“Créeme, lo veras.” Ese instinto competitivo continuaba más vivo que nunca, pues el simple regreso del monegasco a su vida traía de vuelta a la princesa más espontanea, extrovertida, divertida y juguetona, gran parte de su personalidad que realmente consideraba perdida, aunque bien, también al príncipe llegó a denominarlo de esa manera en algún punto y el recuperarlo todo de un día a otro era como el mejor regalo de cumpleaños adelantado que hubiese podido pedir, incluso más grande que miles de joyas obsequiadas, ropa, zapatos, un castillo, inclusive, más valioso que la corona misma. “Por supuesto que soy una mala perdedora. Digo, nunca he sabido cómo llegar a eso. ¡Tal vez tú puedas enseñarme! Dicen que eres todo un experto en ser derrotado.” Una sonrisa victoriosa y dominante condecoró los carmín de la azabache, reluciendo ese verde en sus esmeraldas, más vívido que nunca. “Es una lástima, yo sí dejaré que tú lo hagas.” Claramente bromeó, a sabiendas que sería capaz de dar la vida misma si la del contrario estuviese en peligro. Soltó un par de carcajadas ante lo que ella consideraba un buen comienzo con tal golpe verbal en contra de su compañero. No obstante, la diversión en su rostro se vio interrumpida cuando las últimas palabras por parte del masculino salieron a flote, desconcertándola por un momento hasta que éste comenzó a correr lejos de ella. Sus labios se entreabrieron con clara indignación plasmada en sus facciones, por lo que se aferró a la cola de su vestido y comenzó a correr a toda velocidad atrás de Stephan. “¡Me las vas a pagar, tramposo!” Amenazó, siendo, tras varias cuadras recorridas, apenas unos metros de distancia que le impedían alcanzar al monegasco. Elevó la mirada para percatarse de que estaban más cerca de lo que creía y aunque su respiración fuese agitada y las piernas le reclamasen tal disparate, su avance había sido suficiente como para no rendirse ahora, logrando visualizar en un tamaño mucho más enorme la estructura marcada como línea de meta. A poco de llegar, la princesa se detuvo inmediatamente, soltando un grito agudo que buscaba cautivar la atención de su acompañante. “Creo que algo se clavó en mi pie, Stephan, por favor, ayúdame.” Soltó quejumbrosa en un chillido de voz, mismo que demostraba lo herida que se encontraba. Claro que, tras un par de actuaciones más, su intento de convencimiento pareció dar efecto, por lo que aprovechando la distracción, se dispuso de inmediato a emprender la carrera más rápida de su vida hasta la torre, dejando a un lado su teatrito por simple competitividad. “¡Caíste, tonto! ¡Te veo en la torre!”
‘Todo un experto en ser derrotado’, pensó Stephan, en realidad las palabras de la inglesa no estaban del todo erradas, por lo que en aquél momento se limitó simplemente a sonreírle. Oír la amenaza de la princesa le generó mucha gracia, ya que estaba seguro de que se lo iba a devolver de alguna manera u otra, ella no era justamente de las que jugaban limpio. Aquella carrera era una de las cosas más satisfactorias que el príncipe había hecho en mucho tiempo; era de madrugada y estaba lloviznando. Pero no era esa clase de la cual intentas correr o esconderte, era de esas que te generaba correr porque en la brisa, poco densa pero efectiva, sentías el rocío empapar tu rostro, aquélla que era mejor disfrutarla junto a la compañía de algo importante, y Stephan tenía todo eso en aquel momento. La queja de Eleanor lo desconectó de todos sus pensamientos, frenando en seco para poder analizarla a lo lejos. No estaba muy seguro de que fuese verdad, pero al ver que su molestia no cesaba decidió acercarse. Pero a pocos metros de ella recordó lo tonto e inocente que era él, ya que la menor, con astucia, ya le había sacado varios metros cuando se dio cuenta. Ya no valía la pena intentar alcanzarla, estaban a pocos metros de aquella majestuosa estructura, que el monegasco se dedicó a observar embelesado por algunos segundos antes de retomar su camino detrás de Eleanor, quien ya se encontraba a sus pies. “Nunca dejaste de ser tramposa, no debería ni sorprenderme.” comentó dejando sus ojos en blanco una vez que se aproximó a ella, “Y yo nunca voy a no dejarte ganar, ¿Así que quién es el tonto aquí?” preguntó por lo bajo, pero a un nivel que la inglesa seguramente podría escuchar. El lugar parecía estar cerrando, pero el guardia al reconocer el rostro del flamante príncipe de Mónaco y, como no, de la perteneciente a la Corona Inglesa, abrió rápidamente la valla para que éstos ingresasen. “Merci, monsieur.” le agradeció al hombre mientras volteaba, “Te retaría a otra carrera, pero estoy viejo y mis pulmones no dan para más.” exageró con una sonrisa plasmada en su rostro, estaba lejos de mostrar todo el cansancio que en realidad sentía. Por momentos olvidaba que ya no era ese niño de doce años que podía correr kilómetros y luego andar como si nada. “¿Me daría el placer de escoltarla hasta la punta de la torre, Su Alteza Real?” bromeó, estirando su mano hacia la azabache para que ésta la tomase, “S’il vous plait.”