Porque Dios "es" mucho más "que todas sus estrellas", o que "todas" las partes de la Naturaleza que podamos percibir, Dios no puede ser un todo, porque la infinitud absoluta nunca puede serlo, ni tampoco un orden, pues la realidad en sí no es ni ordenada ni confusa (como no es bella ni fea, buena ni mala: nociones humanas inaplicables a la Substancia infinita, sobre las que ironiza Spinoza ampliamente en el Apéndice a la parte I de la Ética). Los románticos alemanes creyeron ver en Spinoza un ilustre precedente de su panteísmo, y dieron así curso a una interpretación que hizo fortuna. Hegel -siendo él mismo monista- fue más agudo: ya vio que Spinoza era "acomista", que la Substancia de ningún modo era un Sujeto y que, por tanto, no era lo mismo que su Idea. Dios no llegaba nunca a ser "para sí"; la Realidad en su conjunto no marchaba, en Spinoza, hacía ninguna parte, porque la Realidad en su conjunto no era nada determinado, sino absoluta potentia ad omnia, productora de "infinitas cosas de infinitos modos" ( y, además, Spinoza se tomó siempre rigurosamente en serio el carácter ilusorio de las causas finales). De ahí infirió Hegel que Spinoza era un monótono teísta que (al igual que al Schelling al que atacaba en la"Fenomenología") "lo lanzaba todo al abismo de una identidad única"; la Substancia lo sería todo, en el sentido de que los modos, la diversidad de la realidad empírica (para Hegel ordenada en su totalidad), serían para Spinoza pura apariencia. Pero ahí probablemente Hegel se equivocaba: Spinoza era algo más complicado que eso.
Vidal Peña en “Introducción” a la “Ética” de Spinoza.















