Ante la dolorosa pérdida patrimonial por la injustificable quema de iglesias, la lectora Amanda Rojas (24/10) se cuestionó el por qué de tanto odio a la Iglesia, relevando cómo ha servido de refugio para todos, en toda su historia, sin distingo de nacionalidad o religión. Pues su premisa es falsa, ya que sí ha perseguido, a lo largo de prácticamente toda su historia, a herejes, fieles de otros credos, brujas, homosexuales y zurdos, ni qué decir de la equidad de género; ha respaldado regímenes terribles o, cuando menos, sido ampliamente complaciente, tanto con los Nazis que mencionó, así como parte de ella con la misma dictadura a cuyos perseguidos aquí también acogió. Hoy, reboza en acusaciones de abuso, pederastia, encubrimiento e impunidad. ¿Qué haría falta para amar a una institución cuyos atropellos insultan toda dignidad? El infinito amor de Dios sería un esfuerzo inexigible a aquellos simples mortales que no caen en la confusión moral de saldar abominaciones con buenas acciones.