Después de tocar, da un paso atrás. Piensa, sólo después de recordarse que tiene que preguntarle sin falta a Vincent si hay algún inconveniente en que deje el coche ahí fuera o debería moverlo a otro lado, que es una casa preciosa. El barrio también, y por regla general, aunque el caos de tráfico tampoco le encanta, la ciudad en igual medida. Con un movimiento mecánico, lleva una mano al pecho y se asegura de que el botón del bolsillo donde metió, al bajar del auto un momento atrás, su atado de Marlboro y el correspondiente mechero, esté cerrado. Ahí el celular vibra en el pantalón, lo brusco de la acción que no deja de sorprenderlo. Tomándolo en la mano, lleva la vista a la pantalla. Un solo mensaje de “Wen”. Distinto de éste que abre y lee de inmediato (que redactó ella en respuesta a uno enviado por su hermano más temprano y cuyo tema era la interrogante por el estado de Camille después de enterarse que habían pasado las dos gran parte de la tarde de ayer en un sanatorio), no consideraría como de carácter urgente el contenido de prácticamente ninguno de los mensajes de texto que se apilan en la casilla de entrada. Hann le explica en un par de frases cortas que en realidad no era nada grave y que Bennett, como intermediaria del mensaje, se pasó un poco de la raya con la preocupación de abuela: un golpe en la cabeza jugando en las hamacas del jardín de casa, la consecuencia un chichón en la frente y ya, todo normal en los exámenes más básicos (“le molestó durante la noche y me costó mucho hacerla dormir, pero hoy ya ha estado corriendo por doquier de nuevo, ¡no te preocupes!”). Así que, sin mirar dos veces la invitación a cenar el fin de semana de Annie, que planea responder de modo afirmativo al volver a casa, o el saludo de “hola, cambié el número” de Crean, le devuelve a su hermana menor que es un alivio que no sea nada, que le mande muchos besos a los chicos y un abrazo a Julien. El mensaje termina con un los veré pronto... que cree al final va a alargarse hasta septiembre, para el cumpleaños número once de Holden. Ha llegado a la conclusión, aunque no debería haberle llevado tanto caer en la cuenta, que eso de subir cada tanto va a tener que modificarlo en seguida. Después de todo un sólido cincuenta por ciento de su familia está allá, entre Washington y Oregon, y no quiere perderse de nada. Con él aún dudando en agregar algo más, la puerta se abre— Ey... —empieza, una sonrisa que se dibuja en los labios casi al instante. Con el móvil todavía entre los dedos, levanta los ojos celestes un segundo demasiado tarde (se pregunta después, negando con la cabeza, y qué si hubiese estado aún más distraído). Cuando el mayor se inclina para saludarlo, beso la mejilla y la mano a la espalda para abrazarlo como es costumbre, De Medeiros se mueve y el beso acaba descansando casi en la comisura de los labios. La primera reacción es, por supuesto, alejarse—. ¡Mierda! —dice, aún sin retirar la mano de su hombro, y suelta una carcajada que es toda nervios— Perdón, Vince. Disculpa... fue sin querer. Estaba hablando con Wendy y me tomaste por sorpresa.

















