El ser humano no puede gritar sobre aquello que su humanidad no ha escuchado.
Es por ello, que en ciertos momentos somos llamados a escuchar y abrir el alma.
No podemos hablar de Dios, sin haber escuchado paciéntemente y en gracia; todo aquello que podramos decir sin haber escuchado, no habla de Dios.












