El negro viene siendo como un refugio. A Martín le gusta la noche, la oscuridad, porque no puede verse. No hay espejo en el baño, ni reflejo en las ventanas de su casa, ni en ningún otro lugar para ver su cara y el color cambiante de su cabello. Martín no tiene que pensar y eso es como un alivio, porque le gusta dejar el piloto automático y trabajar durante días sin descanso, solo, desconectado y a la vez en su pequeño rincón dentro de la cabeza donde lo sopesa todo.
Pero él viene con la tormenta, la lluvia repiqueteando en la ventana y los relámpagos iluminando un cielo oscuro y sombrío. El pelo negro de Manuel chorrea el agua, salpicando en su cocina, y dándole la espalda para que vea la loica que se hizo y la sonrisa escuchándosele en la voz.
Martín puede de ver las líneas negras marcándole la espalda y los costados de la piel de Manuel, subiendo y bajando por su cuerpo. Y no es capaz de entenderlo. Es un observador silencioso, que lee los mensajes en la piel sin entender.
A veces lo besa, lo hace para no gritar y no pensar, para no leer los mensajes en la piel y ocultarse en la oscuridad que la ceguera, su ceguera, le daba.
Para Martín, la luz no es importante. La luz es escasa en su casa, a no ser que sea artificial. El sol, el color de su pelo, el calor, eran cosas que a Martín no le gustaba porque lo hacía sentirse diferente. Manuel era todo eso, con su pelo oscuro y la tinta negra sobre su piel, pero los ojos verdes como el césped de cuando eran niños; Manuel era luz, era ruido, era alguien que le gritaba, que lo necesitaba.
Cuando lo abraza para dormir y Martín siente esa mezcla de asfalto, lluvia y hierbas entre su pelo, se dice que no importa.
Que no necesita de la luz para sentir calor.
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A veces hacerse el ciego y el sordo resulta muy fácil.
Colgar después de escucharlo hablar por dos horas y media de pura nada también era fácil, tocándose las sienes y viendo borrosa la pantalla de su computador.
Martín quiere escapar pero está cercado por sus propios pales. Y está bien así.
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Cuando Martín pasa sin saber tiempo de Manuel, cree que es una de esas situaciones en que las cosas están mejor así. Porque no sabe si lo tiene que curar, no sabe si está pasando frío, no sabe si sigue corriendo debajo de lluvia. No siente su olor a hierbas, no ve sus ojos ni la sonrisa perpetua y rota en su boca. Para Martín es como un tiempo que deja de correr.
—¿Me extrañaste?
—... No.
—Yo sí.
A veces lo mira de reojo, tocando sus papeles con curiosidad. Martín cree sentirse un poco viejo al ver sus dedos cubiertos por los guantes, ver las heridas en los nudillos asomándose por entre el hilo deshilado. Lo mira con melancolía porque Manuel nunca va a dejar de ser Manuel, ni aunque dejara de visitarlo por años y años.
Sonríe.
Manuel sonríe con los ojos cerrados y, por un segundo, Martín recuerda la primera vez que intentó sonreír.
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Qué está haciendo, se pregunta mirándolo desde la ventana y viéndolo fumar. Qué está haciendo, por qué está ahí de pie y solo observándolo. El sol cae sobre su cabello oscuro y el pequeño hematoma ligeramente violeta que está en el surco de su nariz. Los labios y los dientes sosteniendo el el papel que se va quemando y dejando atrás un humo blanco y ligero que se balancea con la brisa del patio. Martín sonríe, tan pequeño que parece una alusión, tan pequeño que ni él sabe que lo hace y sus ojos se encuentran.
Cuando está frente a él, sentado en el césped y escuchándolo reír mientras le cuenta cosas que hacían de pequeños, cuando sus frentes se tocan y el sol es todo luz sobre su cabello y los ojos de Manuel, a Martín le tiembla todo el cuerpo. Porque no es algo de lo que está acostumbrado a tener con Manuel, esta felicidad empalagosa que los tiene pegados con esta sonrisa, y esa caricia sobre su cabello, y este sol brillante y las pocas nubes en el cielo dibujando formas.
—Pero se te ve bien el sol, ¿sabes? Igual que el rubio.
Martín lo recuerda, porque tiene a un Manuel más bajo y más delgado tocándole el pelo y es un niño que le dice cómo tiene que sonreír, que es imposible que no sepa hacerlo. A Martín se le pierde un poco la mirada, entre sus recuerdos y la voz hipnótica y feliz de Manuel hablándole bajito.
El sol aún quema sus nucas. ¿Por qué es tan grande hoy?
—Siempre decís lo mismo.
Martín tiene un mundo en su cabeza, un mundo donde es capaz de abrazar a Manuel y recostarse los dos sobre su cesped. Un mundo donde todo es ruido, donde su risa deja de ser escasa y Manuel la puede escuchar y la puede mirar todo el tiempo que quisiera. Y es ahí donde no tiene miedo de la luz, donde lo negro deja de ser un refugio, donde Manuel no pelea y se queda con él. Un mundo donde pueden vivir juntos.
Martín suelta una risita chiquita y baja, porque su mundo es ficticio.
—¿Te acuerdas cuando te enseñé a sonreír?
Y cuando lo mira a los ojos, esos ojos verdes brillantes y algo dilatados, pero que no le importaba porque no podía dejar de verlos, para Martín ese mundo ficticio se hizo realidad un poquito por hoy.