Intenté no volver a pensarte. Intenté, también, no plasmarte en mis escritos, como si dejar de escribir tu nombre entre líneas pudiera convencer a mi corazón de que ya no te espera.
Pero hoy es uno de esos días.
Uno de esos días en los que te extraño un poquito más de lo normal. En los que el silencio pesa distinto y cada vibración del teléfono me roba un segundo de esperanza. Me descubro mirando las notificaciones con una ilusión casi infantil, deseando que, entre todas las que reciba hoy, una, solo una, sea la tuya.
A veces imagino que me escribirás para decirme que me extrañas. Mucho más de lo que yo te extraño a vos. Que intentaste seguir adelante y no pudiste. Que descubriste, demasiado tarde, que tampoco sos capaz de quedarte lejos de mí.
Entonces sonrío por un instante... hasta que recuerdo que hay deseos que solo existen para rompernos un poquito más cuando la pantalla vuelve a apagarse y tu nombre nunca aparece.
Supongo que así se siente extrañar a alguien: aprender a convivir con la esperanza, incluso cuando una parte de vos ya sabe que nunca va a suceder.
























