Los humanos buscan recursos para mejorar su existencia y prolongarla sobre un mundo que devora sus minúsculas cabezas. Los humanos pueden tener todo, hasta pretender ser dioses de caos o destrucción, definir lineamientos para el prójimo o entregarse al océano sin esperanza. Mas, jamás tendrían dominio sobre el cruel tiempo, indolente, el que no perdonaba ni sentía misericordia de su efecto en ellos: los marchita sobre un prado de flores, tan frágiles y bellos como sus compañeras efímeras.
El destino no cambia, ni cambiará. Con suerte su rostro o su nombre sería recordado por unos pocos y sin ser fiel a la realidad de lo que fue.
Ahí estaba siendo un mortal más del montón, con proyecciones, sueños, lazos, a los pies del placer o del espejismo de compartir alcoba con otro similar. Regaló fragmentos de su tiempo. En bandeja, arrodillado se los ofreció al letárgico demonio que ocupó el lugar de compañero. Un acto de bondad, estupidez, afecto honesto, demasiados adjetivos para una tragedia personal.
Sí es amor, no es amor.
Tendría su reserva como el nunca apodar el vínculo que sostenían, naturaleza cauta la misma traicionera cuando ésta charlaba sin palabras, a base de toques ardientes cual sol en su apogeo.
Traicionera. Embustera. Soplona.
Un día que pintaría como cualquier otro, los secretos -eco de sus besos- callarían para dar paso al grito vivo de sus pulmones ascendiendo desde el empeine ajeno hasta las raíces de los negros cabellos, allí por donde marcaba a besos de cuerpo completo.
Un grito de alma que cambiaría todo sin que su portador advirtiera el origen que dió nacimiento.
Obstinado y trágico el hombre no hablaría abiertamente de la presencia de aquella emocionalidad, sólo lo haría en señales vagas en el marco de un papel o cada noche tras la vuelta de tuerca del destino, donde por un grito mudo la lujuria retrocedió sus garras de animal y adoptó un cariz más dévoto. El de un amante ofreciendo la signficancia a su ser superior, a su ídolo.












