LA LISTA DE HOMBRES QUE JUEGAN AJEDREZ, FUMAN CIGARRILLO Y ESCUCHAN EL JAZZ.
Mientras sonaba en el fondo, un fondo que no sabía dónde estaba, el jazz de John Coltrane, con gracia homicida te vestías, colocándote ese vestido rojo que con tanto placer y regocijo, había optado por arrancarte. Arrancarte la noche pasada, la noche en la que tus labios aun mostraban esos reflejos del rojo escarlata, ese rojo escarlata que ahora me bañaba.
Ella mencionó algunas palabras, te seré sincero, no quise responder o emitir alguna sequedad. Sí, sequedad, porque las palabras son secas, son áridas, cuando en el fondo suena el jazz de John Coltrane. No importa que abra la boca para emitir algún desvarío poético al azar, para amarla, para invitarla al desliz nupcial, no importa lo que diga, todo será una sequedad.
No le vendí mi alma, acepté que eso había sido un trueque, como los de antes.
El hombre que amas se va de viaje a Canadá, y yo aquí echado en esta cama, viendo cómo te encierras en esos botones, en ese vestido rojo. Tu piel tan blanca, tan suave y tersa, refinada, como nuestras tertulias en las noches baldías y húmedas, bañada por esos besos previos al desencanto. Te pintabas la boca.
Seguía hablándome ella. O era una canción que murmuraba quedamente, de esas que recuerdan algún desvarío de la razón. Imaginé por un momento que sus palabras bailaban junto al jazz de John Coltrane, algún desvarío nuevamente y sus pinturas bailaban conmigo en ese potosí sideral.
Eres tan hermosa y ajena. Tu espalda se ve tan nítida con el sol del mediodía perforando tus persianas. Y veo la vieja foto nuestra en las navidades pasadas y recuerdo con fiebre aquellos días. Qué lentos pasaban. Estoy seguro de que cuando me levante de ésta cama, escribiré con premura las últimas frases que mencionaste al levantarte, ya vestida, de la cama.
El último compás, virtuoso y frenético, marcó su punto de partida. Cogiendo el bolso de mano se deslizó con elegancia, esa fina elegancia que siempre llevaba en sus puntas, en sus labios carmesí, en su cabello liso y negro, en sus puntos. Porque los cuerpos están llenos de puntos, sobre todo el de ella, el de ella que tiene tantas pecas imperceptibles. Se dirigía a la puerta.
Como había terminado la canción, dije:
- Los hilos del pensamiento se nos han cruzado.
Ella volteó con una mueca de horror e impresión. Ahogó un grito con el fuerte sonido de dos disparos más, en mi garganta y en mi esternón. Salió corriendo, enmudecida.
Comenzó otro jazz, esta vez de Dave Brubeck, me levanté y fumé un cigarrillo.
Me levanté pensando en ese tonto trueque que me había hecho inmortal. Esa cama suya huele a peste, peste de hombres que han sido muertos luego de amar. Quizás esté anotado en su lista, la lista curiosa de los hombres que juegan ajedrez, fuman cigarrillo y escuchan el jazz.
Flóres Soláno.













