Solía amar un poema titulado “Explicando mi depresión a mi madre: una conversación”. Una vez compartí ese gusto con una persona y esta, muy irrebatible, renegó de para qué tendría alguien que explicarle a otra persona su depresión, que no servía contarle los sentimientos más profundos a nadie. Por años batallé contra su punto de vista, tratando de convencerme, con argumentos validados por mi psicóloga, que si pasas por un episodio depresivo es útil contarlo. No es hasta ahora, el punto más bajo en el que estado, el cual irónicamente es el más estable, que me doy cuenta que en realidad no necesitas contarle a una sola alma absolutamente nada. Todo lo que puedes cambiar empieza y termina en uno mismo. Y claro, alguien acompañándote en el proceso debe ser maravilloso. Sin embargo, las personas son tan efímeras, al igual que lo que producen en nosotros. Por esa razón, abrirte con alguien y contarle todo es un arma de doble filo. O bien brillas o bien te apagas. Porque no hay nada más duro y profundo que el sentimiento de soledad. Es un vacío, hueco, hoyo, agujero dragado por tus propias manos al encontrarte infeliz y miserable. Es tanto así que si compartieras eso con alguien más, inevitablemente, le arrastrarías también.










