La alcoba no es más que un simple hueco en la pared. Sobre una base de madera pulida hay un jarrón de cobre chino, elegantemente deslustrado, con una rama de magnolio en flor de dos pies de alto. El cuadro que cuelga detrás es una gran obra de Sōrai, con una montura de brocado de apagado brillo. La caligrafía está realizada sobre papel y no sobre seda, como es más corriente, pero la belleza del cuadro reside tanto en la propia escritura como en la exquisita armonía entre el papel y la montura. El primero, ajado; la segunda, no excepcional en sí misma, deriva su singular calidad del efecto de la decoloración y empañado de las hebras de oro, de modo que su original viveza se ha amortiguado, dejando lugar a una cierta adustez. Los dos pequeños topes de marfil destacan marcadamente contra el color de té oscuro del muro de argamasa, y ante el cuadro flotan un par de magnolias. Con todo, el efecto total de la alcoba es extremadamente severo, casi desabrido.
Natsume Sōseki














