Una de once: algo anda mal.
“Battlefield” es la cuarta canción del álbum, que baja los decibeles después de un inicio a pura base electrónica y muestra la capacidad (al menos vocal) de la artista, que también se luce con la dulce y sentida “If you say so”, en la que le canta a corazón abierto a Cory Monteith: “Han sido siete días enteros sin tus abrazos / Quiero ver tu rostro / Tengo algunas cosas que decir / Fue sólo hace una semana / Que dijiste ‘te amo nena’ / Y yo dije ‘te amo más’ / Y un respiro, una pausa, y dijiste ‘si tú dices’”.
Los diez temas restantes le dan forma muy prolija a un flojo debut discográfico, que poco le aporta a un presente musical en el que las californianas de HAIM o la neozelandesa Lorde están marcando el compás en el mundo del pop. “Thousand Needles” es una balada aceptable, que mueve algunas fibras (“¿Por qué quieres romper? / Estoy sangrando), pero el clima tristemente disfrutable se rompe de inmediato con los beats estilo Disney de Louder, para seguir con gusto a gris, a demasiado limpio, ordenado, lineal, sin explosiones y sin completas satisfacciones. El éxito comercial está asegurado, pero esta chica sabe que puede (y debe) rendir mucho más.
Belén Fourment (@yoko_mono04)
Dramas familiares
En el noveno episodio de Girls y el show cambia su dinámica y coloca a Hannah lejos de sus amigas mostrando otro lado de ella
No hay como ver a una persona reunida con su familia para saber cómo realmente es. En este caso es la abuela de Hannah, Flo, la que logra reunir a las mujeres de la familia al rededor de ella y debido a una repentina neumonía. Flo es interpretada por la nominada al Oscar June Squibb, que hace un trabajo excelente dándole a la abuela una voz parecida a la que le dio a Kate en Nebraska. Hannah se comporta increíblemente bien y deja de ser la autora de los caprichos y actitudes miserables para dejarle el turno a su madre y sus tías. Es agradable que, por un momento, Girls nos recuerde que Hannah es, en esencia, una buena persona.
La miseria humana emerge de Loreen (la madre de Hannah) y sus hermanas Margot y Sissy frente a la posibilidad de la muerte de Flo. Esta situación límite saca lo peor de ellas y es hasta gracioso de ver. Dividen las pertenencias de su madre pegando post-its de colores en los objetos que le gustan a cada una, se dividen la medicación que queda en la casa de la enferma y se pelean por un anillo. Es hasta un alivio ver que eso que es tan irritante de Hannah, su egoísmo, no es algo producto de las nuevas generaciones sino que viene desde antes.
Hannah se ve obligada a relacionarse con su prima Rebecca, que no le perdona que le haya dicho a los seis años que su padre estaba preso y no lo volvería a ver. Aprendemos que la honestidad brutal de la protagonista no es algo reciente sino que se remonta a su infancia, y aun ahí ya le causaba problemas pero no parece haber cambiado un ápice y defiende su decisión de cuando tenía siete años. La prima, no sabemos si por eso o por mil razones más, claramente tiene problemas, es una persona tensa que solo le preocupa ser la mejor estudiante de medicina. Nada más lejos de Hannah esa ambición.
Una noche salen juntas para tratar de enmendar las cosas y Hannah le dice que nunca fueron de ese tipo de primas cercanas “que duermen en la misma cama en la casa de verano e incluso son abusadas por la misma persona” –humor negro en su máximo exponente- y luego de tener un accidente de auto juntas por culpa de Rebecca, contrario a lo que cualquiera podría pensar por la sinceridad extrema con la que se hablan, extrañamente se vuelven más unidas.
Adam le pide la moto prestada a un amigo y va a enseguida a ver a Hannah –que solo le mandó un mensaje que decía “accidente de auto”-, lo que demuestra, una vez más, lo noble y bueno que es. Por otro lado, Loreen le pide a su hija que le diga –mienta- a Flo que se va a casar con el novio, una típica actitud de madre frente a una situación de stress familiar: aparentar que todo es perfecto. Porque por más “progre” que puedan parecer tanto Hannah como su madre no escapan al clásico sueño de la boda. Eso sorprende a Hannah misma y cuando lo habla con Adam y él le dice que no quiere casarse ella le confiesa que eso la hace sentirse “extremadamente estresada y un poquito enojada por razones que no conoce”.
Sin embargo, Adam sorprende a todos y le dice a Flo que se van a casar, pero la abuela lo ignora, no le parece importante el acontecimiento pero les da un gran consejo: “Un día lo vas a ver a él y lo vas a odiar con cada fibra de tu ser, deseándole que se muera de la forma más violenta posible, pero se te va a pasar”. Hannah le cuenta a la madre lo que su novio hizo por ella, y la reacción esperada es un “awww”, pero, por el contrario, Loreen le confiesa que Adam le parece demasiado raro para ella, que “parece incómodo en su propia piel” y que cree que ella puede conseguir algo mejor. Hannah, lejos de reaccionar muy mal –como lo haría yo- trata de revindicar a Adam. Probablemente se de cuenta de que ella está actuando así producto del stress.
Obviamente lo que dice una madre a su hija acerca de su novio tiene mucho peso pero ojalá eso no se meta en la cabeza de Hannah y piense en dejarlo, porque contrario a lo que pueda pensar Loreen difícilmente consiga a alguien que la quiera tan devotamente.
Alejandra Pintos (@alepint)
Unos Oscar con mucha justicia
Ellen Degeneres hizo un buen trabajo presentando los premios de la Academia, pero la ceremonia se hizo una vez más demasiado larga. En cuanto a los premios, se repartieron entre Gravedad, 12 años de esclavitud, Dallas Buyers Club y Blue Jasmine
Después del precedente controversial de Seth McFarlane el año pasado, la conducción de los Oscar de este año por Ellen Degeneres fue suave y sin sobresaltos: fueron a lo seguro. Claro que tuvo algo de ese humor ácido que les encanta a los estadounidenses, por ejemplo bromeó que entre los nominados hicieron miles de películas pero no llegan a los seis años de universidad y dijo que si la Academia no votaba a 12 años de esclavitud como mejor película eran todos racistas –spoiler de Degeneres-. De todas formas ni su chiste más arriesgado –tal vez sea el haberle llamado travesti a Liza Minelli- se equipara con la canción misógina “We saw your boobs” que cantó McFarlane en la edición anterior.
La conducción de la famosa anfitriona norteamericana tuvo grandes momentos como la selfie plagada de estrellas –que tuvo 2.548.854 retuits hasta el momento de escribir esta nota e incluso hizo colapsar a los servidores de Twitter-, cuando sirvió pizza a los famosos o cuando apareció vestida de hada madrina, pero esos buenos momentos se diluyeron en tres horas y media de ceremonia. La entrega de premios se hizo eterna y el motivo probablemente sea la decisión de transmitir la entrega de tantos premios técnicos, porque casi nadie conoce a quienes los reciben, la audiencia no se relaciona con ellos y algunas veces ni siquiera entienden qué se está premiando. Como leí en Twitter: habría que encontrar un punto medio entre los Grammy que son puro show y tres premios y los Oscars que son miles de categorías y poco espectáculo.
La premiación empezó con el galardón a Mejor Actor de Reparto como para endulzarnos y prepararnos para atravesar todo el resto de los premios técnicos aburridos. No digo que esos premios no sean importantes pero con leer quién ganó me alcanzaba. La estatuilla se la llevó el gran favorito, Jared Leto, que hizo un discurso adorable en el que le agradeció a su madre contando que en el 1971 era una adolescente que había abandonado el liceo y esperaba a su segundo hijo pero que logró encontrar una mejor vida para ella y sus hijos, a los que alentó a esforzarse y ser creativos. Además se lo dedicó a su hermano Shannon, a las personas en Ucrania y Venezuela que estaban mirando, a las 36 millones de personas que perdieron la batalla contra el sida y a las personas que alguna vez sintieron injusticia por quiénes son o a quién aman.
El tema de la noche era la figura de los héroes en las películas y cómo eso inspira a las personas. Para eso la Academia realizó dos montajes/tributo. El primero fue para los héroes animados y el segundo a los héroes en general. Ambos parecieron un requeche de películas editado horas antes sin ningún tipo de sentido. No eran héroes sino personajes memorables. Se supone que la academia debería de poder acceder a los mejores editores, sin embargo los videos no mostraban coherencia. Además salvo el personaje de Katniss Everdeen de los Juegos del Hambre y el de Erin Brockovich eran todos hombres. Una vez más Hollywood demostró el machismo intrínseco que tiene –salta a la vista cuando se analiza las categorías que ganan mujeres que pocas veces pasan del maquillaje y vestuario-, se nota que le cuesta admitir que las mujeres también pueden ser heroínas.
El primer momento musical de la noche vino de la mano de Pharrell Williams que interpretó uno de los temas nominados a mejor canción original, “Happy”, de Mi villano favorito 2. Nuevamente apareció con un sombrero que parece el de la policía montada de Canadá. Pharrell con su canción tan alegre hizo que Lupita, Meryl y Amy bailaran unos segundos lo que fue francamente genial. Más tarde en la noche vino una hermosa versión de “The Moon Song” de Ella, interpretada por Karen O –la líder de los Yeah yeah yeahs- y Ezra Koenig –de Vampire Weekend-. En mi opinión fue la mejor de la noche, derrochaba ternura y ver a los vocalistas sentados en un escalón con una gran luna de fondo daba una increíble sensación de intimidad. Pero, lamentablemente, el premio fue para “Let It Go” de Frozen (que también se llevó el de Mejor Película Animada), interpretada por Idina Menzel –la mamá de Rachel en Glee-. La versión en vivo fue bastante decepcionante, a la cantante se la veía vacilar bastante y errarle a un par de notas. Robert López y Kristen Anderson-López fueron los compositores de esta canción que arrasó en los premios y juntos hicieron un discurso a dúo que estuvo en el límite de lo adorable y lo molesto. López se convirtió en la persona más joven en ser un ganador EGOT – haber ganado un Emmy, Grammy, Oscar y Tony-.
La premiación estuvo bastante repartida pero Gravedad arrasó con los premios técnicos, los cuales tenía merecidísimos: Mejor Dirección de Fotografía (Emmanuel Lubezki), Mejor Edición (Alfonso Cuarón y Mark Sanger), Mejor Edición de Sonido (Glenn Freemantle), Mejor Mezcla de Sonido (Skip Lievsay, Niv Adiri, Christopher Benstead y Chris Munro) y Mejor Efectos visuales (Tim Webber, Chris Lawrence, Dave Shirk y Neil Corbould). Además se le agrega el de Mejor Música Escrita para una Película (Steven Price) lo que tiene bastante mérito en el caso de Gravedad porque al no haber sonido en el espacio tenía que ser algo muy sutil y minimalista, cosa que se logró.
El gran Gatsby fue una enorme sorpresa ya que a pesar de no haber tenido gran éxito de taquilla y haber sido bastante criticada ganó dos premios: Mejor Vestuario y Mejor Diseño de Producción (es el aspecto visual de las locaciones, el arte y la construcción de la escenografía, es el premio al estilo plástico de la película). En mi opinión era la ganadora indiscutible ya que recrear ese mundo fastuoso que relata el libro de Scott Fitzgerald no es tarea sencilla y la adaptación de Baz Luhrmann logró retratar lo escrito con mucha gracia. La responsable de estos dos premios fue Catherine Martin, la esposa del director de la película y una veterana en esta categoría. Lo increíble es que si ponemos las cosas en perspectiva El Gran Gatsby se llevó más premios que Escándalo Americano y El Lobo de Wall Street, lo que es bastante sorprendente.
Antes de ir a los premios más “jugosos” si se quiere hay que hacer mención de Mejor Maquillaje que fue para Dallas Buyers Club, que contó con solo 250 dólares para esta tarea; Mejor Documental, que lo ganó A veinte pies del estrellato, un documental sobre las coristas de los grandes cantantes (tal vez esta fue la decisión más políticamente correcta que hizo la Academia, ya que la favorita The Act Of Killing era más pesada y no tenía un tema tan feliz); Mejor Guión Adaptado, que fue para 12 años de esclavitud, basado en la novela homónima escrita por Solomon Northup; y Mejor Guión Original, que se lo llevo Spike Jonze por Ella, un premio que estaba bastante cantado ya que la capacidad de Jonze de inventar un futuro no tan distante pero con reglas distintas y aún así preservar la esencia de las relaciones humanas merecía un galardón.
Ahora vamos con los premios importantes, que así como se hicieron esperar en esta nota también lo hicieron en la ceremonia que terminó a las 3 am de Uruguay. Lupita Nyong’o fue condecorada como la Mejor Actriz Secundaria triunfando por encima de otra de las grandes favoritas que era Jennifer Lawrence. El trabajo de la novata en 12 años de esclavitud fue muy superior y su capacidad para transmitir el drama de Patsy fue único. Al subir al escenario, Lupita no rompió con sus dos grandes rachas de vestidos impecables y súper elegantes, y de discursos emotivos y excelentes (el de los premios ESSENCE fue espectacular e inspirador). La actriz estaba muy emocionada y además de los clásicos agradecimientos remarcó la paradoja de que el motivo de su enorme felicidad sea el mismo que hizo sufrir a tantas personas. Para cerrar dijo la gran frase: “No importa de dónde seas recordá que tus sueños son válidos”. Mucha clase, Lupita.
Alfonso Cuarón ganó el premio al Mejor Director por Gravedad en una de las categorías más reñidas, en la que estaba cabeza a cabeza con Steve McQueen. Cuarón, que antes había ganado por Mejor Edición y lo no lo habían dejado hablar, dedicó con un inglés medio flojo su premio a los “sabios” de Warner Bros., a su hijo Jonás con quien escribió el guión, a Sandra Bullock y George Cooney, y a su madre, un clásico. Otra historia que tiene como protagonista a una mujer y demuestra que no solo pueden recaudar en taquilla sino que también hacen que sus realizadores ganen premios.
Eso fue precisamente lo que remarcó Cate Blanchett al ser nombrada la Mejor Actriz por su desgarradora interpretación Blue Jasmine: “Las películas con mujeres en el centro no son de nicho, las audiencias quieren verlas y, de hecho, recaudan dinero”. Bien dicho Cate. También nombró a Woody Allen y la sala quedó en silencio. Parece que después de todo el escándalo con su hija Dylan Farrow llegó a salpicarlo en lo profesional.
McConaughey ganó Mejor Actor por Dallas Buyers Club y debería haber ganado un premio al discurso más raro de la historia, agradeció muchísimo a Dios –no tan raro- pero después empezó a hablar de que él en diez años sería su propio héroe pero no se entendió mucho que quiso decir. Lo importante es que su impresionante transformación física y su gran mimetización con Ron Woodroof dieron sus frutos y de esa manera logró salir definitivamente del estereotipo de cara bonita.
Por último 12 años de esclavitud fue elegida como la Mejor Película. Sinceramente me alegró que la Academia prefiriera elegir una película con sustancia por sobre otras más vacías como Escándalo Americano, aunque también era lo políticamente correcto. Steve McQueen temblaba de la emoción y fue el único que con su discurso que logró llevarme a las lágrimas cerró con: “este premio va para todos los que sufrieron la esclavitud y para los 21 millones de personas que aún la sufren”.
Es genial cuando una premiación es tan repartida porque no deja ganadores absolutos ni perdedores sino un justo reconocimiento a varias películas -aunque Escándalo americano sí fue la gran perdedora, sin ningún premio a pesar de ser una de las favoritas en varias categorías-.
Alejandra Pintos (@Alepint)
Los candidatos
Es un clásico de los Oscar hacer algún tipo de penca o apuesta sobre los ganadores. Un día antes decidimos aventurarnos a especular sobre cuáles pueden llegar a ser los resultados
Mejor película
Gravedad
12 años de esclavitud
Dallas
Nebraska
Ella
El lobo de Wall Street
Escándalo americano
Philomena
Capitán Philips
Mi candidata es Gravedad. Es una maravilla técnica, una película hermosa de ver y llena de suspenso que te tiene al borde del asiento, a lo que se suman un par de grandes actuaciones, en particular la de Sandra Bullock, que sostiene casi por sí misma la totalidad del filme. Las nueve nominadas son excelentes, pero Gravedad destaca como una verdadera obra de arte cinematográfica.
Mejor actriz
Meryl Streep
Amy Adams
Judi Dench
Cate Blanchett
Sandra Bullock
Sin haber visto Agosto, me la juego por Blanchett. Meryl viene de una victoria reciente y las otras tres trabajan muy bien -en particular Dench-, pero Blanchett es un torbellino de emociones imparable en Blue Jasmine. Podría recibir de costado parte del golpe del escándalo Woody Allen, pero difícilmente eso le cueste el premio.
Mejor actor
Matthew McConaughey
Christian Bale
Bruce Dern
Leonardo DiCaprio
Chiwetel Ejiofor
La categoría más peleada. Salvo Bale, que si bien está muy divertido en Escándalo americano bien podría haber sido sustituido por Tom Hanks, los otros cuatro tienen grandes chances, y todos merecerían ganar. La tendencia en las otras ceremonias indica una preferencia por McConaughey y Ejiofor, y de ellos dos me la juego por el segundo. En una película devastadora como 12 años de esclavitud, Ejiofor transmite su alma golpeada tan solo a través de la mirada. No necesita grandes demostraciones, basta con mirar para partirte el corazón.
Mejor actor secundario
Barkhad Abdi
Bradley Cooper
Michael Fassbender
Jonah Hill
Jared Leto
Está entre Leto y Fassbender, aunque Abdi podría dar la sorpresa. El villano de Fassbender es brutal, pero por momentos es casi caricaturesco -un problema más de guion que del actor-, y por eso apuesto por Leto. Su transexual Rayon es divertido y te llega profundo al mismo tiempo. Es el corazón de Dallas Buyers Club.
Mejor actriz secundaria
Julia Roberts
Sally Hawkins
June Squibb
Lupita Nyong'o
Jennifer Lawrence
Squibb es una genia, pero la pelea está entre Lawrence y Nyong'o. Por más que me encantan ambas actuaciones -y me cuesta mucho no hinchar por J-Law-, Nyong'o arrasa. Duele mucho verla, y no podés sacarle los ojos de encima.
Mejor director
Alfonso Cuarón
David O. Russell
Alexander Payne
Steve McQueen
Martin Scorsese
En un mundo justo, debería ser para Cuarón (leer entrada de Gravedad). McQueen podría sorprender sin que me quejara demasiado, aunque sea solo por ese plano interminable y cada vez más devastador en que el personaje de Nyong'o es latigada. Pero no. Cuarón. Es un maestro.
Mejor guion adaptado
El lobo de Wall Street
Antes de medianoche
Capitán Philips
Philomena
12 años de esclavitud
Me la juego a 12 años de esclavitud.
Mejor guion original
Escándalo americano
Blue Jasmine
Dallas
Ella
Nebraska
Ella es espectacularmente original, pero podría haber un reconocimiento para Escándalo americano.
Mejor película animada
Frozen
Mi villano favorito 2
Ernest & Celestine
El viento se levanta
Los Croods
Frozen es una victoria casi cantada -y merecida, el musical de Disney es divertidísimo. Pero el Oscar podría querer reconocer al histórico animador Hayao Miyazaki (de El viaje de Chihiro y La princesa Mononoke, entre otras), que se retira del cine con El viento se levanta, una película que ha atraído críticas sensacionales.
Mejor película extranjera
La gran belleza (Italia)
La cacería (Dinamarca)
The Broken Circle Breakdown (Bélgica)
The Missing Picture (Camboya)
Omar (Palestina)
La gran belleza viene arrasando con todos los premios, así que no hay mucho que discutir. Aunque solo pude ver La cacería, una película inteligente y arriesgada que plantea preguntas muy difíciles y sale airosa, por lo que es la única por la que puedo hinchar.
Mejor documental
The Act of Killing
The Square
Dirty Wars
Cutie and The Boxer
20 Feet From Stardom
Me encantó 20 Feet From Stardom y The Square es una mirada profunda a la revolución de Egipto que explica mejor que cualquier nota los sucesos y tiene segmentos de mucho suspenso y emoción, pero The Act of Killing, un documental sobre la masacre de comunistas que tuvo lugar en Indonesia en los 60 -contado por los mismos asesinos-, está en otro plano. Es bizarro, duro, creativo; es terriblemente difícil de ver y es imposible dejar de hacerlo.
Mejor canción original
"Happy" -Pharrell, Mi villano favorito
"Let It Go" - Idina Menzel, Frozen
"Ordinary Love" - U2, Mandela
"The Moon Song" - Karen O, Ella
Me encantan todas. Estaría contento con que ganara cualquiera. Aunque "Let It Go" es un poco demasiado Glee, también es una pegadiza canción de pop con una interpretación de Idina Menzel (que hizo de la madre de Rachel en Glee) que te deja de boca abierta. "Happy" simplemente te hace sonreír, "Ordinary Love" es un regreso más que auspicioso para U2, y "The Moon Song" es una joya indie hermosa, en particular en la versión de Scarlett Johansson que aparece en la película. Aplausos para todas.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez1)
La garra yanqui
St. Vincent, un disco con algunos excesos pero con la gran ventaja de sonar con seguridad y rebeldía
Puntaje:7
Este es uno de esos discos en que la frase hecha –y a veces medio chota- que reza que los excesos hacen mal, triunfa en más de una ocasión. Claro que eso no significa que haya cero acierto. Hay muchos. El problema simplemente surge cuando el recurso se transforma en obsesión. La suma empieza a restar y, a fin de cuentas, la cantante y multi-instrumentalista estadounidense St. Vincent juega en su álbum homónimo -el cuarto en su carrera, quinto si contamos la colaboración con David Byrne de 2012, Love This Giant- con el riesgo de caer en déficit.
Se trata de un trabajo con canciones que van entre lo electrónico y lo pop, o por momentos “pop barroco”, como le han dicho a mucho de lo que aparece acá, y St. Vincent lo hace de forma decidida aunque peca de inquieta. Sonoramente le queda muy bien la rebeldía y la fuerza, pero a veces aquellos excesos la transforman en una loquita.
La postura es muy buena. La decisión es muy buena. El gran problema termina siendo el control. Entonces, ¿cuáles son las cosas que sobreviven a pesar de la recurrencia? En primer lugar esa decidida actitud de romper reglas y cambiar las estructuras de las canciones pop más convencionales; en segundo lugar, y en parte como consecuencia de lo primero, la capacidad de tomar riesgos sin caer en mamarrachos. Incluso errándole. De tener garra, de hacerlo con huevo. Y explotar como nunca cuando la propuesta se vuelve lo más desestructurada y agresiva posible.
Por el otro lado, ¿qué cosas pasan de la suma a la resta? Por ejemplo, las dos grandes obsesiones del álbum: los coros aparatosos y omnipresentes, de iglesia pero más perturbadores, y los sonidos y solos de sintetizador hiperdistorsionados. Muchas son las víctimas de eso, que al principio pinta para ser lo mejor y de a poco se va convirtiendo en lo contrario. “Prince Johnny” por ejemplo, bastante Lana del Rey al inicio, aquello del “pop barroco”. O la más radiable de todas, “Regret”, que aunque tiene un muy buen arranque, más rockero y agradable que el resto, cae finalmente en el pecado de las obsesiones. Siempre en algún momento hay algo que se vuelve distorsionado de más, o algún coro con demasiada presencia. Y aunque no se sepa exactamente cuándo, simplemente la prolongada recurrencia es lo que lo hace tan predecible. Y pesado, claro.
La buena costumbre de empezar siempre bien es uno de los grandes logros de este St. Vincent. En muchas de las doce canciones el arranque es un anzuelo. No demora en atrapar. Sin embargo, otra vez, esa buena costumbre suele venir acompañada de una mala: el despistarse con frecuencia y facilidad. A lo largo del disco, St. Vincent parece sufrir dos “patologías”. La hiperactividad es una: siempre hay un momento en la canción en que no puede quedarse quieta. Como que ya no se aguanta. Y cuando cambia siempre cae en los mismos lugares, y con eso el retroceso. Y la bipolaridad es la otra: cambiar de aire siempre es bueno, no obstante, lo que sucede acá es que la distancia entre lo que era y lo que es después del cambio, se estira demasiado. Un abismo, y eso choca.“Huey Newton” es el mejor ejemplo.
Entre tanto coro y melodías que no suelen ser de princesita, hay en este álbum enormes temas. “Digital Witness” es uno de ellos. Por supuesto arranca notable, con mucho groove, y tiene la ventaja de tener arreglos de vientos muy buenos. Una canción para mover el esqueleto.“Severed Crossed Fingers”, la última y la más “normal” de todas, también. Lenta y hasta melancólica, St. Vincent se luce en la voz. Un poco más apartada de esas dos aparece “Every Tear Dissapear”, que es por lejos la más pirada, pero igual de buena.
Annie Clark, el nombre real de St. Vincent, parece tener ese problemita de que se le sale la cadena. Eso de no controlarse por momentos y hacer que lo bueno pierda un poco esa calidad. Sin embargo, esa decisión, esa garra, hace que a lo último se le entienda. Que se valore. Lo eclipsa todo. Algo así como “vaya y pase”: con esa polenta y esa seguridad hay que perdonarla y aplaudirla.
Franco Serra (@francoaserra)
La crisis y coronación de No Te Va Gustar en el cine
El verano siguiente es una muestra desprolija y sincera del trabajo del grupo, mientras atravesaba algunos de los momentos más duros y más significativos de su carrera
Puntaje: 8
No Te Va Gustar quizá sea la banda de rock más grande de la historia de Uruguay; bien puede considerarse una de las más importantes de Latinoamérica hoy. Que quisieran tirarse a algo más arriesgado como un documental parece la opción lógica, más cuando La Vela Puerca -su principal competencia, a pesar de la amistad que une ambos grupos- hizo lo propio en 2010 con Normalmente anormal. Pero El verano siguiente no es un documental clásico. Es desprolijo, con poca coherencia, parece un emparchado de momentos conectados solamente por girar alrededor de la grabación del disco El calor del pleno invierno. También es muy gracioso, emotivo, y una muestra del funcionamiento de la banda de una forma quizá aún más sincera que si hubieran hecho otra cosa más guionada.
El verano siguiente confirma algo ya sabido: el liderazgo absoluto de Emiliano Brancciari en la banda, a pesar de que él afirma que no se siente tan cómodo parado en el medio del escenario. El cantante lleva la posta del documental; la mayor carga emotiva está en sus hombros y también varios de los momentos más memorables. Es el que narra, con entrevistas para diferentes medios, y el único que se ve en solitario junto con su familia. Su hijo Santino se roba los segmentos en que aparece, desde cuando canta “Blitzkrieg Bop” de los Ramones a cuando se duerme en plena sesión de grabación, ignorando lo que sucede a su alrededor.
Pero la intención es evidentemente poner a Marcel Curuchet bajo el foco principal. Eso se logra, se entiende por qué fue una figura clave en la historia de la banda y su pérdida se hace más dolorosa todavía. Se lo ve hacer chistes, a punto de ser padre (las listas con sugerencias para el nombre de su hijo son muy divertidas), protagonista de varios pasajes del filme. En un momento difícil de ver, “Curucha” -que falleció en 2012 en un accidente de moto en plena gira por Estados Unidos- dice con humor que no puede morirse antes de los cuarenta años, que tiene que pasar esa edad, y luego bromea dónde sería mejor dejar el mundo: “Tijuana, por ejemplo. Es un buen lugar para caerse muerto”. Luego se lo ve subido a la moto que le habían alquilado por su cumpleaños (número 40) para el trayecto de Washington a Nueva York, feliz. El momento más emotivo del documental es cuando Brancciari le habla al público en el primer show en La Trastienda luego del accidente, y se le quiebra la voz.
En el origen, la intención era documentar la grabación del disco, y en ese sentido funciona a medias. Si bien se muestra el proceso, quedan más situaciones intrascendentes (algunos problemas para grabar el saxo) que los momentos electrizantes que se asocian con la música y el rock en particular. Lo más divertido es lo que rodea a la grabación, una sucesión de boludeces que llegan por momentos a levantar carcajadas. También se documenta su llegada al estadio de Costanera Sur en Buenos Aires, en un recital para 50 mil personas que los catapultó a la realeza del país vecino. Es gratificante, la recompensa luego del dolor que debieron atravesar.
La mayor crítica es al realizador, el argentino Gabriel Nicoli. La decisión estética de filmar muchas veces a los protagonistas de costado y de atrás, con lo que se ve solo una mínima parte de sus rostros, lo hace sentir improvisado. Al igual que la necesidad de a ratos de una coherencia mayor. Porque en los fragmentos que tienen que ver con el accidente de Curuchet es cuando mejor funciona, con un manejo de la situación que evita caer en el azúcar. El resto puede llegar a sentirse pesado. Lo salva el buen humor y la simpatía de los integrantes de la banda. Al ver el dinamismo con el que trabajan, los fanáticos seguramente salgan de la sala con un cariño mayor por el grupo. Los que no los aman ciegamente estarán entretenidos, pero es difícil que El verano siguiente los convierta a la religión de NTVG.
Gastón González Napoli (@GastnGonzalez1)