vincentmedeir:
A veces habla demasiado al respecto de las técnicas de la guitarra. A pesar de ser un auto-didacta (aunque no se referiría a sí mismo con esa palabra, porque le suena demasiado pretencioso) y que su primer chapuzón en la guitarra haya sido sin más que el oído, Vincent se jacta -en silencio, para sí- de saber bastante sobre el funcionamiento del instrumento. Por eso con Julien, que es igual con las baterías y jamás pierde el tempo, al ir a ver a bandas suelen quedarse en su rincón a reírse de los músicos. Sí hay un poco de maldad, aunque para ellos no conforma más que una actividad enriquecedora y divertida, que no le hace daño a nadie porque se queda entre ellos dos. Ahora, sin embargo, casi no puede aguantar las ganas de decir ‘¡Dios mío, por favor, desconectenlos!”. No puede, sin embargo, porque algo de modales tiene. Y es feo que te digan esas cosas. Pocas veces le ha sucedido, en ocasiones en las que ha podido darle la razón al otro (estuvo bueno, pero creo que hubo momentos en los que falló bastante tal cosa, o la verdad, a veces parecía que ibas solo). Y además Evan lo invitó, así que va a cerrar la boca. A lo sumo cuando vuelva a casa con Lachance se quejará un poco. Con él es así. Cree que es la persona más talentosa con la que ha tocado: puedes hacer lo que quieras, él jamás se saldrá de su lugar y siempre, siempre va a saber qué hacer. Se lo dice de vez en cuando, luego de una sesión que se va a la mierda de lo buena. A veces las graban. Jam JULES+VINCE, PT. 1, ‘93, en casetes que guardan en la biblioteca. Mira a Dupont y puede notar, gracias al Cielo, que a él también parece molestarle un poco la música. Quizá sea por los equipos, que interfieren de a ratos, o tal vez sencillamente piensa que es malo.
Justamente lo dice, acercándose un tanto, y Vincent mueve el cuerpo hacia él también, como una excusa. Se ríe. —A veces las bandas vuelven y uno piensa, mierda, mejor se hubieran quedado en donde estaban. —Encoge los hombros, acto seguido. Pasará algún día, cree, con todas las agrupaciones. Cree que casi todas las bandas fallan porque piensan que pueden volver a la gloria de antes. Te venden una entrada demasiado cara solamente por la experiencia de, no lo sé, ver a Cream de nuevo. Pero Cream ya no es Cream y uno sabe que Clapton está ahí solamente porque quiere dinero. Aunque Clapton no es un buen ejemplo, piensa, porque, después de todo, es Clapton. Y si queda algo de emoción y hay ganas de juntarse otra vez a cantar los mismos temas de hace veinte años, seguramente se pierde al darse cuenta de que oh, por Dios, ya no siento nada cantando esta canción… Él no lo haría. Por eso prefiere a Zeppelin: nunca van a volver porque se odian. Prefiere odiarse con su banda que volver solamente para poder cobrar. Como si les faltara dinero. A veces le dan un poco de asco, por eso los considera virtuosos en su campo musical y luego una mierda en todo lo demás. Como Bowie. No sabe quién le contó una vez que salía con chicas demasiado jóvenes para él. Alicia, sí, se lo dijo Alicia, y Vincent contestó ‘bueno, pero ¿qué quieres? Eran los setentas. A nadie le importaba si la chica tenía quince. Ahora ya no es así, pero en ese momento a nadie le importaba.’ y supone que ella le habrá dicho algo que a él, más que seguro, no le sentó bien. Eso le pasa con Alicia. Me hubieras dicho antes de que me haga el tatuaje, hermana. Qué rabia le da a veces esa chica. Se lo dice a Elías y él, como siempre, dice ‘es una cabrona y tú odias que alguien sea más cabrón que tú’.
Sale del fango y la niebla de los pensamientos, que siempre lo sacan por completo del lugar en el que está (piensa mucho, varias cosas a la vez, y parece que se encierra adentro de su cabeza y sólo se escucha a sí mismo decir esto y esto y aquello otro, y luego esto, que algo tenía que ver con aquello pero que ahora es otro tema en sí mismo), porque Evan lo toca. Apropósito, sabe, y siente la calidez que irradia sobre su propia piel. Ah, se quiere ir. Ahora más que antes, por razones completamente diferentes. Ha pensado, qué raro él, en que le gustaría poder inventar un código para decirle las cosas que quiere decirle sin necesidad de alzar la voz. Le da vergüenza. Se pone incómodo, es un imbécil. Como los sordomudos cuando se acercan el índice y el anular al mentón y dicen gracias, o hacen ese gesto surfer con la mano para decir te quiero. Le gustaría poder parpadear tres veces seguidas para que sepa que dice quiero ponerte el brazo en la cintura, chasquear la lengua para que signifique vámonos. No es tan distinto a los otros gestos arcaicos que tiene como el de poner los ojos en blanco o rodarlos ante el primer detonante, sólo que eso los demás lo saben y esto sólo lo sabría Evan. Obviamente es una estupidez y no se lo diría. Porque, por favor: ‘¿sabes? Estaba pensando en que si me pongo un dedo en la comisura izquierda de la boca quiere decir te beso’. —Hey —dice. —, ¿vamos a mi casa? Digo. No sé. Quizá a otro lado. Sólo lo… es porque es más silenciosa.
Lo mira. Le gustaría saber si ya lo había pensado o el impulso se lo dio él un momento atrás, pero decide que no preguntar es lo más sencillo. Los ojos celestes se posan sobre el semblante de Vincent y lo analizan brevemente. Le encantaría poder besarlo— Donde quieras —dice, seguro y franco. Al despegarse de la pared para ponerse la chaqueta, patea la botella vacía de cerveza que -había olvidado- dejó sobre el piso un rato atrás. Ésta cae y Evan, que se lleva una mano al pelo, duda. Con un instante de retraso, sigue a De Medeiros afuera. Una vez ahí, camina a su par— Esa... —inicia, señalando con un brazo extendido hacia atrás, dentro del bar— No es la misma banda que recordaba. Lo lamento —ruega. No es culpa suya, lo sabe, pero es recurrente la idea de que tampoco está seguro de que en algún momento hayan sido buenos. Quizá todo lo que a él le gusta es así. Un reflejo suyo—. No creí que... es que a mí me gustan muchas bandas de mierda, ¿eh? La próxima puedes elegir tú y ya está. —la próxima. Esas palabras hacen eco en los oídos durante un rato más. ¿Lo habrá notado? Espera que sí. La próxima que escoja él el lugar. Que sea en un bar o en su casa, en la propia, para escuchar un disco, fumar un porro o tocar la guitarra un rato. Que sea para cualquier cosa. Para escuchar una banda mediocre o para abandonar y sentarse un rato en el autobús, uno junto al otro. Cree que no le importaría, nada de eso. En tanto lo pueda escuchar hablar y pueda verlo, en tanto pueda tenerlo ahí y trate de aguantarse las ganas de besarlo o de hacerlo reír porque le gusta cuando se ríe, va a estar bien.
Doblan en la esquina y unos veinte metros más allá uno de los faros del alumbrado parpadea. La calle está tranquila, si presta atención suficiente puede oír coches pasar hacia el sur y percibir el murmullo lejano de la gente en el sitio del que venían. A poco de llegar a la esquina siguiente decide que ha sido suficiente y, vamos, por Dios, que tampoco va a pasar nada si ninguno de los dos toma la iniciativa (y mejor tomarla que no hacerlo, ¿verdad?) así que toma a De Medeiros de la muñeca con suavidad y se va deteniendo de a poco. Vince, le dice, y atina a murmurar algo pero no sabe bien qué, así que únicamente lleva la mano libre a la mejilla ajena y lo besa. Quisiera que dure más. El doble, o el triple, o quizá quedarse ahí un buen rato más, pero al final necesita dejar escapar el aire que -se da cuenta- estaba conteniendo dentro de los pulmones y al levantar la vista se da cuenta de que, mierda, el autobús— El autobús —suelta, con la desesperación de que la parada esté a más o menos sesenta metros de ellos reflejada a la perfección en el tono de voz—. Mierda... ven. ¡Vamos, vamos! —lo apremia y un instante después, todavía con su mano guarecida dentro de la propia, se echa a correr. Llegan a destino justo a tiempo para levantar la mano y que, sí, gracias al Cielo, el chofer decida detenerse. El coche está vacío, las filas de asientos despobladas por completo. Evan avanza primero y elige dos de los últimos, los que, estratégicamente, se hallan más alejados del conductor. Después de dejarlo pasar, se sienta del lado del pasillo. Al acomodarse, las rodillas se rozan— ¿Sabes donde debemos bajar? —inquiere, aunque él ha viajado en esta línea antes y tiene una vaga idea: cree que los deja, sino cerca, a un par de cuadras de distancia de la vivienda del menor.
Un rato transcurre, él acomoda el cuello de la chaqueta y al final desliza el pelo detrás de las orejas. Llegado cierto punto, le toca el hombro:— Ahí había... ¿ves eso? —musita, señalando hacia afuera, a la acera junto. El gesto de la mano va dirigido a una cortina metálica que, levantada durante el día, esconde un local. La imagen desaparece tras un momento, el avance del autobús que no se detiene ni aminora su marcha. En la calle siguiente nadie sube al coche, y se mantiene así por unas cuántas paradas más. Al frente, la radio portátil del conductor continúa emitiendo su monólogo con una voz constante. Vuelve la vista desde la oscuridad parcial del otro lado del cristal de la ventanilla hacia el menor, y al final del camino encuentra sus ojos avellanados. La luz amarillenta del interior del transporte los hace parecer más oscuros de lo que en realidad son, con la veta verdosa que los caracteriza. Él los recuerda siempre iluminados por la bondad áurea de un sol tan singular como ellos mismos, rememora alguna tarde que los vio bajo circunstancias más amables—. En ese lugar hace años había una ferretería, trabajé ahí una temporada cuando era chico —explica—. Vic y yo éramos los únicos que teníamos trabajo en ese momento... él estaba en una casa de repuestos para autos. Cambiaba ruedas y esas cosas. Teníamos algo de dinero y... Dios —no puede evitar reírse—. Nos embriagamos mucho ese verano. Comprábamos unas botellas de whisky barato que te... sabes, el olor, ya el olor te quemaba. Destapabas las botellas y era como oler un bidón de gasolina. Creo que si lo hubiésemos puesto en el motor de la van habríamos llegado al sur de California sin problemas —duda que haya una época de su vida en la que no se haya embriagado mucho, y quizá eso no sea del todo bueno, pero de ese verano en particular recuerda muchos momentos felices. Más adelante sería, y supone que seguirá siéndolo en el futuro, casi imposible repetirlo—. Estamos pensando en ir allá el año que viene, ¿sabes? —una pausa, el bus se detiene y el chofer responde la pregunta de un hombre que sube con el semblante cansado y se deja caer sobre un par de asientos— Tendrías que venir... tenemos que bajar ya, ¿no? —lo hacen. En la calle la temperatura difiere. Evan lleva las manos a los bolsillos del abrigo y lo mira— ¿Está Julien en casa? ¿No crees que le moleste?














