“Olisqueó el aire y sonrió. Sabía muy bien dónde estaba. Todo estaba exactamente donde debía estar” — Patrick Rothfuss.
Sus maletas estaban siendo cargadas al auto que su padre había enviado para recogerla y llevarla de regreso a Jeunju. Faltaba que llegase el carro de transporte que llevaría a Khan, aunque Jaeun tenía planeado cabalgar hasta salir a la carretera y sólo entonces encerrar a su caballo. Estaba vestida con su traje de montar favorito, su largo cabello rubio recogido en una trenza, su fusta reposando contra su pierna. Estaba apoyada contra el costado de Khan, acariciando distraídamente su morro mientras contemplaba los días pasados, presentes y futuros.
Había decidido que no regresaría a la Academia, independiente de si ésta era reabierta o no. Había creído que su lugar ahí servía un propósito, un camino para ayudar al balance de las cosas. Había sido como entrar a una gran habitación y buscar qué cosas debían estar en su lugar. Había sido todo una cortina de humo para aquellos que querían evitar el balance de las cosas, evitar las cosas como debían ser y en lugar de eso intentaban mantener las cosas como estaban, en ese orden tan erróneo. Jugaban con las vidas de quienes intentaban hacerlo mejor, y al final acabaron poniéndolas en peligro, la suya incluida. Jaeun comprendió que si quería buscar el orden correcto de las cosas, no lo encontraría ahí.
Lo que no quería decir que había sido todo malo. Dentro del desorden que había creído orden, había descubierto monstruos, pero también seres mágicos. Su tía la habia enviado a aquel lugar con la esperanza de que encontrara el sentido de las cosas. No lo había hecho, pero había encontrado a otros que lo buscaban, como ella. Que querían ver más allá. Algunos más que otros, pero eso estaba bien, no había que ser ambiciosos tampoco. Seres mágicos, todas esas personas, amigos. Que provenían de distintos reinos, que estaban tan perdidos como ella, con la esperanza de encontrarse bajo el estandarte de una misión.
Habría de seguir buscando el sentido en otra parte, pero no importaba. El mundo era grande y ella pequeña como un hada, pero sabía volar. Volar y sostener un lápiz. El mundo era grande y ella pequeña, pero con otros junto a ella, lo pequeño se convertía en gigante.
La última de las maletas estaba cargada. Sonriendo, Jaeun montó a su fiel caballo acariciándolo un costado del cuello y tomando las riendas con confianza. Una baile conocido.
“Adiós, Sabhwa. Adiós, adiós y muchas gracias” se despidió con una sonrisa y chasqueó la lengua, sus ojos brillando entusiasmados “Vamos, Khan. Puedo ver el sentido de las cosas allá adelante. Vamos por él”.