「 𝙵𝚘𝚛 𝚝𝚑𝚒𝚜 𝚢𝚘𝚞 𝚠𝚎𝚛𝚎 𝚋𝚘𝚛𝚗」
❝ 𝐸𝑣𝑒𝑟𝑦 𝑠𝑡𝑒𝑝 𝑎𝑛𝑑 𝑒𝑣𝑒𝑟𝑦 𝑠𝑡𝑜𝑟𝑚. 𝐿𝑖𝑔𝘩𝑡 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑙𝑎𝑚𝑒 𝑓𝑜𝑟 𝑡𝘩𝑒 𝑡𝑜𝑟𝑐𝘩. 𝑊𝘩𝑒𝑛 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑒𝑒𝑙 𝑡𝘩𝑒 𝑟𝑎𝑖𝑛, 𝑤𝘩𝑒𝑛 𝑦𝑜𝑢 𝘩𝑖𝑡 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑙𝑜𝑜𝑟; 𝐼𝑡'𝑠 𝑓𝑜𝑟 𝑡𝘩𝑖𝑠 𝑦𝑜𝑢 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑏𝑜𝑟𝑛 ❞
Fue lo más parecido a un cosquilleo que había experimentado nunca. Más estremecedor que su primer beso con Henry Woodhaven bajo el sauce familiar a los catorce años. Más satisfactorio que la primera vez que la punta de una de sus flechas se clavó en el centro de la diana ante la mirada de desaprobación de su padre. Más desconcertante que las historias sin final que su abuelo le narraba bajo el chispear de las brasas de la chimenea. No había palabras ni momentos vividos con anterioridad que describiesen la inesperada, dolorosa y reveladora aparición que perturbó cada pequeña partícula de la materia de la que estaba hecha. Fue como ver el mundo con una lente muy distinta, como si cada pieza de la que estaba compuesta el universo encajasen unas con otras y supiese con exactitud a dónde pertenecía, a dónde iba, quién la necesitaba.
Las puertas del palacio de la familia Spiderwick resonaron ante el ímpetu con el que fueron abiertas, un trueno habría sido más sutil que su voz vociferante retumbando por cada rincón de la vivienda familiar. Dar con Digory Dirke era relativamente sencillo. El viejo huraño de pelo blanco y tachado de poco cuerdo, no solo por las cuatro familias de Tehishbaan, sino por la suya propia, siempre se encontraba en la majestuosa biblioteca de los Spiderwick con un libro en una mano y la pipa en la otra. Era exactamente en esa posición dónde la muchacha le encontró.
— ¡Es real, abuelo, ella es real! ¿Lo has sentido tu también? Ha sido como...
La muchacha gesticuló lo que era una pequeña explosión entre sus manos mientras los ojos del anciano se alzaron por encima del libro que estaba leyendo, releyendo, analizando, tal vez venerando. Su risa sonó muy natural, pero Dígory había alcanzado a ver una expresión de impaciencia, casi de avidez, en el rostro de la joven. Una vez un guardián despertaba, no había nada en ningún mundo que pudiese detenerlo y mucho menos a alguien como Adalind Spiderwick. Sabía que en algún momento la más joven de la familia sería consciente de que la vida que tenían no se limitaba a aquel reino, el pasado no se mantenía inamovible, mucho menos era inmutable sino que terminaría volviendo. Había vuelto.
Ade hizo una pequeña pausa, como esperando que Dígory dijera algo, pero no añadió nada más que un repetitivo parpadeo de ojos saltones tras unas enormes lentes de gafas redondas.
— Creo que está sola. ¿Sabrá alguien que todavía existen? ¿Qué hay un Tintenherz con vida?
Esa última pregunta pareció cortar el aire para ambos, un temblor le recorrió los músculos bajo la piel, sabiendo que en aquel momento ya estaba atada a la historia de la chica que había visto en su cabeza y sentido en su piel, había dado con el corazón del relato. Del relato en sí mismo. Su abuelo pareció ser consciente en ese instante de la importancia del asunto con el que trataban. Con un movimiento se deshizo del libro, pero manteniendo su pipa en la boca y la atención en su nieta que miraba a través de sus ojos el consejo y el impulso necesario para obrar el plan que en su cabeza se tejía.
—Querida niña, las personas que poseen una sabiduría oculta, como tú y como yo, estamos liberados de las reglas comunes, así como estamos impedidos de disfrutar de los placeres comunes. Nuestro destino, Ade, es un destino superior y solitario como el de nuestros antepasados.
El viejo exhaló una pequeña bocanada, adoptando un aire noble y misterioso cargado de suspense. La calma antes de la tormenta, el nudo previo al desenlace, el sollozo previo a la lágrima. Dígory no lo había pronunciado aún, pero ya supo cuáles iban a ser sus siguientes palabras.
— ¿Recuerdas cómo se llegaba al Bosque entre los mundos?
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[...]
Desde que tenía memoria y los sauces apenas tenían ramas, su abuelo le había contado sus aventuras fuera de Tehishbaan, incluso más allá de Luna de Leyenda. Narraba sus hazañas siendo conocedor el último resquicio de magia en una tierra dónde se había extinguido y de cómo éste permitía viajar entre mundos... Sí sabías cómo. A diferencia de lo que muchos pensaban, los universos no eran eternos. Tenían un inicio, pero también su final. Con la erradicación de los Tintenherz los mundos iban siendo menos numerosos, pero todavía existían centenas de ellos. El que habitaba su protegida y al que trataba de acceder era uno de ellos.
Algo en ella había despertado, estaba latente en su interior y al igual que un fogonazo en plena noche había iluminado su camino: la vista se le había agudizado, también el oído. Era sensible a los elementos externos tanto como a los internos. Eran estos los que le permitían poseer habilidades que llevaba puliendo desde que era capaz de levantar su apreciado arco del suelo y el que empuñaba ahora con la mirilla puesta en un conejo que le serviría de cena. Llevaba más de dos días cabalgando y durmiendo en pequeños rincones entre árboles, la noticia había hecho que las lágrimas de su madre aflorasen y los gritos de disconformidad de su padre la atravesasen. Nadie, absolutamente nadie podía saber que todavía había una Tinteherz con vida, quizás más, pero aquello eran presunciones que no podía hacer a la ligera. Desde el momento en que sus poderes despertaron y supo de la existencia de su protegida, se juró que nada la pondría en peligro, pues ella se encargaría de mantenerla a salvo. Fue la principal razón de no revelar el motivo por el que iba abandonar el palacio, delegar sus funciones como sucesora del trono de los Spiderwick y marcharse tan lejos de allí que nadie sabría su paradero. Tal vez algún día sus padres llegasen a comprenderla, mientras tanto solo tenía su mirada de decepción clavada en la nuca mientras dejaba atrás todo cuánto había conocido en diecinueve lunas.
Al tercer día y con el cuerpo entumecido de horas cabalgando, una cueva escondida en el tronco de un gran árbol y con runas grabadas en la corteza se apareció ante ella. Era muy similar a cómo su abuelo Dígory la habría descrito, pero al contrario de lo que pudiese parecer... No era una cueva. Un gran bosque se abrió ante la muchacha una vez armó el valor para adentrarse en ella, no parecía de aquel mundo y en cierto modo así era. Aquel lugar emanaba magia, sentía el cosquilleo rodearla y abrazarla a cada paso que daba y por fin comprendió lo que el viejo de los Spiderwick mencionaba una vez pisabas el Bosque entre los mundos.
«La única luz que verás será verde, se filtra entre las hojas de los árboles pero jamás verás el cielo. El sol no es el sol, pero en cierto modo hay algo que emana calidez y fulgor en lo alto. Así es, magia. Además, será el bosque más silencioso que puedas imaginar. No hay pájaros ni insectos, ni animales y no sopla viento. Casi podrás sentir cómo crecen los árboles y las raíces moverse bajo tus pies»
Cada detalle se cumplía, allá dónde abarcaba su vista había estanques, aquel lugar estaba lleno de vida a pesar de la visible carencia de la misma. Fue uno de esos estanques el que consiguió atraerla. El reflejo no era el suyo, la tonalidad del agua no era transparente sino dorada y nada era normal. La imagen que le fue devuelta era la vida de otra persona.
Pudo ver una cesta con un bebé en su interior, lloraba al igual que su madre mientras depositaba un beso en su frente y huía sin mirar atrás. También vio a una niña triste de unos cinco años, recogiendo lo que quedaba de un libro destrozado y esa misma niña recomponiéndolo trozo a trozo. La niña había crecido, ahora tenía largos cabellos rubios y se enfrentaba a un grupo de matones de su misma edad. Terminó la pequeña batalla con un ojo morado, pero una sonrisa de victoria en los labios. Esa misma niña huyendo, mirando a su espalda y durmiendo en graneros rodeada de paja y madera, pero con personas en las que parecía confiar y con la nariz enterrada en una libreta y un lápiz... Una vez más. La niña dejó de ser niña y pasó a ser adolescente, sus ojos curiosos y cansados de huir encontraron un hogar y comenzó a usar la palabra hermana, pero la niña se convirtió en adulta y un fogonazo de luz emanó de la libreta que la acompañaba. Supo en ese momento que estaba viendo a la Tinteherz que su corazón había sentido despertar... Como si una lente oculta hubiese estado observándola toda su vida.
— ¿Estás segura de que necesitas tan poco equipaje, Trish?
— ¿Y que más quiero? Ropa simple y libros, ¿no sabes que cabe un mundo dentro de ellos?
— Y lo que no está ahí, está en tu cabeza. Anda tira y mete un abrigo que los libros no te calientan el culo.
— Estoy buscando excusas para que vengas a verme a Nueva York, no puedo quejarme de que su pizza es peor sino me apoyas.
La imagen se disipó y sus rostro fue el proyectado en el agua. ¿Qué había dicho? ¿Un lugar llamado Nueva York? Sin duda aquello no era Tehishbaan. Trish, ¿ese era su nombre? Trish. Trish. Lo pronunció en su cabeza, pero también en voz alta. Todas esas palabras se arremolinaron en su mente y su lengua, no había otra opción que dar un salto de fe llegados a ese punto. El cuerpo de Ade trataba de visualizar a la Tintenherz en su cabeza, el estanque entre los mundos debía llevarla hasta hasta ese extraño lugar llamado Nueva York. El agua no era otra cosa que un portal más allá del evidente chapuzón y aún así, sentía un miedo irracional como nunca antes había sentido. Respiró dejando salir el aire de sus pulmones y sin saber como terminaría, se dejó caer por inercia hacia delante.
Fue entonces una vez hubo atravesado el agua del estanque cuando todo se volvió negro.







