Su rostro se contrajo de algún modo, sus labios presionándose entre sí para demostrar de manera rápida la incomodidad o incluso el grado de nerviosismo que sentía en ese instante. Y eso no era común en él. Si había alguien capaz de disimular absolutamente todo, ese era él. Pero por alguna extraña razón, en ese momento, no podía.
Inicialmente no comprendía por qué exactamente no lograba quitarle los ojos de encima a la chica al otro lado del corredor, en el dormitorio opuesto. Salía de aquella habitación concentrada en algo que llevaba en sus manos y él parecía uno de esos acosadores que observan desde la sombra, sentado en la puerta de su propio dormitorio porque estaba harto del encierro. Sin embargo, todo tuvo sentido cuando finalmente la reconoció. Eran demasiado jóvenes cuando todo sucedió y ella había crecido muchísimo, por lo que se justificaba el que hubiese tardado en darse cuenta de quién era.
Aquella era la chica que le había robado su primer beso cuando todavía no había experimentado casi nada de la vida. La misma chica que lo tenía estúpido, por la que, recordaba, había comenzado a creer en lo que los mayores decían sobre sentir atracción por las niñas. Y a su vez, había sido la primera chica en dejarlo con un vacío en el corazón. Todavía podía sentir la impotencia y la tristeza que había vivido el día siguiente a aquel beso, cuando se enteró por uno de sus profesores que ella se había mudado y que hacía mucho tiempo atrás había enviado la solicitud al instituto para que le permitieran transferirse a otro.
Suspiró, no podía dejar que la incomodidad le ganara y tampoco quería vivir el momento incómodo que surgiría en caso de que lo encontrara mirándola así. Pero por alguna razón, continuó observándola, como si esperara que ella se diera cuenta de que él estaba justo ahí.