Festival Buena Vibra: Escenario Futuröck, preguntas al futuro
El pasado fin de semana, el Estadio Malvinas Argentinas abrió su predio completo para una edición XXL del Festival Buena Vibra. Lo mejor de la escena -ya no tan- emergente local se reunió para demostrar que hay mucho talento en el país más allá de los viejos nombres de siempre. Primera parte, primeras reflexiones acerca de los artistas que pasaron por el Escenario Futürock, destacándose las preguntas respecto del futuro tras la consolidación de su sonido.
Ainda Dúo
Fue un pecado tenerlos que escuchar tan temprano, pero quienes se acercaron desde el vamos al Estadio Malvinas Argentinas, tuvieron el gusto de disfrutar la agradable propuesta de Ainda Dúo. A puro talento y esfuerzo, Esmeralda Escalante y Yago Escrivá consiguieron destacarse dentro de una escena emergente cada vez menos ligada a los prejuicios y encasillamientos sin sentido.
Si hay algo que los destaca y caracteriza es su versatilidad en cuanto a estructura y un gusto muy particular por el sonido clásico. Actualmente poseen tres formatos diferentes para interpretar en vivo, siendo cada uno de ellos una buscada complejización a la hora de ejecutar cada una de sus canciones. Los arreglos orquestales marcan una clara tendencia hacia lo clásico, más allá de que el cascarón de Ainda Dúo es –contundentemente– una mezcla entre el indie rock suave y el indie pop más experimentales y climáticos.
Banzai F.C
Mientras el sol pegaba lo más fuerte posible, el público se agolpó cerca del escenario para ser parte de uno de los espectáculos más interesantes de la actualidad. No puede haber ninguna duda al respecto: el de Banzai F.C y WOS fue uno de los mejores shows que se vivieron no solo durante esta edición XL del Festival Buena Vibra, sino también en toda esta temporada de verano.
Con su habitual formato de big band urbana, este conjunto de talentos continuó con la presentación de su primer disco, Generación TV: Temporada I, logrando a puro baile, potencia y groove contagiar a todos y darle el encendido definitivo a una tarde que todavía estaba en pañales. Durante poco menos de una hora, Diego Szalko, Bruno Mazzitelli, Francisco Azorai e Iván Smalinsky exhibieron su siempre notoria combinación de sonidos y culturas, aprovechando al máximo la flexibilidad de los límites de la música urbana.
El hip hop, el rap y el freestyle establecieron diálogos intensos con el funk, el jazz, el folklore, la psicodelia, el rock experimental y hasta la rama progresiva de ese género. Todo ello con absoluto flow y versatilidad, dejando en evidencia el talento y la formación musical por parte de cada uno de los miembros de Banzai F.C. Claro que la presencia de WOS agiganta todo lo dicho, brillando el campeón vigente de la Red Bull Batalla de Gallos y de la FMS Argentina en los momentos de improvisación: sus contundentes menciones al cierre de C5N, el debate por el cupo femenino en recitales, el aborto legal, seguro y gratuito y la represión a los feriantes se ganaron estruendosas ovaciones de una multitud que no paró nunca de bailar.
Militantes del Clímax
Son diez los integrantes de los Militantes del Clímax y esto llama muchísimo la atención cada vez que se suben a cualquier escenario. Renovando el concepto de big band siempre buscan hacer un intenso repaso histórico por las raíces del hip hop y el rap, pero sin jamás dejar de lado lo que conforma musical y culturalmente a los argentinos. Por ello, la inserción de varios monólogos en tono grotesco-arrabalero es lógica, ayudando estos a crear un ambiente que por momentos se asemeja al del viejo carnaval medieval descripto por Mijail Bajtin.
Alternando las canciones de su más reciente disco, Día 4 (2018), con las de Clímax (2016) convirtieron al Estadio Malvinas Argentinas en una amplísima pista de entretenimiento. Su capacidad para fusionar el jazz con el funk destacó por encima del resto de los elementos, logrando tocar al mismo tiempo la pata más tradicional y la más futurista de la música negra, dando siempre con el beat perfecto. Lo que muchos hacen con la ayuda de muchas máquinas, ellos pueden lograrlo con pura tracción a sangre, montados sobre un lujoso set de vientos, un bajo supersónico, la fineza de la guitarra y la batería y la estridencia total de un teclado que siempre golpea en el punto justo.
Canalizando los reclamos y padecimientos de la calle, atacaron de frente los problemas que aquejan a quien ha sido olvidado por el sistema, justificándose aún más el mestizaje presente en su ecléctico sonido. Por momentos, acentuándose estos sobre el cierre, los Militantes del Clímax consiguieron acercarse al clima de los shows de hip hop de los años ochenta, también siendo capaces de unir a la Costa Este y Oeste de los Estados Unidos, resultando todo en un inédito mixtape que hubiese sido impensado en aquellos años de conflicto y muerte.
Marilina Bertoldi
La persona indicada para ponerle rock a la tarde era sin dudas Marilina Bertoldi. Enfundada en un muy llamativo uniforme (fluorescente) de gimnasia al mejor estilo de la televisión de los ochentas, una campera militar sobre sus hombros y sus ya clásicos anteojos de sol, se plantó ante la multitud para imprimirle la más absoluta distorsión a la jornada de la mano de una lista que puso a dialogar a los igual de innovadores –y muy diferentes entre sí– Sexo Con Modelos (2016) y Prender Un Fuego (2018).
Si su más reciente trabajo adopta un tono más reflexivo y utiliza la crudeza y la agresividad de su antecesor para construir un trabajo superador, sobre el escenario Marilina es capaz de reformular estructuralmente cada una de sus canciones sin que ninguna de ellas pierda su esencia. Desde el color verde que inundó el lugar durante la introducción hasta la dedicatoria de “Tito Volvé” al empresario José Palazzo (con quien tuvo un enfrentamiento dialéctico debido a sus nefastas declaraciones acerca del talento femenino en la escena musical argentina), cada acción realizada por la menor de las Bertoldi fue una confirmación del importante rol que se ganó –a puro coraje, verdad y frontalidad– dentro del movimiento feminista.
Seducción y desafío al mismo tiempo, acompañada por Hernán Rupolo en la guitarra principal, la gran protagonista relució como el oro a lo largo de un setlist hecho para demoler estadios y que conjugó lo visual y lo sonoro en un mismo paquete. La oscuridad y pesadez de “China” tuvieron continuidad en la más industrial y voluminosa “O No?”, siendo esta última el mascarón de proa de esta nueva etapa para Marilina. Aprovechando ella el parate entre ambos temas, le dijo a sus fanáticas que ella también las amaba, generando un sinfín de gritos que sirvió como previa de una versión rutera de “La Casa de A” y de una bien cruda –algo que le falta a muchas de las bandas más hypeadas del under local–, casi desnuda, de “Correte”. Le siguieron el rock clásico setentoso con toques de soul de “Nunca”, la ya mencionada “Tito Volvé” donde juega muy bien con el gospel , el funk total de “Fumar de Día” y el neo-soul presente en la simpleza de “Cosas Dulces”. Para el cierre quedaron la distorsión y el decibel puros: “Sexo Con Modelos”, “Y Deshacer” y “Racat” fueron enlazadas para crear un delirio colectivo siempre necesario en cualquier festival.
El Kuelgue
Si hay una banda que en estos últimos años ha sabido adaptarse a los cambios en y de su siempre creciente público, es ese colectivo sonoro llamado El Kuelgue. Con el liderazgo de Julian Kartún y Julián Mojoli, se han cansado de agotar convocatorias y han logrado llenar el mismísimo Estadio Obras hace muy pocos meses. La muy reciente salida de su EP Fierrín (Lado A) y de su nuevo single “Parque Acuático”, los encuentra experimentando con un sonido rockero, aunque siempre a bordo de una calidez y rupturismo artístico que son ya su marca registrada.
Como uno de los actos centrales del Festival Buena Vibra, idearon una lista que los llevó por el grueso de sus éxitos y que le puso un poco de tranquilidad a una noche que ya estaba instalada de forma definitiva. Con breves intervalos en cada canción, en los que Kartún y compañía aprovecharon para pedir por la separación de la Iglesia y el Estado, el aborto legal, seguro y gratuito y satirizar acerca de los prejuicios contra el trap y el auto-tune, El Kuelgue recorrió con paciencia los caminos de la bossa nova, el rock clásico, el pop, el beach rock, el indie rock, el folk, la psicodelia, el techno-disco, el funk y hasta un (muy lavado) punk-pop.
Más allá del riesgo de caer por momentos en la monotonía sonora o de pasarse un poco en lo referido a la teatralización por parte de Kartún, lo cierto es que el camino recorrido por los porteños es uno plagado de virtudes. Además de lograr combinar una importante cantidad de influencias musicales, no han perdido esa desfachatez que los caracterizó siempre desde sus primeros pasos, siempre supieron leer a la perfección a su audiencia y nunca perdieron su peculiar autenticidad estético-sonora. De esta manera se han posicionado como referentes dentro de una escena emergente que parece seguir sus pasos en lo referido a la ruptura de prejuicios y casillas culturales.
Los Espíritus
Aprovecharemos este espacio para reflexionar más allá de lo que ya es vox populi. Es cierto que Los Espíritus es una de las bandas más interesantes que han surgido en los últimos diez años y que se han encargado de revalorizar el rock más clásico a partir de un talento colectivo e individual muy elevado. Lo que se vivió en el cierre del Escenario Futürock fue una confirmación de esta idea: guitarras clásicas, veloces y muy virtuosas, condimentadas con blues, funk, psicodelia y folk, siendo la de Maxi Prietto y compañía una propuesta distinta a lo habitual; si alguien sostuviese que la banda es un resumen de la música que copó Woodstock a finales de los ’60, no estaría en absoluto errado.
La retromanía los representa, eso es muy claro también, aunque se trata de un fenómeno que hoy día tiene muchísimo peso en nuestro país. Hay varias generaciones que no pudieron vivir el auge de los sonidos que los oriundos de Buenos Aires conjugan en sus discos y recitales, por lo que es más que entendible el fanatismo. Si a todo esto se le suma el avance en cuanto a lo político y social que mostraron en Agua Ardiente (2017), la ecuación termina siendo perfecta para los agitados tiempos que corren. Otro detalle que se hizo notorio en la pasada noche de sábado fue su peculiar esencia, una que no los hace fácil objeto de catalogación: si bien recorren los géneros y sub-géneros ya mencionados, poseen un espíritu grupal que, al mismo tiempo, remite y pone en valor la cultura popular argentina (folklore, samba, tango y carnavalito) y latinoamericana (murga y bolero).
También quedó claro que si Los Espíritus decidiesen hacer la banda sonora de un Western, serían la mejor opción. Aguafuertes porteñas, pero de este siglo, sin temerle jamás a la ranchera ni a la americana, merced de los poderosos diálogos establecidos entre la guitarra y el bajo. El anuncio de su cuarto disco y el estreno de un nuevo tema no los mostró alejados de su sonido habitual, algo que tal vez sea su único pecado, más allá de un muy bien cierre con algo más de distorsión y peso de la mano de las durísimas “Negro Chico” y “Perro Viejo”. Por momentos una experiencia chamánica, un relato que se va construyendo sobre la llamarada que se eleva en el desierto de Mojave o en la Pampa Húmeda, corre el (asumido, consciente) riesgo de chocar con la monotonía sonora. Finalmente, todo termina siempre dependiendo del gusto del consumidor –uno cada vez más abierto a propuestas complejas, elogio para la multitud– como del lógico grado de enamoramiento que posean los músicos respecto de su propio sonido.
Por Rodrigo López Vázquez













