— ¿Por ejemplo? —Y se rasca la garganta, justo sobre la nuez de adán, tratando de pensar. Se le ocurren muchas cosas, después de todo, en los pueblos diminutos de Louisiana hay aburrimiento y nada para hacer. —Pues a mis dieciséis me acusaron de quemar la parroquia de Jean Lafitte. —Frunce los labios, encogiendo los hombros después. —Esa es una cosa que no hice. —Podría jurarlo si el otro se lo pidiera, pero prefiere evitárselo. Ante lo otro, Eli sonríe dando cuenta que le ha causado gracia. Cosa difícil, normalmente se siente el tipo más gracioso entre todos los tipos del mundo. Nunca estuvo realmente acomplejado ni con su estatura, ni con sus sueños de submundo, ni con su existencia de rata, pero no viene nada mal escucharlo de otra boca. Lástima que este chico no lo conozca en nada. Quizá, si fuera ese el caso, se guardaría el comentario que acaba de soltar. — ¿Verdad que soy bastante distinguido? —Sigue jugando, entonces, exagera. —Tú tampoco te ves mal. —Y le guiña el ojo, como diciéndole camarada, una vez que el encendedor llega a sus manos. Saca un cigarro, lo enciende, ofrece la cajetilla: — ¿Fumas? —No es la sensación más maravillosa del mundo, pero Eli no piensa dejar el tabaco. Es de las pocas cosas que no está dispuesto a dejar, no importa cuán dolorosas sean. Da una calada al cigarro, oye lo siguiente y no puede evitar el trinar de una carcajada. Sabe que no es exactamente intimidante, de todos modos, por lo que toma lo dicho por lo ajeno con enterísima levedad. —Eli St. Romain—y ofrece su mano, entonces, para darse un apretón, y luego mira el peluche antes de volver a observarlo a él—. Dime, nuevo amigo, ¿te van los juegos de tiro al blanco? Tengo una billetera llena y ganas de apostar. Si no traes dinero, podrías darme el peluche si pierdes...