desconocida.
Sus dedos no dejaron de juguetear con la nieve, inmensamente complacida con la sensación que ésta le ofrecía, sin embargo la persona a la que había golpeado no parecía compartir su opinión. No tenía de por qué le había asustado tanto una simple bola de nieve, no iba a herirle ni nada por el estilo. —¿Qué? ¿Por qué no? No te haré daño, si eso es lo que crees. —Encogió los hombros, restándole importancia al asunto, aunque si la rubia no dejaba de sentirse incómoda, por supuesto que no iba a hacer más que alejarse y dejarla en paz.
Liz se mordió el labio, escuchando atentamente lo que la castaña tenía que decir, y aunque trataba de calmarse, repitiéndose que no había sido nada más que una bola de nieve, su corazón estaba latiendo a mil por hora. En otras ocasiones, en su otra vida, cualquiera que viese hielo, siquiera copos cayendo del cielo inmediatamente pensaba que era su culpa, la culpa de su maldición. Toda la gente se ponía paranoica, porque, ¿qué tal si se repetía lo del Invierno Eterno? Ahora, cada que veía a los demás jugar entre la nieve y hacer muñecos se sentía triste, ansiosa, culpable, sola… Como un fenómeno. —No… No me harás daño… Yo, sólo, será mejor que dejes de hacer eso. Soy yo la que no quiere lastimarte. —Dijo mientras se abrazaba a sí misma.











