Ork
Todos le llamaban Ork porque al respirar emitía una especie de ronquido, algo así como un soplido porcino. De pequeño se peleó con un jabalí que le perforó el pecho. Desde entonces, Ork dejó de poder ir a cazar, pero se quedaba en el taller puliendo las mejores piedras y forjando puntas de lanza infalibles.
Ork había pasado la tarde deambulando por los acantilados y las playas cercanas al poblado. Buscaba berberechos, caracoles, algas, y cangrejos despistados en las marismas. Se ajustó la capucha hasta dejar apenas una ventana mínima de visión, y giró su cabeza lentamente cubriendo todo el horizonte, quebrado por los relámpagos.
- "La cabra", pensó.
Ork echó a andar. Sus pies chapoteaban en los charcos salados de la playa. Los mariscos hacían "crsss, crsss" chocando en el saco. La llovizna empezaba a dejar paso a la tormenta. La silueta de los chamizos se empezaba a dibujar sobre el cielo negro, iluminada estroboscópicamente por la electricidad. La cabrilla estaba frita bajo el árbol. Tenía una mancha negra humeante en la tripa y una gran rama ardiendo truncándole las patas traseras.
Aunque para Ork ya era bastante evidente que la cabra había muerto, se arrodilló a su lado y le acarició la cabeza con gratitud, como cada vez que la ordeñaba. Algo captó su atención. Un olor, algo diferente. Un olor que se convertía en una sensación, en un hormigueo en el estómago. Con un gesto propio de los lobos, exploró aquellos efluvios. Retiró la rama ardiente y la frotó sobre la tierra. Apagó la última llama con unas cañas bien verdes que había cerca.
- "No es la madera".
La pobre cabra había sufrido un destino realmente truculento. Sus cuartos traseros habían sido rasgados por las afiladas ramas, y el fuego había calcinado parte de la piel y el pelo. Ork cogió el animal en brazos, dispuesto a lanzarlo a la fosa común. Un buen día descubrieron que ahí crecían las mejores zanahorias. A los pocos pasos, puso de nuevo a la cabra en el suelo, y se fijó en la herida cauterizada. De algún modo, no solo olía bien. Tenía buen aspecto. No había humedad sanguinolenta. Aquello producía una excitación diferente. Haciendo pinza con sus grandes dedos, separó unos hilos de la carne asada. Al ponerlos bajo la nariz, un escalofrío le recorrió la espalda. Comenzó a masticar. Era mucho mejor que las zanahorias (o al menos así le pareció en ese momento).
Y al llevárselo a la boca, el salitre acumulado en sus dedos resultó ser el primer maridaje de la historia de la cocina, y el primer paso hacía estas líneas escritas a través de una máquina complejísima.















