Dos mil dieciocho
Empecé éste año rota. Sintiéndome incompleta, sola, abandonada. La que era mi mejor amiga empezó este año pensando que yo era una maldita sin sentimientos, que la había abandonado y que no quería volver a saber de ella, que la odiaba, que no era nadie para mí. El sentimiento de culpa me comió viva por mucho tiempo. Hasta que un día logré comprender que no era culpable de nada. Nadie nunca es culpable de nada. No tenemos que cargar con la culpa y más que eso; No debemos culpar a alguien por cómo nosotros elegimos sentirnos. Yo dije lo que tenía que decir, y ahora lo entiendo; Ella lo tomó de otra manera y, no puedo volver el tiempo atrás, no puedo hacer que lo tome de la manera en que yo lo quise decir. Simplemente ya no hay nada que hacer porque, siendo muy honesta, ninguna de las dos queremos hacer nada por lo que teníamos.
Desde que logré entender eso, mi vida se hizo más fácil. ME hice la vida más fácil. Salí mucho con mis amigas, fui a muchas fiestas, a muchas tocadas de mi banda local favorita, tuve un amor platónico (imposible) que, gracias a la vida, se convirtió en solamente un amor (imposible). Salí con él un par de veces, las suficientes como para darme cuenta de que, necesitaba ayuda. Necesitaba darse cuenta de lo que valía y de lo que merecía. De que se merecía el mundo entero, que sólo tenía que pedirme ayuda y que, yo lo ayudaría sin pensarlo. Por desgracia él, mi luna, no quería mi ayuda; se moría de ganas por ser ayudado pero, no quería cambiar su estilo de vida, su estable aburrimiento, su rutina, la carga que él mismo sabe que está cargando. Hasta el día de hoy, puedo decir que sigue siendo una persona muy importante para mí. Seguimos charlando como siempre, nos gustamos y nos queremos como siempre. Lo que cambió es que, nuestra no-relación se convirtió precisamente en eso, en una relación. No una relación de pareja, simplemente en una relación; Una relación que no cambiaría ni dejaría por nada.
Éste año fue el año más confuso de mi vida. Lo logro ver en flashes. Recuerdo solamente partes de él. Recuerdo cómo empezó un día normal, el día 20 de uno de los meses. Recuerdo haber estado comiendo, y bebiendo mis dos cosas favoritas. Recuerdo haber llegado a mi casa y, recuerdo haberme ido a acostar en la cama de mi hermana, para contarle lo bien que me la había pasado. Recuerdo haber escuchado el grito más horrible de mi vida. Recuerdo haber estado esperando una ambulancia afuera de mi casa a las 3 de la mañana. Recuerdo haber tomado mi bolsa y un cambio de ropa para el día siguiente porque pensé que lo pasaría en el hospital. Recuerdo haber visto a un hombre y a mi hermano bajar a mi papá ya sin respirar. Recuerdo a más gente de la que puedo contar dándome el pésame en una capilla. Recuerdo haber llorado tanto que, pude sentir cómo un pedazo de mi corazón dejó de latir en algún momento.
El resto del año se fue muy rápido. Es algo loco cómo la muerte de alguien puede causar tanto en tantas personas. Yo, me cerré. Por unos meses ignoraba el hecho de que ya no tenía un faro que guiara mi vida, el faro que siempre estaba ahí, marcándome el camino a casa. Que ya no había quien me avergonzara bailando raro en frente de todos. Que ya no estaba quien me regañaba, pero que me amaba más que todas las personas del mundo. Que ya no había nadie que diera todo, que arriesgara todo, por hacerme feliz, por darme lo que yo quisiera, aunque no lo mereciera. Honestamente creo que todavía no lo creo del todo. Pero llorando un poquito cada poquitos días, me siento un poquito menos mal.
Mi papá me enseñó más cosas de las que una persona puede aprender en su vida pero, hasta este año pude comprender y aprender la mayoría de ellas. A mi papá le debo todo; mi vida, principalmente. Le debo lecciones que me ahorró tener que pasar. Pero lo que más le debo y lo que más me duele no haber aprendido antes es que, realmente no es la persona que dice que te quiere; es la persona que demuestra que te quiere.
Los meses pasaron y, una persona volvió a mi vida. En el (relativamente poco) tiempo que estuvimos juntos, me enseñó mucho, me hizo ver mucho. Me ayudó y espero que nunca se me olvide. Entre muchas otras cosas, me hizo comprender que no hay nada malo en mí. Que al contrario, hay mucho bien en mí. Me ayudó con mis inseguridades, me hizo creer en mí. Me hizo pensar en mí. Al final, todo se acabó y me derrumbé. Pensé y aún pienso que, no habrá nunca nadie igual a él. Estoy convencida de que es uno de los mejores hombres que he conocido en mi vida. Aun arrancándome el corazón del pecho, aun vertiendo limón en cada una de mis heridas, estoy convencida de que nunca lo hizo con intención. Él me dio una de las más grandes lecciones de mi vida. Me hizo entender, y más que entender, me hizo vivir que, una persona puede ser extraordinaria, incluso menos imperfecta que todas las demás y, si esa persona extraordinaria quiere volverse ordinaria, si no quiere cambiar su mentalidad, si quiere eliminar cualquier rastro de lo que la hace extraordinaria, lo que debes hacer es ayudarla. Es dejarle en claro quién es para ti, lo que la hace extraordinaria. Y si, después de decirle todo eso, prefiere quedarse en lo que ya conoce, en donde lo que la hace extraordinaria puede pasar desapercibido, ya no hay nada que puedas hacer. Le debes dar las gracias por haber compartido su vida contigo, por haber formado parte de la tuya. Por todo lo que te enseñó, por lo que pasaron juntos y, después, debes dejarla libre. Debes despedirte y dejar que tome su decisión. Porque, ¿quién eres tú para obligar a alguien a creerse extraordinario? Por más que lo sea, si no lo cree, y si después de tú hacérselo ver, no lo ve aún, es porque no lo quiere ver. Y debes respetar eso.
En este año conocí a personas increíbles a las que puedo llamar “amigos”. Me di cuenta de que por más diferentes que podamos ser, lo que nos une no son gustos, no son opiniones; lo que nos une es el amor. El querer estar juntos. Me siento afortunada de poder llamarlos mis amigos porque, no me necesitan, pero me quieren cerca. Y así es la vida. De esto se trata la vida.
Por otro lado, éste año perdí a alguien que significaba mucho para mí. Vivimos juntos 8 años, me acompañó en los momentos difíciles, locos, rebeldes, felices, de fiesta, pero un día de Junio, salió de mi casa y, ya no volvió. Espero que esté feliz, que esté en un hogar lleno de amor, o que esté con mi papá, él se merece más de mil cielos. Todos los días lo extraño mucho. Extraño acariciarle sus orejitas y ver su colita moviéndose. Me deprimí mucho y estoy segura de que perdí la luz que una vez había tenido. Hasta que llegó una persona a mi vida una persona llena de luz, de amor, de pureza. Su nombre es Leo y es lo más hermoso que he visto en mi vida. Es un pequeñito de cuatro patas que se hace pipí de emoción cada vez que me ve. Desde la primera vez que lo sostuve en mis brazos, sentí cómo, de alguna manera, pude ser el faro que lo guía a él a casa.
Mi familia tuvo un giro no tan inesperado, todos se dividieron y fueron muy crueles con todos. Me alegra porque, tengo la esperanza de que por fin, los desacuerdos se pongan en la mesa y, podamos hablarlos, para que puedan ser resueltos. Espero con toda mi alma que, perdamos todos, esa maña de fingir algo que nos somos, o de esconder lo que no nos gusta de nosotros mismos, para agradar a los demás.
A 20 días de acabar el año, fui víctima de alcohol adulterado y fue horrible. Es algo que no le deseo a nadie. Me asusté como nunca me había asustado, al igual que mi familia. Pero de todo hay que sacar provecho y, he decidido que no me vuelva a pasar nunca. Sólo personas que han pasado por lo mismo, podrán entender la impotencia y el miedo que se siente.
En este año aprendí muchas cosas. Lloré y reí mucho. Sufrí y disfruté mucho. Y viéndolo de una manera muy objetiva, de eso es de lo que se trata la vida. Estoy estudiando la carrera de mis sueños. Tengo a la mejor mamá y hermanos del mundo. Tengo en mente un montón de viajes para el año siguiente y, lo más importante, tengo muchas ganas de vivir.
ana gala martes, enero 01, 07:17pm, 2018.







