Abusos
Que terrible vivir en un mundo lleno de abusos; abusos de poder, de confianza, de derechos, de sustancias. Y como el tiempo nos ha enseñado, el exceso tiene una connotación negativa sin excepciones.
Lo que realmente cuesta es comprender cuándo es abuso y cuándo no. Nos testean a diario, nos llevan al extremo. Y muchas veces, cuando finalmente lo entendemos, puede resultar demasiado tarde. Pero más allá de esto, más difícil es reconocer en la contemporaneidad cuándo lo es y cuándo no.
Reconocer que están abusando de mí en el momento que está sucediendo. Porque, por lo menos en mi experiencia, en la mayor parte de los abusos que recibí, me sentí muy incómoda, pero no entendía el por qué. No entendía por qué me incomodaba tanto el que solía ser mi novio; no entendía por qué me incomodaba las miradas penetrantes de hombres en la calle; no entendía por qué me incomodaban los comentarios desubicados de los que llamaba amigos frente a mi o cualquier otra chica.
Poco a poco, no fue solo con los hombres que me sentía incómoda, sino que también con la iglesia. Con aquello que había crecido toda mi vida, con lo que compartía mis creencias.
Y así reconocí dos tipos de abusos en mi vida: en los primeros casos, podríamos calificarlo de confianza; en el segundo, de poder. Porque, ¿quiénes somos los hombres para establecer una línea de pensamiento y de creencias que está bien y otra que está mal? ¿Quiénes somos para darles más derechos a aquellos que la siguen y hacerles sentir que vivirán literalmente un infierno aquellos que no?
Así es como empecé a tener mi propia religión, auténtica: con un rejunte de catolicismo, budismo, ateísmo, judaísmo. No sabía bien qué era, ya que estaba en formación, pero era mía, y eso era lo que importaba. Todos deberían tener su propia y auténtica religión. Nadie debería obligarnos a creer en algunas cosas por dogmática; cada uno debería creer en lo que se le plazca, y compartirlo, pero que al fin y al cabo sea único y personal; como lo somos cada uno de los seres humanos que habitó, habita y habitará este planeta. Cada uno con su propio Dios, dioses o diosas; o tal vez sin ninguno de ellos. Pero lo que sí debe prevalecer y ser compartido por todos, es el respeto al otro. Justamente, una de las cosas de las que más carecemos.
-Artemisa















