Morrissey.
El gato se llamaba Morrissey y se escapó del departamento. Dos semanas antes Nancy se había largado de la vida de Darío, a partir de entonces su hogar se volvió un nido de ratas, un cenicero enorme y tal vez el depósito de botellas de alcohol de diez pesos más grande de todo el país.
Darío buscó cientos de artículos en internet e intentó de todo. Maullaba por las noches en busca del gato y a veces obtenía una respuesta, corría eufórico a buscarlo y al final no tenía éxito. Incluso cuando Alicia llegó por primera vez a su departamento interrumpió el pre-coito ya que escuchó los maullidos de Morrissey.
-¿Cómo puedes diferenciarlos? ¿Cómo sabes que no es otro gato?
Ya había perdido la cuenta de las personas que preguntaban eso y para ellos la respuesta era la misma:
-No lo sé.
Había pasado año y medio y el maldito gato no regresaba. Maullaba en la mañana, la tarde y al anochecer el vecino de enfrente gritaba: cállate hijo de tu pinche madre.
-Morrissey… sé qué te has ido, sé que Nancy también se fue, pero por favor, vuelve, no seas gacho. Tú eras mi amigo y por más gente que venga aquí se siente vacío -rezaba en las mañanas.
Mientras fumaba un delicado vio como Nancy cruzaba la calle en dirección hacia él. Se dio la vuelta y vio como entraba a una veterinaria. Atragantando el humo corrió y vio detrás del vidrio impidiendo el paso a los transeúntes. Tal vez si le hubiese besado el vientre no se hubiera largado y Morrissey siguiera con nosotros, pensó vagamente mientras encendía otro cigarro. Nancy pagó las croquetas para perro y se fue. Darío, decepcionado, volvió a su departamento.
Las siguientes personas que llegaron al departamento ya no se enfrentaron con el comportamiento obsesivo de Darío a excepción de María que cuando se excitaba gemía como gatito. La erección de Darío bajó como si hubiese escuchado que su madre había muerto y se metió al baño durante quince minutos. Cuando salió María ya no estaba, ni la cajetilla de cigarros.
El departamento volvió a la normalidad gracias a Laura. Darío a veces miraba por la ventana pero tal vez veía a los autos o a la gente.
Luego de coger con Laura los dos fumaban, en un silencio en la ventana había un felino observando. Era Morrissey, un poco más gordo y con el pelo cuidado. Tenía un collar que lo nombraba “Platón”. Siguió su camino, Darío no hizo nada. Pensó en googlear si a veces el amor cambiaba de nombre pero mejor encendió otro cigarro y le deseó buenas noches a Laura.










