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La historia tras las sopaipillas de Portugal
Por Lenka Fuentes Rubio Héctor Hernández es un sopaipillero. Lleva ejerciendo este oficio por 34 años. Empezó sólo con un triciclo, sin embargo actualmente posee un Food Truck. Los años lo han consolidado en su ubicación actual; su carrito se puede encontrar en las afueras de la facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. A sólo pasos del metro Universidad Católica, se pueden probar sus sopaipillas y empanadas. En verano, suma el mote con huesillos a estas preparaciones. Sus sopaipillas son parada frecuente para alumnos, profesores y visitantes del sector.
Héctor ha debido probar suerte en distintos lugares, antes de establecerse en su ubicación actual. Comenzó en Santa Rosa, donde una ordenanza municipal le obligó a dejar de trabajar. Hernández volvió a instalar su carro en Vicuña Mackenna, pero no logró permanecer allí más de ocho años. Actualmente se encuentra en avenida Portugal. "Aquí me ha ido muy bien", asegura. Sin embargo, en reiteradas ocasiones ha debido enfrentarse con los inspectores del sector, en donde los estudiantes de la universidad le han ayudado en los procesos. A pesar de los malos ratos, estas mismas situaciones le han traído beneficios a largo plazo. Su ubicación y los problemas con los inspectores, le han dado una cercanía especial con los universitarios. "Los universitarios son mis mejores clientes", señala Héctor. Los funcionarios de la misma también han creado una amistad cercana con él. Son varios los clientes del mismo sector que lo visitan regularmente para comer una de sus sopaipillas. Puedes revisar la entrevista AQUÍ.
Fotografías de Carlos Pape C.
Entrevista a Hector Hernández
Por Lenka Fuentes Rubio -¿Acá también ha sido complicado acceder a los permisos municipales?
Bueno, varias veces me han molestado. Existe una ordenanza municipal que dice que los carritos de comida no están permitidos. Me dieron duro. Cuando pasó esto, los universitarios comenzaron a ayudarme y me defendieron. Llamaron a la tele a los diarios y así se hizo muy famoso el carrito. No pude conseguir el permiso, pero luego de eso la municipalidad dejó de molestarme, todo gracias a ellos. Pero me da igual, ahora puedo trabajar tranquilo.
-¿Le dieron alguna razón?
A mi me va bien. Hubo un tiempo en que se pasaron películas conmigo, vieron que tenía buena situación. Entonces me persiguieron, pensaban que vendía otras cosas a los universitarios –drogas-, pero no. Este es mi trabajo, y de hace ya muchos años. Esto no nació de la noche a la mañana, me costó. Soñaba con tener un carro como el que tengo. Nunca voy a andar haciendo nada malo, por que gano la plata más que suficiente. Hoy vendí 1.100 sopaipillas y llego hasta las 1.500 normalmente. Entonces ayudo a mis hijos, tengo mi auto, mi carro. Todo esto es gracias a mi trabajo, yo sé trabajar, todo me salió bien. Amo mi trabajo y por esto llevo 34 años en esto.
- ¿Cómo actuaron sus clientes?
Cuando comenzaron los problemas con la municipalidad, algunos funcionarios de la universidad me recomendaron pedir ayuda a los jóvenes. Yo pensé que ellos no tenían fuerza para ayudarme, pero cuando me llevaron detenido, ahí se metieron. Me dijeron que no me preocupara, que ellos me iban a ayudar y dije ya pues, veamos. Y luego todo salió bien.
-Su relación con ellos cambió...
Me gusta mucho compartir con los jóvenes. Yo pensaba que como ellos venían de otra realidad y de buena familia, me podían mirar en menos, pero fue todo lo contrario, son súper respetuosos.
A pesar de estos episodios, Héctor ha podido continuar en el rubro. Ya no son sólo estudiantes y funcionarios: los clientes externos aumentaron. Prontamente lo entrevistaron desde distintos medios para conocer su historia. Diarios y revistas de papel couché han visitado este puesto gastronómico, que con el paso del tiempo se ha convertido en una “parada obligada” para cientos de transeúntes. Exponencialmente esto ha aumentado la cantidad de compradores aún más. Visitar el carro, muchas veces, significa hacer una fila de casi veinte, treinta y hasta cuarenta personas en días de lluvia.
El secreto del éxito, ha sido su propia experiencia. Previamente a decidir trabajar en este rubro, se desempeñó por años en gastronomía. Aquel trabajo le entregó herramientas para ofrecer un servicio de alta calidad. A diario se instala en su carro a las siete de la mañana y de inmediato se acomoda su delantal. Prepara el aceite y el carro, con extremo cuidado e higiene. Héctor promete ofrecer sopaipillas grandes y hechas con su receta personal. "Ésto hace la diferencia", señala.
-¿Cuál es el secreto de sus sopaipillas?
Las mando a hacer. Como trabajé en cocina, me manejo en esto y tengo mi propia receta. Se la entrego a un maestro y así él las prepara a mi gusto. No son como las sopaipillas comunes y corrientes, éstas las preparo con mantequilla y manteca, tienen otro sabor, son más ricas.
A pesar de encontrar una fuente fructífera y un trabajo agradable, la salud últimamente no le ha acompañado. Un accidente cardiovascular le hizo replantearse respecto a la carga horaria y el esfuerzo que requiere mantener ese carrito. Hoy, se encuentra preparando a su hijo para que continúe con el negocio que le abrió caminos a su familia.
-Si pudiera volver el tiempo atrás, ¿Optaría por este trabajo?
Claro, de todas maneras, me gusta mucho el trabajo que hago. Cuando trabajaba de maestro de cocina no me alcanzaba el sueldo para poder sostenerme, en cambio ahora con mi carrito es más que suficiente, me da para todo. Y ahora le estoy enseñando a mi hijo y eso me pone muy feliz. Estoy contento y orgulloso, porque era mi meta trabajar bien. Cuando salí en el diario de que vendía el mejor mote con huesillo, la mejor sopaipilla… Ese es mi verdadero pago a todo el esfuerzo.
-¿Cómo se ve de aquí a 5 años más?
Ahora doy para un año más nomás, porque luego de tener un accidente vascular quedé a medio motor, este será el último invierno trabajando. Seguiré preparando mote con huesillo para el verano, pero no vendré a trabajar al carro, eso será pega de mi hijo que está aprendiendo. De hecho ahora le estoy enseñando a mi hijo menor, para que aprenda a trabajar y así pueda heredar el carrito cuando yo deje el oficio.-
Esto no nació de la noche a la mañana, me costó. Soñaba con tener un carro como el que tengo. Y nunca voy a andar haciendo nada malo, por que gano la plata más que suficiente. Hoy vendí 1.100 sopaipillas y llego hasta las 1.500. Entonces ayudo a mis hijos, tengo mi auto, mi carro. Todo esto es gracias a mi trabajo, yo se trabajar, todo me salió bien. Amo mi trabajo y por esto llevo 34 años en esto
Hector Hernández Sopaipillero.
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