EL MADROÑO
Cuando Pablo Picasso dijo aquello de que el arte era una mentira que nos hacía comprender la verdad, sin saberlo, estaba describiendo El Madroño.
El día que perdí el miedo y me dejé de tonterías me propuse a mí mismo convertir mi lugar de trabajo en una especie de santuario, (porque además de maniático soy supersticioso) y si algo me hacía tener buena suerte, lo repetía para que no se me acabara nunca. Por eso lo primero que decía siempre al llegar era un: “Buenos días, Madrid” bien alto, le echaba un vistazo a mis estampitas para ver si Yolanda la de la limpieza me las había estropeado frotándolas con algún producto, le tocaba el pelo a mi minicorpóreo de Ana Rosa Quintana y ya estaba preparado para empezar el día.
Al principio yo creo que escribía fatal, y con esto no quiero decir que ahora lo haga mucho mejor, ojo. Con esto quiero decir que ahora lo hago de una manera diferente pero que me representa mucho más. Porque si al principio entendía que redactar un texto, un guion, era lo que me habían enseñado en la universidad, ahora entiendo que redactar es escribir algo como lo pienso y como lo veo. Porque eso es lo único que puedo aportar. Seguramente no sea la fórmula correcta, pero es la mía, la que me gusta y con la que más cómodo me siento. Además, así algún día podré decir eso que decía mi querido Andy Warhol de: “Si quieres saber sobre mí, solo tienes que mirar mis pinturas, mis películas y mis fotos. Allí estoy. No hay más”.
En El Madroño aprendí muchísimo. Sobre todo fijándome en pequeños detalles y gestos de los profesionales que saben mucho más que yo. Así, descubrí cada vez que un director me miraba un vídeo ya editado, que comunicar es un arte bastante simple y que lo realmente complicado es que alguien te escuche, descubrí que cuanto más conoces las reglas más fácil es saltártelas, descubrí que una idea no es más que un punto de partida y que a pesar de que la gente piense que las personas que trabajan en la tele son especiales, redactar es solo otro trabajo. Pero, sobre todo, descubrí que lo que hago ya se había hecho antes y que cuanto más conozco a mis artistas favoritos más sencillo me resulta escribir. Y pongo un ejemplo: Picasso, perdón por citarlo una segunda vez, decía cosas como que si le daban un museo él lo llenaría con su arte o que todo lo que puede ser imaginado es real. Pues en frases como esas basé yo mis textos. Y ni tan mal, oye, creo que podría seguir haciéndolo.
No solo tengo que agradecerle a este programa que me haya hecho crecer a nivel profesional. A nivel personal ni te cuento, vamos. Es más, os voy a confesar una cosa que a lo mejor ni os interesa ni vais a entender. Yo hace un tiempo tenía miedo de sentirme feliz. Es algo muy raro pero es verdad. Creía que la felicidad duraba poco y tenía miedo de que se me acabara y de no volver a sentirla nunca. Pues, bueno, que sepáis que El Madroño me demostró que me equivocaba.
En este trabajo me han permitido hacer cosas que nunca hubiera imaginado hacer, me han dejado ser yo, descubrirme, y vivir decenas de momentos inolvidables.
He conocido a gente que ya forma parte de mi vida y que no se va a ir nunca jamás porque no me da la gana. Me he enamorado de una persona a la que admiro profesional y personalmente, a la que ahora mismo no puedo querer más y con la que deseo pasar el resto de mi vida. He disfrutado de la felicidad. Y eso, al fin y al cabo, es lo único que importa.














