En la sabana
Por Abraham Lapuerta
“En la sabana, en el piso, en el asiento trasero, en la cámara, en un pedazo de rollo, en la taza del baño, en la magazine de Kim Dash, en los discos de cagada de Nirvana, etcétera…”
La semana pasada fui a casa de una amiga. Llevaba un montón de años de no verla. La última vez que la traté no tenía un niño de dos años. Olvidé mi gorra en el carro que me llevó a donde ella. Tal vez ya era hora de que la olvidara. Tal vez sea hora de que me olvide de todo y de todos. De deslizar en OFF el cerebro. Tal vez ya sea hora de terminar de escribir esto. De deslizar en ON el cerebro. Tal vez ya es hora de decirle a mi amiga que tiene los pechos muy grandes. Quiero amordazarlos. Tal vez utilicen mi gorra para limpiar los vidrios del carro. Sería lo más trascendente que haya vivido ¡A la mierda! Es una puta gorra más. A parte estaba toda culera.
La noche se abría. No recuerdo cuál fue la última vez que platiqué con una mujer durante un largo lapso de tiempo. Siempre es por lapsos muy breves. La mayoría de las mujeres son irrelevantes. No importan. No aportan.
Ese mismo día mi amiga horneó pan. Una receta sudamericana, o al menos eso fue lo que me pareció escuchar. Ni le puse atención. Sigo amordazando sus pechos en mi volátil imaginación. No hay otra manera que me haga permanecer ahí. Se ve algo inquieta. Parece que no le salió del todo bien. Veo el pan pero no se me antoja. Es porque una vez más traigo resaca, por eso llevo tres vasos de limonada. Quiero que los niveles de azúcar vuelvan a entrar al radar. Llevo horas echado como res muerta y desangrada, como esas que ponen en los inútiles videos de P.E.T.A. Mi cabeza en un vaivén en la paleta del sillón. Si me canso de escucharla con un oído emerge el otro. Alrededor de 36 segundos por lado.
Hace mucho calor. No parece pasar página. No me quiero levantar. El niño quiere que juegue futbol con él. Ya con esta van tres veces que se lo niego. Quisiera explicarle como enganchar la bola, esconderla, hacerla chiquita, pero dudo que entienda. El futbol no es para todos, y me considero una persona apta para decirlo. Ir a gritar maldiciones al estadio me ha dado la experiencia necesaria.
Probé el pan y no sabe tan bueno. No me gusta la masa empaquetada. Sale de mi engranaje. De mi rodaje. Creo que ya es hora de levantarme. Ya vomité mis somníferos. Por fin me convenció el niño de jugar futbol. Los dos pateamos con la pierna izquierda. Más bien eso fue lo que me impulsó. Ser zurdo es mi mayor logro y orgullo. Aunque el niño haya creído que yo soy Dios, yo también lo creo. Sí, yo soy un Dios. El Dios zurdo. El Dios lánguido.
De regreso al sillón. Está peor el calor y ya no hay limonada. Tampoco hielos. Poco a poco me escurro al piso. Mis dilemas son mi subsuelo. El niño colorea de lado mío, a mi izquierda para ser preciso. Inconscientemente lo hace. Somos equidistantes. Perspectivas similares. Yo le pinto los dibujos de negro. Quiero que piensen que fue él y que lo cuestionen. Que la mujer de la guardería piense durante el camino a su casa el niño tiene problemas mentales, y que al llegar a casa su marido la espere con dos o quizá tres cachetadas. El número es intrascendente. Soy muy oportuno.
Este cotorreo ya está de la vil mierda. Bien puede haber un letrero afuera que diga: “Cotorreo de cagada”. Ya está bien absurdo esto. Se volvió cotorreo familiar. O tal vez siempre lo fue y yo soy el único idiota que no se empañó de eso. Inclusive llegó un viejo amigo que también tiene familia. Lo supe por la panza de señor que se carga. Me caga el esquema de la figura paterna. Esparzan su semen en cualquier lado; en la sabana, en el piso, en los discos de cagada de Nirvana, en el asiento trasero, en los pechos amordazados eque siempre piensen, en la persona de al lado, en la cámara, en la taza, en el bote de salsa de alguna taquería, en la revista de Kim Kardashian. En todo menos en alguna vagina.
Ya nuestra platica trata sobre tipos de leche para bebés. Sonrío por compromiso. Ya me quiero ir, pero no sé cómo irme sin que nadie lo note. Sigilosamente empiezo a guardar las cicatrices con las que llegué. No me gusta que noten mi presencia ni mi ausencia.
Tal vez no era hora de nada. Tal vez debí quedarme en casa.








