Era un estanque blanco y brillante, con peces gigantes de colores reinando con sus bocas abiertas y ojos de espejo. Había algas fucsia y erizos de mar azabache fijando el tiempo sin tiempo con el toc toc de su corazón de mil años o tal vez más. Nadaba un tiburón bueno y viejo en él, desde que lo desterraron allá en la época del hombre-mujer hermafrodita de cromañón los de su especie, por haberlo pillado comiendo plancton plateado y perdonando las vidas de los atunes.
Había sirenas jugando al ajedrez y tomando el té. Los cangrejos eran naranja fluorescente y andaban hacia delante, como al principio de la existencia de los cangrejos, hasta el día en que la cangreja Moraleja conoció a una marioneta con forma de gorrión, olvidada en el fondo del estanque alguna tarde de agosto, y se enamoró perdida, irremediable y tonta, muy tontamente del susodicho muñeco de trapo.