Todo queda en familia
“Señora, al menos es alguien conocido”
Es la explicación de una madre que fue citada por el gabinete de un colegio primario de la provincia de Buenos Aires al saber que su hija estaba siendo abusada por su padre y su hermano.
Lo que me sorprende es como en cualquier país, sea de primer o décimo cuarto mundo siempre trata el acto como si fuera culpa de la víctima, como estaba vestida, si estaba sola y porque estaba a esas horas de la noche por la calle o cuando el abuso pasa en la casa, justificando con total impunidad al victimario.
Desde niñas, se nos han inculcado el tener cuidado, cuidado como nos vestimos, que si hay alguien sospechoso en la calle tenemos que cruzar para el lado contrario, que bebemos y fijarnos que abran la bebida enfrente de nosotras por si meten algo adentro y si nos pasa algo, nos hacen sentir como si tuviéramos la culpa, ¿Por qué no tuviste más cuidado? ¿Por qué hiciste esto? Como si al llegar a ese punto fue la sumatoria de varias decisiones de las cuales, nosotras tenemos que sentirnos culpables.
Una situación personal y que quedó grabado en mi mente ya después de más de diez años.
Con catorce años, aún jugaba a las muñecas y facebook recién se hacía conocido. Con el uniforme del colegio, pollera con camisa y corbata, en un colectivo lleno de gente, con mis compañeras de clase, un hombre se apoya sobre mi espalda, no le doy importancia hasta que siente la parte de atrás de mi pollera levantarse y sentir algo manoseándome. Me acuerdo que me pongo roja y mis compañeras preguntándome si me sentía bien porque me había puesto como un tomate. No podía decir nada, había un nudo en mi garganta y me corro a la otra punta del colectivo con otro grupo de compañeras. El hombre se baja. No me olvido de su cara, mirando al colectivo, mirándome a mi con una sonrisa. No me olvido más de sus anteojos culo de botella de marco marrón de pasta y tampoco de su sonrisa traviesa, como si se hubiera salido con la suya porque lo había hecho, se había salido con la suya. Al llegar a casa estaba mi mamá y mi abuela, me largó a llorar y le cuento todo a mi mamá y ella me cuenta que hace veinte años, cuando ella tenía catorce años, iba con un alfiler en el subte para pinchar a los que la tocaban.
Desde el cuento de caperucita roja nos enseñan a cuidarnos del gran lobo feroz.
¿Qué se les enseña a los cachorros del lobo feroz?
¿Qué le enseñó la madre del lobo feroz? Cuando ella también en algún momento de su vida fue una caperucita.













