Estaba agotado. Los días en los que debía ir a cumplir con las prácticas al hospital luego de haber pasado toda la mañana estudiando eran los que más consumían su energía. Aunque, por otra parte, eran los días en los que se sentía más seguro de que estaba haciendo aquello que amaba, aquello que lo apasionaba, lo que hacía que se sintiera mejor consigo mismo.
Arrastraba los pies, incapaz de moverse con mucha más agilidad, y así se había desplazado lo suficiente como para cruzar la puerta principal de la fraternidad en la que residía y llegar hasta el living más pequeño que tenían. Y con la hora que era, sabía que sólo podía haber una persona despierta allí.
Su rostro se iluminó al ver a Pablo sentado cómodamente en el sofá, fingiendo prestarle atención a la televisión. Todavía no podía entender por qué sentía que su felicidad se encendía por dentro al verle. Y claramente, no podía dejar que el resto viera aquello, por lo que intentaba disimular su sonrisa cuando alguien más se encontraba cerca.
Pero en ese instante, eran sólo ellos dos y eso le daba la chance de poder ser totalmente abierto y no tener que considerar qué vería el resto o qué no, sólo qué vería el chico al que se acaba de acercar. Se sentó junto a él. O mejor dicho, se lanzó al sofá a su lado, cayendo justo para que su cuerpo reposara contra el respaldo y pudiese pasar uno de sus brazos por detrás del cuerpo del menor, sabiendo que se había sentado a una distancia sumamente corta.
“¿Me extrañabas?” preguntó, dejando que la sonrisa que ya había ocupado su rostro al verle allí se ensanchara en grandes medidas, buscando su mirada. Era el mejor amigo que tenía allí. Y quizá, también algo más que eso.