Entre dos países y ninguna certeza
Caminaba por Vallecrosia, o eso creía.
A esa altura del viaje, los nombres empezaban a perder peso y lo único que importaba era la dirección: hacia adelante.
Iba rumbo a Ventimiglia porque alguien, en algún momento, me había dicho que desde allí hasta Mentón había un camino que valía la pena. No supe si confiar en esa recomendación o en la necesidad de moverme. A veces es lo mismo.
El Mediterráneo se extendía a mi lado como una presencia constante. Azul turquesa, limpio, casi irreal. No era un mar que intimidara: era un mar que invitaba. Del otro lado, las villas de colores pasteles parecían acomodadas con intención, como si alguien hubiera querido que todo fuera agradable a la vista. Amarillos suaves, rosas apagados, verdes claros. Todo tenía una armonía que no pedía explicación.
Y sin embargo, yo no terminaba de encajar en ese paisaje.
Caminaba con la mochila al hombro, sintiendo su peso de manera desigual. Había días en los que parecía liviana, casi parte del cuerpo. Y otros, como ese, en los que cada paso recordaba que cargar también es una forma de insistir.
El paso de un país a otro no tuvo ceremonia.
Nadie preguntó quién era.
Italia quedaba atrás sin despedirse. Francia aparecía sin anunciarse. Y yo, en medio de ambos, pensé que tal vez esa era la forma más honesta de cruzar fronteras: sin que nada cambie del todo.
Me detuve a tomar un café en un pequeño bar. No entendía bien el idioma, pero el gesto alcanza cuando uno ya lleva tiempo viajando. Pedí señalando, agradecí con una sonrisa. El café llegó. Lo probé.
No mejor ni peor. Distinto. El aroma tenía otra profundidad, el sabor otra intención. Pensé en lo extraño que es eso: algo tan simple como el café cambia de un país a otro, como si cada lugar necesitara reinterpretarlo. Como si incluso lo cotidiano se negara a ser igual en todas partes.
Y yo seguía siendo el mismo.
Seguí caminando. El mar a mi derecha, el mundo construido a mi izquierda. Un equilibrio perfecto para perderse en pensamientos. Y los pensamientos llegaron, como siempre llegan cuando el cuerpo entra en ritmo y la mente deja de resistirse.
Me pregunté si había elegido esta vida.
No el viaje en sí, sino todo lo que implica. La distancia. La soledad. La constante sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar. Me pregunté si esto era felicidad o simplemente una forma más elegante de escapar.
Pero no sé si lo fui como debía.
Hay una diferencia —sutil, pero real— entre ser fuerte y ser feliz. Durante años aprendí a resistir. A seguir. A no detenerme demasiado en lo que dolía. Pero nadie me enseñó a habitar la alegría sin sospechar de ella. Nadie me explicó cómo quedarse en un momento bueno sin pensar cuánto durará.
Y ahí estaba yo, caminando entre dos países hermosos, con el mar respirando a mi lado… y sin saber si dejarme llevar por la belleza o por la nostalgia.
Pero también, a veces, expone.
Llevo años buscándome. Eso es lo más honesto que puedo decir. Me busqué en historias de amor que leí como si fueran mapas. En miradas que creí entender. En ciudades donde imaginé que podía ser otra versión de mí mismo. Me busqué en posibilidades, en futuros inventados, en vidas que no eran mías pero que, por un momento, sentí cercanas.
Con el mundo abierto frente a mí.
Con caminos que no se terminan.
Con opciones que no se agotan.
Y con una sensación persistente de no haber encontrado eso que vine a buscar.
Podría hablar de muchos. De nombres, de recuerdos, de momentos que parecieron eternos mientras duraban. Pero si soy honesto, ninguno fue realmente mío. O quizás yo nunca supe cómo sostenerlos. Me pregunté, mientras caminaba, si alguna vez fui amado de verdad. No de forma superficial, no de paso.
Amado como se mira una pintura.
Con esa necesidad de quedarse un poco más.
Tal vez nunca lo experimenté.
O tal vez sí, y no supe verlo.
Quizás mis pasos nunca se detuvieron lo suficiente como para notar quién me estaba mirando así.
El viento traía olor a sal. Las olas rompían con una cadencia tranquila, casi indiferente a mis preguntas. El camino seguía. Siempre sigue. Y yo también.
No encontré respuestas ese día.
No encontré aquello que buscaba.
Y a veces, eso es lo único que sostiene todo lo demás.
Porque aunque no sepa qué estoy buscando, aunque dude de la felicidad, del amor, de mí mismo… sigo avanzando. Con la mochila al hombro, con los pensamientos desordenados, con los sueños que no terminan de tomar forma.
Entre países que no son míos.
Entre lenguas que no entiendo.
Entre versiones de mí que aparecen y desaparecen.
Y quizás, solo quizás, eso también sea una forma de estar vivo.