Narciso era hijo de un dios fluvial y de una ninfa, Liriope. La madre estaba fascinada tanto de su belleza como espantada de su fría sensibilidad. Preocupada por el destino de su hijo, pidió consejo a Tiresias, el vidente, y recibió de sus labios el siguiente oráculo: mientras no se conozca a sí mismo, su hijo gozará de una longeva vida. La palabra enigmática se cumplió cuando un día, regresando al hogar tras ir de caza, Narciso se inclinó sediento sobre una fuente y vio reflejada su imagen en el agua. El adolescente se enamoró de aquel fantasma y se consumió en una nostalgia insaciable por su propia imagen hasta que pereció. Los dioses lo metamorfosearon en una flor de perfume letárgico, en un narciso que aún hoy lleva su nombre y cuyas flores gustan curvarse sobre aguas mansas.
Probablemente, del mito de Narciso, como de tantos otros, sólo se han conservado rudimentos; su gran tema parece haber sido el ansia. A ella también sucumbió la ninfa Eco, que suspiraba en vano por un abrazo de Narciso y se consumió de melancolía hasta que a la postre no quedó de ella sino la voz.
Narciso vio su imagen, mas no se reconoció. Sobre el templo de Apolo en Delfos estaba inscrito: “¡Conócete a ti mismo!”; como muchos otros antes y después de él, Narciso fracasó ante la más difícil de las tareas; buscó en vano su yo en su imagen refleja. El verbo “conocer” tiene un doble sentido; Narciso se lanzó a una aventura erótica como Fausto a una espiritual.
Precisamente esa ansia consuntiva constituye también un signo distintivo de la droga y su goce; el deseo permanece siempre a la zaga de la satisfacción. Las imágenes excitan como un espejismo en el desierto; la sed se vuelve abrasadora. Podemos también imaginarla como un descenso a una gruta que se bifurca en un laberinto de galerías cada vez más angostas e infranqueables. En su interior amenaza el destino de Elis Fröbom, el héroe de “Las minas de Falun”, el relato de Hoffmann. Él ya no retorna, se ha perdido para el mundo, como le sucede al monje de Heisterbach que se extravió en el bosque y sólo pasados trescientos años volvió a su monasterio. Ese bosque es el tiempo.
- Ernst Jünger








