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Vicente Aldecoa
Los días extraños
Manuel Rico retoma las estancias sombrías, a partir de las cuales el silencio se llenó de Faulkner, Aldecoa o Dickinson sin remedio. Días extraños de aprendizajes entre los grillos que trituran la noche hasta marchar para “descubrir lo que solo conocía de lejos”. En el ahora los hijos que alargan la trama de aquellas jornadas “en que fuimos felices sin saberlo del todo”. La plenitud del poeta…
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Wordvember XXIII: El final del alzamiento.
El hombre estaba cargado de cadenas. Era tan alto como siempre, pero por poco más se podía conocer al príncipe Aerod. Su belleza se había perdido en la sala de torturas, y su rostro mostraba la señal del fuego y el cuchillo. Su andar, que hacía poco era ejemplo de donaire y compostura, era errático, y los guardias que le llevaban tenían que guiar sus pasos. Estaba doblado, y escuálido, reducido a una sombra de sí mismo.
Era conducido al exterior, al Patio de la Estatuas. Allí estaba preparado el patíbulo, y la multitud se apiñaba para ver el final el príncipe rebelde. En un estrado de madera, rodeado por su guardia real, su esposa, y otros hombres de su confianza, estaba su hermano, el rey Lugmer, envuelto en sus negras vestiduras, la corona puesta, el cetro en la mano, y la espada en el cinto.
Había hecho colocar su estandarte con el águila blanca por todas partes, pero tras el patíbulo se podía ver el águila bicéfala, el blasón del propio Aerod. Junto a ese estandarte, a la derecha, había una rudimentaria fragua, en la que un herrero ponía a punto, cosa extraña, una corona de hierro.
Al acercarse a la Puerta Real, camino del patio, comenzó el retumbar de tambores. Tocaban un ritmo lento y solemne, un fúnebre latido que anticipaba lo que se avecinaba. Aerod se encogió. Ya sabía que aquella salida sólo tenía aquel fin, pero el sonido le asustaba, le recordaba que el final estaba ante él. Lo había encarado muchas veces, en la batalla, pero nunca había tenida aquella certeza terrible, aquel dolor asegurado. Se tiró al suelo, negándose a avanzar. Los soldados le alzaron en vilo, y recibió un golpe en la espalda con el astil de una lanza.
–Avanza.
Se negó. Alguien le dio otro golpe, y lo comenzaron a arrastrar. El sonido de los tambores era cada vez más continuo, más opresivo. El condenado era un manojo de nervios, era un alfeñique tembloroso que era arrastrado por el suelo. Llegaron ante las puertas. La multitud emitió un rugido al ver al príncipe caído. Lugmer los mandó callar con un gesto. Aerod clavó su mirada en él. Tan bajo, tan vulgar, tan inmerecedor de aquella corona, rodeado de su gentuza, ¡hasta un bastardo tenía a su lado! Él era el hombre que había merecido sentarse en el trono. Habían nacido el mismo día, pero un azar cruel quiso que el otro saliera unos minutos primero. Aerod apretó los dientes, e hizo un esfuerzo para ponerse en pie.
Su hermano dio un pequeño discurso, recordando a su hermano menor, al que cubrió de elogios, cuando nadie le había soportado en vida, siempre con un gesto amargado en el rostro, siempre inflexible. Después le cubrió de insultos con su ridícula voz de niño grande. Hasta en eso era indigno. Traidor, usurpador, mataparientes... La retahíla era larga. Y la sentencia, al fin. Veinte azotes. Su... ¿coronación? ¿Había oído bien? ¿Qué locura era aquella? Aerod no podía dar crédito.
¿Estaba acaso renunciando a su trono después de todo? Imposible. Y entonces comprendió. El reino de Armen, la isla sometida a su reino. Iba a concederle un exilio, y una corona vasalla. No era lo que merecía, no era por lo que había luchado. Pero no era la muerte. Era su oportunidad, la oportunidad de recobrar lo que es suyo. Lugmer era tan débil que había sido incapaz de matarle. No sabía el error que estaba cometiendo. Pensaba que le enviaba a una cárcel helada, pero si ni siquiera la tortura le había quebrado totalmente, ¿lo iba a hacer el frío? Necio.
Ahora lo llevaban al patíbulo. Habían colocado una gran estaca en medio del patíbulo, y allí le ataron. Le desnudaron, y un hombre, realmente enorme, se acercó, el temible látigo en la mano. Cayó el primer golpe. Aerod evitó el grito. No era la primera vez que era azotado, pero el dolor no variaba. El segundo, el tercero, el cuarto. Brotó la sangre. El quinto, el sexto, el séptimo. Cayó de rodillas, y se alzó. El octavo, el noveno, el décimo, el undécimo, el duodécimo, el decimotercero, el decimocuarto... Hubo un momento en el que ya no se alzaba. La misma carne se abría, y la sangre corría generosa. Había perdido la cuenta de los golpes.
Lo desataron, y le colocaron un manto negro. Colocaron un asiento ante la estaca, y de ella colgaron el estandarte de Aerod, que había permanecido todo el tiempo en segundo plano.
–He aquí a Aerod, –dijo su hermano– el príncipe que quería ser rey. Por su ambición, por la envidia que me tenía a mí, su propio hermano, se alzó en armas, junto a muchos otros traidores, y ha hecho sangrar mi reino durante siete años. Los horrores de la guerra han consumido las riquezas de nuestra tierra, y todo por su deseo, por su sed de poder. Pero finalmente ha logrado lo que quería. Ser rey. ¡El Rey de los Traidores! ¡Herrero, trae su corona! ¡Démosle el objeto de su deseo!
Aerod volvió la cabeza a la fragua que había a su vera. El herrero tenía en el fuego una corona de hierro, que brillaba roja entre las llamas. Aerod comprendió, esta vez de veras, el castigo. Tras él se colocaron dos hombres con antorchas. El herrero trajo, cogida con tenazas, la corona, y la colocó en su frente. Las antorchas prendieron el estandarte con el águila bicéfala.
–¡Salve a ti, señor de los traidores! ¡He aquí tu homenaje! –y dicho esto, Lugmer escupió a sus pies.
Pero Aerod ni se percató. Aerod solo chillaba, mientras el hierro al rojo de nuevo quemaba su piel, y su grito fue tan fuerte, que tapó la voz de su hermano. Y se derrumbó, mientras el hierro enfriaba en torno a su frente, y el símbolo de su arrogancia ardía a su espalda.
Pero aún no había acabado. Aún quedaba la muerte. Pues la estaca, de la que colgaban los jirones humeantes de su blasón, tenía una última función. El traidor sería empalado.
El hombre estaba casi exánime. Lo despojaron del manto, y lo arrojaron al suelo. La corona no se desprendió de su cabeza, el hierro fundido se había pegado a la piel. Desmontaron la estaca, y la engrasaron, para hacer más sencillo el proceso. Después, la colocaron en su trasero, y ante los ojos de la corte y el pueblo, le introdujeron la estaca, hasta que la punta asomó por la espalda destrozada. Y hecho esto, lo alzaron, y la volvieron a colocar en el centro del patíbulo.
Y así expiró el príncipe Aerod, y su cuerpo quedó allí, en el Patio de las Estatuas, a la entrada de la fortaleza de Aldecoa, como ejemplo y aviso para traidores.
Yo iba a ensenar y al mismo tiempo a aprender, a buscar paisajes nuevos, nuevas experiencias…”
Josefina R. Aldecoa (Historia de una maestra)