¡Cuánta razón! Es verdad, la piel tiene memoria y se abastece de recuerdos que arden en la dermis, de añoranzas que se han grabado a fuego en el cuerpo, de ocasos de la mente que calientan el pecho y las manos,de amaneceres de la cabeza que brillan en la espalda y el vientre... Es así como se van acumulando, cómo cenizas después de la erupción o posterior a la quemazón... Y quedan, se alojan, y de vez en cuando salen para llenarnos de escalofríos y una lágrima asome en el iris de los ojos.
Leregi Renga










