4:38 de la mañana, sigo entumecida en la cama, sin dormir, sin llorar, sin sentir, pero lo más importante: sin ti.
Me aferro al recuerdo de tu risa, reproduciéndola en mi cabeza una, y otra, y otra vez, una especie de dulce tortura que nunca acaba. Tú no te acabas.
Suena la alarma, rompiendo todo el silencio que indicaba la desalmada soledad que me acompaña a diario, clara evidencia de que te has marchado.
Salgo de las sabanas que aún enredan tu aroma, renuente a vivir otro día de rutina, pero sin otra opción más que seguir, seguir hasta que desaparezcas de mi vida.
Me pongo el vestido verde que te gustaba, un poco de rojo en los labios, y tristeza en las pestañas.
Caliento café, y desayuno tus recuerdos.
Todo sabe amargo: el café, tus mentiras, y la patética verdad de que te sigo extrañando.
Me pongo los tacones, mientras recojo mi bolso, y busco las llaves.
Cierro la puerta sabiendo que al final del día, tu fantasma va a estar esperándome en la cocina.